Lomas: «Los insectos no se comen la madera, la horadan en busca del almidón de sus vasos»

José Luis Lomas sostiene el libro que le ha dedicado el director de la casa del Greco de Toledo. / F. I.
José Luis Lomas sostiene el libro que le ha dedicado el director de la casa del Greco de Toledo. / F. I.

El donostiarra Juan José Lomas es una de las referencias en la restauración de patrimonio artístico

FELIX IBARGUTXI SAN SEBASTIÁN.

El donostiarra José Luis Lomas ha sido una institución en lo referente a tareas de restauración de objetos y estructuras de madera. A comienzos de los 90 restauró toda la estructura de la ermita de la Antigua, de Zumarraga, que se encontraba dañada por dos insectos, Anobium punctatum y Xestobium rufovillosum. «Fueron muchos meses de trabajo, una tarea muy latosa. Excepto los canecillos, que pude desmontar y llevarlos al taller, todos los trabajos los tuve que hacer 'in situ'. Esos canecillos estaban bastante deteriorados, se deshacían, pero logré consolidarlos», comenta ahora, bastantes años después.

A sus 71 años, todavía hace algunos trabajos puntuales, por ejemplo la restauración de los retablos de la iglesia de los jesuitas, en la calle Andia de San Sebastián. Recuerda su primer trabajo en cuanto a retablos: «Fue en una ermita de Lizartza. El retablo estaba caído, en el fango, destrozado. En aquella ermita andaban ovejas, imagínate».

Junto con la Antigua, de Zumarraga, particularmente laboriosas fueron la restauración de las sepulturas de madera de dos parroquias, la de Amezketa y la de Usurbil. En todos estos casos trabajó por encargo de la Diputación foral, el organismo encargado de la protección del patrimonio artístico. «Allí mi interlocutor era Manu Izaguirre, una persona que ha hecho mucho por Gipuzkoa».

«Tuve que rehacer 1.800 de las 9.000 piezas del artesonado mudéjar de la casa del Greco en Toledo»

Aprendizaje en Caracas

También restauró, entre otras cosas, los retablos y la imaginería del convento de Bidaurreta, en Oñati; las estructuras de los retablos del santuario de Guadalupe, en Hondarribia; el retablo de la ermita de San Blas, en Zerain y la estructura del Museo Naval, en San Sebastián.

Ha tenido que batallar contra diferentes insectos xilófagos. «Me vino muy bien lo que aprendí en un centro de Caracas, el Instituto Armando Reverón de Artes Plásticas. De los más de 3.000 parásitos que atacan la madera, estudié 1.800, los que aparecen en Europa. En el País Vasco se ha usado mucho el roble, y es un tipo de madera que es atacado sobre todo por los dos insectos presentes en la Antigua: Anobium punctatum y Xestobium rufovillosum».

Lomas recuerda que, pese al nombre de 'xilófagos', estos insectos no se dedican a comer la madera. «Lo que hacen es horadarla en busca del almidón presente en los vasos de verano». En cambio, la madera de castaño recibe menos ataques de los insectos, «porque la tinta de esta especie arbórea los repele».

Ahora, Lomas muestra orgulloso un libro-guía de la casa-museo del Greco en Toledo, con dedicatoria de su director, José Antonio García Castaño. Y es que entre 1998 y 2008 José Luis estuvo enfrascado en la restauración de un artesonado mudéjar de ese edificio toledano. «Este tipo de artesonados suele estar compuesto de miles de pequeñas piezas de madera. En concreto, tenía casi 9.000 piezas, y 1.800 estaban tan deterioradas que tuve que rehacerlas. Tuve que sanear maderas, policromar, dar pan de oro... Fue un trabajo precioso, yo allí con mi mesa y mi juego de gubias. Estoy particularmente satisfecho de esa restauración. Yo creo que me llamaron del Ministerio de Cultura para hacer ese trabajo porque se habían enterado del la restauración que había llevado poco antes en el Palacio del Duque de Mandas, en Madrid. Fue llamativo, porque hay tantos restauradores de renombre...».

El artesonado, instalado en el techo de la llamada capilla de San Bernardino, se instaló allí en los años 1924-25, después de traerlo de un convento arruinado de la provincia de Valladolid. Ese espacio se convirtió en una de las salas más atractivas de la casa-museo del Greco, pues contenía un cuadro del pintor sobre ese santo, documentado en 1603, y realizado originalmente para el colegio franciscano de San Bernardino, desaparecido a fines del XIX.

Buenos maestros

Lomas cree que tuvo grandes maestros en la infancia-juventud, y gracias a ellos pudo convertirse en un profesional de la restauración. «Mi padre dibujaba muy bien. Junto a él comenzó todo. Se llama Fernando Lomas Iturriaga. Luego recibí clases del pintor Ascensio Martiarena, que tenía su estudio en la Calzada de Egia. Cuando tenía yo 16 años, lo que ganaba en seis meses solamente me llegaba para pagar una mensualidad de Martiarena. Iba a la Escuela de Artes y Oficios, en el edificio que actualmente ocupa Correos, y allí tuve dos profesores de talla de madera muy buenos, los hermanos José e Ignacio Aguirre Oria».

Empezó a trabajar como restaurador al volver del servicio militar. Luego realizó cursos en la Escuela de Imaginería de Arte Sacro de Olot (Girona), en el Institut Royal du Patrimoine Artistique de Bruxelles, en el Instituto Universitario de Artes Plásticas de Caracas... «He trabajado 51 años sin descanso, pero a gusto, en un oficio muy bonito».

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