Kirmen Uribe (Escritor): «Hacer recaer el peso del 'relato' en la literatura es pedirle demasiado»

Kirmen Uribe, fotografiado esta semana en San Sebastián./SARA SANTOS
Kirmen Uribe, fotografiado esta semana en San Sebastián. / SARA SANTOS
Kirmen Uribe (Escritor)

«El espacio que le queda a la escritura es el estilo», afirma el autor, que ha participado, en Iowa, en una de las residencias para escritores más prestigiosas del mundo

NEREA AZURMENDISAN SEBASTIÁN.

Los viajes transoceánicos son una constante en la obra narrativa de Kirmen Uribe (Ondarroa, 1970), así como en su biografía literaria. El último acaba de traerle de vuelta desde Iowa, en cuya universidad ha permanecido seis semanas, tras ser seleccionado para participar en el programa decano de residencias para escritores, y uno de los más prestigiosos del mundo: el International Writing Program, creado en 1967.

En cinco décadas, 400 escritores de 140 países han inscrito su nombre en la lista de participantes en el programa de la Universidad de Iowa, en la que se pueden encontrar nombres como los de Raymond Carver, John Irving, John Cheever, John Banville u Ohran Pamuk, por citar tan solo a cinco de los que se han convertido en grandes figuras de la literatura contemporánea. Apenas una docena de esos 400 escritores procedía del Estado español. Solo un escritor vasco, Iñaki Zabaleta en 1992, ha precedido a Kirmen Uribe en una experiencia para la que ha contado con el apoyo del Instituto Etxepare.

-No ha sido su primera residencia en Estados Unidos. Además de la veteranía y el renombre, ¿qué tiene este programa de especial?

«Creo que es la forma, y no las historias, la que salvará a las tradiciones literarias pequeñas y periféricas»

-Anteriormente había realizado otras dos, una en San Francisco y otra en Nueva York, pero el IWP de la Universidad de Iowa, además de por esas dos razones, es especial por el perfil de los participantes. No buscan escritores consagrados, sino que dan prioridad a autores que ya tienen una trayectoria y se encuentran en lo que podría considerarse un punto intermedio en su carrera. Los invitan a participar en el proceso de desarrollo que supone la residencia para darles un impulso creativo. Fomentan, además, la participación de escritores y escritoras que no estén integrados en el canon occidental dominante, que a menudo son refugiados por razones políticas o sociales... Mientras estás allí tienes que dar algunas clases, participar en lecturas y trabajar en tus propios proyectos, pero el elemento fundamental es la interacción entre los escritores.

-¿Qué fue a buscar y qué ha encontrado?

-A Iowa no vas a buscar un agente, no vas a buscar que te publiquen... Esas cuestiones se resuelven de otra manera. En cuanto a lo que he encontrado, la distancia siempre te da otra perspectiva sobre ti mismo y sobre tu tradición, y espero que todo lo que he aprendido se refleje en mis próximos libros, en términos de calidad. Dado que el objetivo del IWP es fomentar las relaciones entre escritores, y que de ese trabajo surjan nuevos proyectos, la interacción nos ha enriquecido a todos. Hemos hablado mucho sobre los prejuicios que debemos superar los escritores que no pertenecemos a las grandes tradiciones occidentales, así como acerca del modo en que podemos proyectarnos al mundo. ¿Cómo se escribe desde Euskal Herria para el mundo? ¿Y desde África? ¿Desde Asia? El reto está en buscar formas nuevas para contar de la mejor manera posible esas historias que a cada uno de nosotros nos parecen tan especiales.

«No hemos sido nada generosos con la generación que vivió la guerra y la posguerra»

-Y que a lo mejor no lo son tanto.

-Ves que en todos los pueblos las historias son muy parecidas, y que la situación de los sistemas literarios pequeños también lo es. En ese sentido, creo que es la forma la que salvará a las tradiciones pequeñas y periféricas. Nos abriremos al mundo escribiendo buenas novelas que den prioridad a la forma, no tanto a base de historias. Al final, tienes dos opciones: o escribes como la gente espera que escribas en función de cómo eres, o lo haces utilizando formas nuevas. Yo sigo apostando por la segunda vía. Lo que importa no es tanto lo que cuentas, sino el modo en que lo cuentas porque, en mi opinión, el espacio que le queda a la literatura es el estilo.

-En esa apuesta personal por la innovación formal, ¿no le pesan la tradición y la impronta colectiva?

-Claro que sí. Soy bastante 'outsider' en la literatura en euskera, tanto en lo que respecta a mis gustos como a mis libros, pero formo parte de una tradición, y he aprendido mucho de los escritores de generaciones anteriores. La historia del euskera también te marca, pero, volviendo a la idea anterior, ves que las historias de otros pueblos, de otras lenguas y de otros sistemas literarios pequeños no son tan diferentes entre sí, y ves claramente que el camino es proponer trabajos de calidad. Somos un poco conservadores en nuestros gustos literarios, pero no podemos seguir escribiendo como hace 100 años. Tenemos que dar un paso más, explorar, experimentar...

-Ese es claramente su camino.

-Sí, y tal vez lo sea porque como persona también soy así. En muchos sentidos de mi vida voy de un lado a otro entre ideas, entre identidades, entre países, entre lenguas... Y le doy muchas vueltas a todo. Eso tiene reflejo en mi literatura. Antes de empezar a escribir una novela me gusta preguntarme cómo contarla y buscar respuestas. En Euskal Herria muchos piensan que una novela solo puede contarse desde la ficción, de forma lineal y cronológica, con todos los detalles. Ese es un modo de hacerlo, claro, pero hay otras muchas maneras de hacer literatura. Si los escritores en euskera fuéramos capaces de plantear nuevas formas para que sean utilizadas en el mundo, en lugar de adoptar o adaptar lo que ya se está haciendo, haríamos una aportación más significativa.

«El fin último de la literatura no es ser una muleta para su pueblo. Su objetivo es la belleza»

-Muchos lectores que no están particularmente interesados en la literatura experimental sucumben a sus historias. Eso ya es rizar el rizo.

- Harkaitz Cano me dijo una vez que yo era una especie de rompehielos... No es fácil ni cómodo experimentar con formas nuevas para contar historias acalladas, que es una de mis constantes, y tener una buena relación con el lector. Creo que a veces le menospreciamos, no lo tenemos en cuenta, y olvidamos que la literatura solo tiene sentido si tiene lectores. Está claro que se puede hacer buena literatura, se pueden escribir novelas literarias más allá de los best sellers y la literatura de género y alcanzar una buena conexión con los lectores.

Los rincones oscuros

-Aunque algunas hayan tenido extensiones en el tiempo, el núcleo sobre el que construyen sus novelas gira preferentemente en torno a la Guerra Civil, la preguerra, la posguerra... ¿Va a seguir siendo ese su caladero de historias?

-No lo sé, pero me sigo preguntando por qué hemos tardado tanto en recuperar toda la experiencia de la generación que vivió la guerra y la posguerra. No hemos sido nada generosos con ellos, creo que estamos en deuda. Hemos mirado a nuestra generación, a lo que teníamos más cerca, y hay muy pocas novelas que podríamos llamar de largo recorrido. Decía Walter Benjamin que hay que poner el foco en los rincones oscuros, y es lo que procuro hacer: rescatar historias olvidadas para reflexionar y hacernos preguntas sobre nosotros mismos, porque para entender como es Euskal Herria en la actualidad tenemos que conocer la Euskal Herria de aquellos años. Un escritor de Nueva York, Daniel Mendelsohn, gay, judío, escribió una novela titulada 'The Lost', los perdidos, que tenía como subtítulo la frase 'A search for Six of Six Million'. Convirtiéndose él mismo en protagonista de la búsqueda, utilizando documentación real, busca a seis miembros de su familia que murieron en el Holocausto. Seis entre seis millones. Es lo que hice en 'Elkarrekin esnatzeko ordua' ['La hora de despertarnos juntos' en castellano, editada por Seix Barral]. Contar la historia de tres personas, Karmele Urresti, Txomin Letamendi y Manu Sota, buscar a tres entre tres millones... Lo hice mojándome, estando con los personajes, siendo subjetivo, porque todos lo somos, aunque no queramos reconocerlo. No es fácil, no tan fácil como si se hace desde la estricta ficción, en la que el autor se siente más protegido. Y, desde luego, no es un ejercicio sencillo en un pueblo que ha reivindicado tanto el 'nosotros' y tan poco el 'yo'. Creo que las libertades individuales son una de nuestras asignaturas pendientes.

«No veo que el mundo tenga especial interés por saber qué ha pasado aquí en las últimas décadas»

-Sin embargo, parece que la asignatura pendiente que realmente urge aprobar es la del 'relato'. ¿Qué papel debe desempeñar a su juicio la literatura en el proceso de reconstrucción de la memoria colectiva?

-Hacer recaer el peso del 'relato' en la literatura es pedirle demasiado. Cada persona, cada escritor, tiene su visión, su experiencia. Claro que tenemos que hablar entre nosotros de manera clara y sincera acerca de lo que ha pasado, hablar y escribir, cada uno desde su perspectiva, y tratar de llegar a algún punto de acuerdo. Pero yo dejaría en manos de los partidos políticos y las instituciones la responsabilidad de elaborar una narrativa de acuerdos mínimos. Lo que sí puede hacer la literatura es iluminar lugares que han permanecido en la oscuridad, plantear preguntas, contar algunas verdades. Ha habido, y habrá, fenómenos puntuales, pero pasarán y llegarán otras novelas que los desplacen. Por otra parte, yo no sé si eso que llamamos 'el conflicto' es la única historia que los vascos tenemos que contar al mundo. Personalmente, creo que no y, además, no veo que el mundo tenga un especial interés por saber qué ha pasado aquí durante las últimas décadas. En cualquier caso, el fin último de la literatura no es ser una muleta para su pueblo. Su objetivo es la belleza, no hay que pedirle más.

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