Tan lejos de Ushuaia

Tan lejos de Ushuaia

La historia de un insepulto amor en la Donostia de los años 60-70, desde la memoria del poeta Jorge González

SANTIAGO AIZARNA

La historia que aquí se cuenta, si a los hechos se reduce, es bien breve. Lo sintetiza -entre los sabrosos diálogos que se entremezclan, ahí, en la página 92, muy a finales de la novela—la agudizada percepción femenina de Lourdes Anabitarte, alguien que fue y sigue siendo y nunca será más pero segura que siempre inolvidable protagonista como sucede en el caso de Ushuaia aun no siendo ni siquiera ese pueblo finalizador de la Patagonia que fue como el desiderátum de un tiempo y de la que dice ella que es lugar donde nunca perdió nada. Que se trata de una inquietud solamente, «donde todo es hielo y oscuridad y los barcos se van a pique», pero también que -¡he aquí la realidad de su ausente presencia (o presencia ausente) que «¡Soñé con ella tantas noches...! El mar es liso, parece hule, y hay montes muy nevados que se miran en él. Las casas son de madera; las construyen con grandes troncos partidos por la mitad. Tienen iglesia y barracones. El humo sube muy deprisa, recto, hasta el cielo».

«Sueñas con un cromo -murmura Jairo-. Es espejismo, postal para turistas extravagantes.», que es cierto que es así, pero cada cual se forja su mundo, ése que, a veces, no se sabe ni por qué, ni cómo, vuelve, hasta se revive y uno hasta se resucita en él, dobla en el vivir porque hasta parece que «La rendición es dulce./-Como la miel -concede Jairo. ¿No la probaste?/ -Claro que sí. Y tú lo has visto en dos días. Breves horas, los vinos y un repertorio de recuerdos sin mayor relieve. ¡Y este somier, y esta cuarentona que se ingenia pasiones de minutos, su flirteo con patas de gallo...!/ Lourdes está de codos sobre la almohada, a punto de llorar. Jairo la acaricia con dedos fríos. Le dice: -Cálmate. Yo te quiero./ -¿Y eso debe bastarme ? /-Ella vuelve sus ojos a la ventana, hacia la luz./ Día a día me cruzo con estudiantes, con universitarios -dice-. Me parecen honestos. Muy pronto será suyo este país, con sus virtudes y corrupciones. Luego, percibo la avidez con que lo aceptan todo, y no me siento segura. El futuro me atemoriza. -Ninguno de los dos podemos solucionarlo».

La historia es ésa y seguro que es cierta y es lo más importante, pero en este caso hay que hacer una parada especial ante los paralipómena, que me da por pensar que, aquí al menos, acaso sean más importantes que nada (o que todo), y que se refieren a la memoria de una ciudad y de sus gentes. En este caso a aquella ciudad de San Sebastián de los años 60-70, los que tan fijamente en este caso quedaron y se apuntalaron ternes en la memoria del narrador, de Jairo, este periodista donostiarra que, una vez más, se donostiarriza por momentos para cubrir una huelga general en el País Vasco. Y comienza a atravesar el túnel del tiempo a veintiaños y pico vista, de hija a madre en especie de mohines de entre burla cariñosa, de ternuras que se disuelven en restos de cuasiamores, la latencia (que también el latir) de lo revivir posible.

Aunque no sean tantas pero tampoco tan pocas las novelas radicadas en el escenario de esta ciudad de San Sebastián, diría yo que en ninguna de ellas emerge su especie de clepsidra goteante de reconstrucciones de época como en ésta; en ninguna el restallo de unas descripciones que pudieran dar envidia, por abundancia de metáforas poéticas hasta a la misma prosa proustiana.

En ninguna esas circunvalaciones, paseos, emergencias a aledaños tan vinculados por próximos o no tanto; desde el mismo aterrizaje del Fokker, el río, el dique, la desembocadura, al saludo inmediato a Portaletas nada más llegado a la ciudad, a su gastronomía (nada extrañamente a las zizas cuya realidad le hace remover recuerdos de sotobosque), la visita al Antiguo y nuevo remover de reminiscencias de todo tipo.

Y así al correr de los lugares (digamos que del todo San Sebastián en sus lugares característicos y de más y mejor conocimiento como Alderdi-Eder, la Avenida, la cafetería Mónaco) que no cesa de navegar en las meninges de Jorge, de todo como un enjambre de idas y paseos. Pero, sobre todo, lo que maravilla y embelesa de manera aparte es esa agilidad del diálogo que resulta ser como un atizador de lumbres pretéritas que, sin embargo mantienen aún mucho más que el remusgo de los amores viejos, ésos que se vivieron, se callaron acaso más de la cuenta o quién sabe, de los celos, de las fotocopias de otras mujeres y otros hombres que, como gnomos acaso, quién sabe, persisten y persistirán en cualquier conversación o rememoración que se encienda.

Pero, en hablando de esta novela -y de todo lo que sale no solamente del numen sino ahora más bien refiriéndonos al léxico, de Jorge González Aranguren-, lo que hay que proyectar con especial sabor (regodeo diría yo y hasta deleite o refocile) su sin par riqueza de vocabulario, terminología, glosario, palabras como flechas que hacen diana, su atino en colocar ese vasto repertorio en sus lugares tan apropiados que revalorizándose ellas aroman de manera singular su entorno.

Y, en cuanto a la irreal realidad de Lourdes y su cruce de cartas entre ella y Jorge en envidos de espléndidas jugadas que quisieran rescatar un tiempo y lo logran, que es a esto a lo que hay que llamar escribir como escribir se debe y sin que nadie pueda hacerlo mejor por mucho que se diga.

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