Wayne Shorter, el gigante inconformista en el 52 Heineken Jazzaldia

Wayne Shorter regresa al Jazzaldia.
52 HEINEKEN JAZZALDIA

Wayne Shorter regresa una década después a San Sebastián como venerable icono viviente del jazz más arriesgado

JOSU OLARTE SAN SEBASTIÁN.

El Kursaal acoge esta tarde (18.30 h) el primer concierto estelar del Jazzaldia con la presencia del cuarteto de Wayne Shorter (Newmark, New Jersey 33), pilar indiscutible del jazz durante más de medio siglo, patriarca de la estirpe de los grandes saxofonistas y quizás el más importante compositor vivo de género, según no pocos críticos. Un estatus, en permanente revisión y cuestionamiento de sus límites, que en 2007 ya mereció Premio Donostiako Jazzaldia.

Cambiando el clarinete por el saxo al matricularse en la Universidad de Nueva York, Shorter comenzó a forjar su aura en los Jazz Messenger del baterista Art Blakey, de los que en cuatro años (59-63) acabó siendo su director musical, destacando como intérprete, artista por derecho propio (con álbumes para Vee Jay) e improvisador capaz de reivindicarse en pleno reinado de Coltrane. Algo que no pasó inadvertido para Miles Davis, que en 1964 logró incorporarle para sustituir al propio Trane, que llegó a recomendar su incorporación al mítico quinteto que completaban Tony Williams y su amigo y cómplice Herbie Hancock. Durante los seis fértiles años que permaneció en la formación, se convirtió en el autor más productivo (y el único al que Miles no le cambiaba una nota, se dice) firmando standards ligados al jazz de Miles (entre ellos el 'Prince of Darkness' del que tomó su alias) y cimentando el hard-be bop que tanto influjo ejercería en décadas posteriores.

Estableciendo vínculos entre la vanguardia atonal y la fusión jazz rock, Shorter se alió en con su viejo colega Joe Zawinul para formar Weather Report con los que, alternando el tenor y el soprano y con un enfoque más melódico, logró una popularidad que le llevaría a trabajar en años posteriores con Joni Mitchell (10 álbumes) Steely Dan, Don Henley o hasta los Stones de 'Bridges to Babylon'. Con WR cultivó durante década y media (70-85) una libertad de miras que alimentaría por su cuenta acercándose al tropicalismo con Milton Nascimento ('Native Dancer'), la fusión electrónica con la latina con un Carlos Santana con el que llegó a grabar ('This is it') durante su declive artístico a finales de los 80.

Shorter remontó en los 90 rindiendo tributo a Miles con el cuarteto VSOP (Hancock, Williams, Ron Carter, Wallace Roney), firmando la banda sonora de 'El Fugitivo', y registrando en Verne con Marcus Miller 'High Life' (Grammy en el 97 al mejor álbum de jazz contemporáneo). Restaurando ocasionalmente su conexión con Hancock, Shorter encaró el nuevo milenio liderando con su nombre su actual grupo. El que se estrenó en estudio poniendo su sello en el directo improvisado 'Footprints Live' (02) y que desde entonces mantiene en renovada química con el baterista Brian Blade y dos acreditados y 'gramificados' solistas como Danilo Pérez (piano) y John Patitucci (contrabajo).

Inspirado artística y conceptualmente por luminarias del jazz, del arte y la ciencia (de Lester Young, Coltrane y Parker, a Pau Casals, Beethoven, Falla. Picasso, Mary Shelley o Stephen Hawking) a sus 83 años, el budista convencido Shorter no se limita a revisitar su glorioso pasado de los 60 y 70 sino que alarga su legado manteniéndose creativamente activo y fiel a su visión libérrima y exploradora del jazz. «Mi música es una celebración del futuro a partir de la historia», ha dicho el propio Wayne de esa actitud arriesgada ejemplificada en su último disco de esclarecedor título ('Without a net-Sin red' 2013) y que en directo cristaliza en los mutantes recitales que viene encadenando con cuarteto que mantiene estable desde los albores del siglo XXI.

Mientras ultima un próximo disco (con poso camerístico y orquestal, al parecer) Shorter desafía con su respaldo las barreras sonoras ('Beyond the sound barrier', tituló su álbum de 2005) y dice «romper con la música horrible que nos rodea» proponiendo sesiones siempre cambiantes que fluyen con espontaneidad por terrenos poco familiares. «Nunca sabemos lo que vamos a tocar. Cada noche en un desafío que da sentido a mi música. No puedo estar anclado en mi pasado, necesito avanzar a lo desconocido», asegura el reciente ganador de Polar Music Prize en reconocimiento a una trayectoria de «exploración artística sin la que la música moderna no habría penetrado de una manera tan profunda».

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