UNA MASTERCLASS DE LEYENDA

Crítica

Wayne Shorter Quartet

CARLOS RODRÍGUEZ VIDONDO

El concierto de ayer por la tarde que abrió las puertas del auditorio del Kursaal al festival Jazzaldia no dejó duda alguna. No sólo fue anunciado como cabeza de cartel con grandes honores, pues se cumplían de nuevo los deseos de los organizadores en traer de vuelta al legendario saxofonista, sino porque tenía aires a gira de despedida, a pesar de ser una banda en un estado de forma musical excepcional. El decano de los grandes saxofonistas de jazz no se permite el lujo de vivir de su legado y, los cuatro juntos, siguen explorando más allá de los límites de la improvisación, tras casi dos décadas tocando con esta formación. Y eso se les nota. Con ochenta y tres años, Shorter continúa en la brecha, y ayer mostró otra vez ante su público un amplio repertorio de temas durante algo más de dos horas, donde pudimos disfrutar de composiciones propias con arreglos extraordinarios, que ya se podían predecir en álbumes previos del cuarteto, como 'Footprints Live!' (2002) o 'Without A Net' (2013). Estuvo marcado claramente por un estilo post-bop y rasgos modales, con influencias derivadas de la época con Coltrane, Miles y Weather Report, y con la participación de una banda que obtuvo un gran protagonismo a lo largo de todo el recital.

Ya desde el comienzo se aventuraba lo que podía ocurrir, con un público absolutamente entregado, que sabía perfectamente a lo que venía. El espectáculo se inició con 'Lost', casi en forma de prueba de sonido, donde cada músico iba sumándose a la atmósfera sonora que inauguraron Patitucci y Pérez, mientras Shorter parecía calentar las boquillas de sus dos centelleantes joyas. No tardaron en escucharse los primeros 'oes' desde la tribuna, casi, el mismo tiempo que tardó el señor Blade en venirse arriba, con pérdida de baqueta incluida y un inventario de matices rítmicos que acapararon los oídos de los allí presentes. La banda sonaba compacta y ligera, anclada a la tierra y etérea a su vez, mostrando un dominio total de la amalgama y el juego con las dinámicas que solía incitar Danilo Pérez.

Este último mostraba una facilidad asombrosa para hacer crecer y decelerar al cuarteto a su gusto, buscándose constantemente con John Patitucci en las rearmonizaciones, mientras Brian Blade seguía a lo suyo, haciendo saltar las astillas de sus baquetas y clavando cada golpe obligado. Incluso la leyenda Shorter fue animándose poco a poco con la energía que se respiraba sobre la escena, donde las miradas de complicidad, la simbiosis y las muecas de risa por las provocaciones entre los compañeros fueron un toma y daca constante. Blade creaba un ambiente cerebral y virtuosismo técnico con mazas, escobillas y cascabeles sobre el que Patitucci aprovechaba sus espacios resolviendo cada motivo mejor que el anterior; Pérez, por su parte, respondía imitando melódicamente todas las preguntas lanzadas al aire por Shorter, quien a su vez les dictaba la armonía haciendo un uso exquisito de los silencios. Las estructuras complejas hacían vislumbrar rasgos estilísticos del swing y el latin, que junto a la pasión de los cuatro integrantes hizo las delicias de un auditorio enganchado desde el primer minuto y que no tuvo demasiadas ocasiones para ovacionar a sus ídolos, debido a la sucesión continuada de obras, una detrás de otra.

No hubo más remedio que seguir el impulso de aplaudir a mitad de una de ellas, mientras los cuatro compañeros se congratulaban señalándose mutuamente en señal de agradecimiento. Mientras, el delirio del público hacía temblar los cimientos del Kursaal tras el verso final de un Wayne Shorter que esperaba paciente su momento en la conclusión del bis final. El cuarteto jugó con las emociones de sus oyentes sin dejar de tocar nunca para sí mismos. En definitiva, nos ofrecieron a todos una lección de cómo hacer música. Y no hubo duda.

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