Mina: «San Francisco Javier fue un adelantado a su tiempo y un gigante con los pies de barro»

Mina relata su viaje tras las huellas del santo navarro.
Mina relata su viaje tras las huellas del santo navarro. / P. MARTÍNEZ
Jvier Mina, escritor

El escritor navarro afincado en San Sebastián acaba de publicar un ensayo y libro de viajes sobre las huellas del santo en Asia

ROBERTO HERREROSAN SEBASTIÁN.

Con el toque literario de un buen libro de viajes, en 'Tras las huellas de san Francisco Javier en Asia, un viaje al Extremo Oriente', Javier Mina narra y documenta una parte esencial de la vida del misionero navarro, recorriendo con la mirada actual las huellas que el santo dejó en diversos territorios asiáticos en pleno siglo XVI, hasta su muerte en la isla china de Sancián en 1552.

- Antes de conocer las huellas de san Francisco Javier, hábleme del viaje como una forma de experimentar la vida, que de eso también trata el libro.

- Un buen viaje es un concentrado de vida. Durante un espacio de tiempo muy corto, se ve uno inmerso en un sinfín de experiencias e impresiones novedosas que, por lo general, suelen resultar muy placenteras. Uno deja de ser el que acostumbra y, al regresar a casa, se mete en el cuerpo como si se hubiera lavado y centrifugado. Hasta los imprevistos y los pequeños contratiempos se salvan con cierta alegría, porque mientras viajas te sientes disponible y modestamente todopoderoso.

«Javier era un señorito estudiando en París. Ignacio de Loyola le sedujo para que sólo comiera mendrugos»«Vivía obsesionado con la pureza y se aplicaba terribles castigos corporales»

- ¿Hay que ser un poco detective o las huellas de San Francisco están ahí para quien desee seguirlas?

- Lo cierto es que hay que empezar por ser un ratón de biblioteca para saber qué buscar y dónde. Lo detectivesco empieza sobre el terreno. Sabía que en Macao se conservaba un fragmento del húmero del santo, pero tenía dos localizaciones, ¿acaso había dos fragmentos? Las pesquisas requirieron su tiempo y todo para concluir que sólo había uno, pero que estuvo previamente en otro sitio. Las fronteras, el idioma, los planos inciertos y los datos que se encuentran in situ le dan picante a la cosa.

- Francisco recorrió Asia para convertir a sus gentes al cristianismo. ¿Seguirle los pasos es muy diferente para un creyente o, como usted confiesa de sí mismo, para alguien que no lo es?

- Supongo que sí porque quien acepta que cosechó muchas almas para la Iglesia, tendrá que sentirse satisfecho con su labor. Quien no sea de esa opinión puede reconocerle los esfuerzos titánicos que realizó, pero a lo mejor piensa que tenía que haber dejado a la gente en paz para que siguiera creyendo lo que creyese.

- El libro va uniendo relatos, el que reconstruye los viajes del santo y el de usted mismo y su compañero fotógrafo. ¿Cómo conviven esos casi cinco siglos de diferencia?

- El viaje lo hice en compañía de José Luis Larrión. Creo que esos cinco siglos comenzaron por hacernos amigos, ja, ja, (antes no nos conocíamos). La otra convivencia es nula. Por muchos esfuerzos que uno haga resulta difícil transportarse al siglo XVI. Bueno, si se está en un pedazo de selva, se contempla el mar o se tiene delante alguna construcción puede que la imaginación vuele, pero lo que tal vez importe más es precisamente el contraste. Porque realmente san Francisco Javier no construyó nada material. Sólo quedan de él unas cuantas cartas y la sombra de su paso, más una serie de imágenes que lo representan, amén de lugares que llevan su nombre: calles, iglesias, colegios...

- Antes de entrar en el viaje a Asia del santo, dedica un capítulo a su estancia en París y al encuentro con alguien que fue muy importante para él: Ignacio de Loyola.

- El encuentro fue crucial. Javier era un señorito que disfrutaba de la buena vida universitaria en París después de haber salido de un oscuro castillo próximo a Sangüesa. ¡Quería comerse el mundo! El de Loyola le sedujo para que sólo comiera mendrugos. Vamos, que le embarcó en una aventura dudosa, pero emocionante para un joven. Cuando Ignacio publique sus memorias dedicará sólo un par de líneas a quienes de verdad levantaron el edificio jugándose la vida mientras él permanecía tan ricamente en Roma.

- Parece que no tiene en gran estima al guipuzcoano fundador de la Compañía de Jesús.

- Pues no. Creo que fue un manipulador. De hecho la universidad le incoó un proceso por embobar a los estudiantes. Se libró por los pelos de ser azotado en público. Manejaba como nadie el chantaje moral y el terror, basta con leer los 'Ejercicios espirituales'... Un perro viejo que se valió de los quince años que les llevaba a sus discípulos para atraérselos con triquiñuelas.

- ¿Quién fue san Francisco Javier? Dice usted que «si no se es forofo de su condición de soldado de Cristo, es difícil que cause simpatía».

- Sí, porque se convirtió en el rigorista que Ignacio quiso que fuese. Era de trato fácil con los humildes y, según las crónicas, le querían pero no soportaba el pecado ni a los pecadores. Les atacaba sin miramientos aunque fueran poderosos, eso hay que reconocérselo. Vivía obsesionado con la pureza y se aplicaba terribles castigos corporales para doblegar algo que sólo podía estar en su mente. Vivió la vida como un castigo y sin encontrar el consuelo espiritual que buscaba. Resulta difícil que algo así pueda causar simpatía, excepto si se considera que se hace por una buena causa. De ahí lo de los forofos.

- También lo tilda de gigante, pero «un gigante contradictorio». ¿Cuáles eran esas contradicciones?

- Javier era un gran organizador. Llevaba en su cabeza los pormenores de cada misión -efectivos, conversiones, gastos- y de la propia Compañía de Jesús. Fue un adelantado a su tiempo en el manejo de la información y eso que la respuesta a una carta podía tardar tres años en llegar. Pero le absorbía también lo pequeño. Y lo imposible. La idea de ir a China a convencer por la vía de la razón a todos sus sabios para convertirlos a la fe católica era propia de un gigante. Que fuera un disparate siquiera pensarlo es lo que le convierte también en un entrañable gigante de pies de barro.

- Para quien no pueda seguir las huellas del santo por Asia, ¿hay algún lugar en especial que nos hable de su figura?

- El castillo de Javier, supongo porque hace siglos que no voy por allí... Aparte del material expuesto hay que tener en cuenta que fue su casa, su primera huella. La abandonó con 19 años para no volver, aunque entonces no lo supiera. Pasó muy cerca camino de Lisboa, pero prefirió detenerse en Loyola evitando encontrarse con su propia familia para eludir un choque inevitable, pues desaprobaban que se hubiera dejado embaucar por el guipuzcoano, como así consta.

-En 1952 el papa Pío XII lo proclamó patrono del turismo. ¿Lo imagina convirtiendo a protestantes británicos por las actuales playas del Mediterráneo?

-Según. Con los turistas de borrachera hubiera empleado el látigo, a los otros hubiera tratado de convencerles razonando, pues eso era lo que aprendió en la Sorbona. Su gran tragedia fue no comprender que los argumentos escolásticos sólo podían funcionar dentro del sistema escolástico, con lo que poca mella podían hacer en quienes se situaban fuera de él, ya fueran protestantes o taoístas japoneses o chinos.

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