Fusión sin etiquetas

La japonesa Hiromi Uehara al piano y el colombiano Edmar Castañeda al arpa ofrecieron un concierto inédito en el Kursaal. / SARA SANTOS
52 HEINEKEN JAZZALDIA

HIROMI, EDMAR CASTAÑEDA DUET | Músicos: Hiromi Uehara (piano) y Edmar Castañeda (arpa). Lugar: Auditorio Kursaal. Día: 22-07-2017. Aforo: Lleno

CARLOS RODRÍGUEZ VIDONDO

No iba a ser una tarde de sábado cualquiera ayer en el Kursaal. El flamante dueto formado por la pianista japonesa Hiromi Uehara (Shizuoka, 1979) y el arpista colombiano Edmar Castañeda (Bogotá, 1978) tenía aires de incertidumbre y enigma desde el momento mismo de su programación. A ellos ya les conocíamos por separado, pero rara vez se había planteado semejante combinación de instrumentistas y estilos (tan dispares) sobre un escenario. Antes de entrar, podía predecirse que iba a ser una demostración de virtuosismo técnico, algo a lo que Hiromi suele acostumbrarnos desde hace ya tiempo; e incluso podríamos imaginar cierto carácter latino heredero del jazz practicado por Castañeda junto a músicos de la talla de Paquito D’Rivera. Pero nadie salió ayer del auditorio sin cara de sorpresa y entusiasmo.

Hiromi, que ya había venido a San Sebastián hasta en tres ocasiones (prueba de ello es su presentación en perfecto castellano), tenía intención de que fuera su noche y decidió aceptar la responsabilidad de echarse encima a un auditorio del volumen del Kursaal, que le respondió con grandes vítores. Castañeda, por su parte, no se vio intimidado por su primera vez en Jazzaldia y, alzando la mirada al cielo, revoloteó sobre su arpa como orando por ese don musical que le ha sido otorgado. Nadie se acordó entonces de que el arpa no se había visto nunca en el ámbito jazzístico. Punto para el cafetero.

El inicio resultó un calentamiento sonoro intenso, con muchas notas y mucho volumen, pero poco espacio que cederse el uno al otro. Así, se marcaba el listón de hasta dónde podían llegar a exprimir la exhibición, aunque eso provocase cierto belicismo musical cada vez que se encontraban. Tras una muestra impecable de cómo tocar groove en ‘For Jaco’, tema dedicado por Edmar a su ídolo Pastorious que hizo taconear a los asistentes, comenzó la miscelánea de estilos que recorrió desde el bebop al latin, el swing tradicional, el vals, el stride, el barroco e incluso lo cinematográfico.

Un dúo imposible de categorizar, que se dividió a mitad de la función para darse en privado unos minutos de gloria con la concurrencia allí presente. La experta pianista dio de sí su Yamaha todo lo que pudo, atravesando todo el registro de un lado a otro, aportando gran consistencia a los graves y una dulce ligereza en los agudos; jugando con los ruidos mute y metálico de las cuerdas, así como unos volúmenes que le hacían brincar de la banqueta. El bogotano evidenció una técnica vigorizante que avivó todas las obras con pura fuerza en la conducción y la complejidad rítmica de sus acompañamientos.

Pero juntos crecieron y quitaron la razón a aquellos que desconfiaban del mérito de conseguir esta tremenda cohesión de dos instrumentos en principio tan enfrentados, a través de una exhibición de espectacularidad, velocidad y ritmo. Que tocaron para el público lo pudimos observar en la pieza final del concierto, que coloreó el telón de fondo de un rojo con lunares negros para dar paso a una cadencia andaluza que daba el toque flamenco a la noche. Con la gente en pie reclamando un bis se cerró el espectáculo por todo lo grande, ni más ni menos que con un sensacional arreglo del ‘Spain’ de Chick Corea. Tan sólo escuchar el floreo de la mítica y popular introducción ya hizo saltar de fascinación a algunos de sus asientos, que abandonaron el Kursaal con la piel erizada sin importarles demasiado el tímido sirimiri que empezaba a caer. La espléndida tormenta musical había ocurrido en el interior.

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