chillida y oteiza: La historia no contada del abrazo de Zabalaga

Se acaban de cumplir veinte años del histórico reencuentro entre los dos escultores. Uno de sus ‘muñidores’, el cineasta Ion Inchaustegui, revela nuevos detalles de una cita cargada de símbolos

El abrazo de los dos escultores en Zabalaga hace exactamente veinte años. /
El abrazo de los dos escultores en Zabalaga hace exactamente veinte años.
Mitxel Ezquiaga
MITXEL EZQUIAGA

Fue mucho más que un abrazo. El 15 de diciembre de 1997 Eduardo Chillida y Jorge Oteiza se reencontraban tras décadas de enfrentamiento artístico y personal. Zabalaga, la finca de Hernani que tres años después se convertiría en Chillida Leku, fue escenario de una jornada «sencilla, sin protocolos, como un encuentro de viejos amigos», aunque los dos artistas sabían que su abrazo aportaba un mensaje «que quería iluminar un nuevo tiempo en un País Vasco sometido aún a los años violentos».

Lo recuerda ahora Ion Inchaustegui, el cineasta que fue uno de los ‘muñidores’ de aquel reencuentro y que nunca quiso contar demasiados detalles de aquella jornada, partidario de quedar siempre «en un segundo plano». Hoy acepta revelar algunos datos al tiempo que lamenta que las horas grabadas ese día «estén almacenadas, sin que nadie parezca hacerles mucho caso, en la Filmoteca Vasca y en los archivos de ETB». El cineasta dice que «en otros lugares la obra y la figura de los dos artistas estaría continuamente puesta en valor; aquí vemos que la obra de Oteiza está fuera de la Comunidad Autónoma Vasca, en la Fundación de Alzuza, en Navarra, y Chillida Leku cerrado a la espera de que pueda abrirse gracias a unos suizos».

Al margen de los detalles concretos Inchaustegui destaca hoy la aportación de los dos creadores al país, aquel mensaje que el propio cineasta y una secretaria de Chillida redactaban para ser firmado mientras los artistas comían en el domicilio de los Chillida en Igeldo tras la fría mañana en Zabalaga.

Al segundo intento

«Más allá de nuestras diferencias habrá siempre un espacio-tiempo para la paz», decía el texto. Estaban a punto de iniciarse unas nuevas negociaciones en otro empeño de terminar con el terrorismo «y los artistas, el exsenador Juan Ignacio Uría, que fue otra persona clave para la cita, y todos los que ayudamos para el encuentro sabíamos que un gesto como el de Zabalaga podía ayudar a generar un clima mejor», apunta Inchaustegui.

En la imagen superior, Inchaustegui, Oteiza, Chillida y Begoña (cuidadora del escultor de Orio) entran a Zabalaga. Debajo a la izquierda, el documento que firmaron hace veinte años como un llamamiento conjunto de paz. A la derecha, Oteiza y Chillida en la mítica Espelunca de la librería Ramos de Donostia en los años 60. Eran tiempos en que aún seguían unidos, antes del distanciamiento.

Fue un día histórico pero a punto estuvo de frustrarse. «Jorge Oteiza estaba con catarro y hasta la misma mañana no supimos si estaría en condiciones de asistir. En realidad la cita inicial se había marcado para dos días antes, y fue retrasada por la salud de Jorge. Al final se vio bien y forzamos la máquina para vernos ese mismo día. Yo tenía contacto con los dos desde muchos años antes, pero justo por esas fechas les había estado grabando, por separado, para la serie sobre ‘creadores vascos’ que preparaba para ETB. Ese día llevamos una cámara en Zabalaga, con steady-cam, para seguir los movimientos de los dos por el lugar».

Oteiza e Inchaustegui llegaron a la finca de Hernani en el coche del cineasta «y la primera sorpresa es que Eduardo vino a la puerta, el primero, para recibirnos». Ahí fue el encuentro inicial y un primer y emocionado diálogo. «Ya ves, estoy como un inválido», se presentó Oteiza, cubierto con txapela y con el cuello envuelto por una bufanda roja. «¿Cómo estás, viejo?». Y Chillida, vestido con una cazadora clara y unos vaqueros, respondió con un «cuando yo tenga tu edad ya no estaré. Voy a durar menos». Oteiza tenía entonces 89 años y Chillida 73. Los dos coincidieron también en ese primer momento en su felicidad «por cerrar una etapa estúpida», en relación con su distanciamiento, y en la idea de dar «ejemplo de reconciliación» al país.

El Peine del Viento, símbolo donostiarra de Chillida.
El Peine del Viento, símbolo donostiarra de Chillida.

Los dos escultores se habían conocido medio siglo antes. Fueron fundadores del grupo Gaur, renovador del arte del siglo XX, y referentes de la cultura vasca. Luego llegó su enfrentamiento, con un Oteiza ‘maldito’ ajeno al mercado y la vida institucional y un Chillida de creciente éxito y reconocimiento internacional. Oteiza subió el tono cuando acusó a Chillida de «plagio», y la cultura vasca de una época pareció verse enfrentada a ser de uno u de otro, como si fuese un derbi futbolístico.

«La foto que trascendió no es el abrazo real; por eso Chillida tiene las manos en los bolsillos»

«Hay muchas horas grabadas del encuentro, pero parece que no interesan a nadie»

«El encuentro era más que un asunto personal: quería propiciar un clima de paz en el País Vasco»

Cerrar heridas

«Incluso en los momentos más enfrentados los dos mantuvieron contacto, especialmente a través de sus esposas, Pilar Belzunce e Itziar Carreño», recuerda Inchaustegui. Precisamente la muerte de Itziar, dos años antes del encuentro, generó un clima mayor de emotividad. «Pienso que los dos artistas veían que la vida iba pasando y querían morir con esas heridas cerradas», apuntó en su momento Luis Chillida. Ese clima propició el encuentro, allanado por Uría e Inchaustegui.

«A última hora llamé a mi amigo Ángel Ruiz de Azua, fotógrafo de Deia, para que retratara el encuentro», sonríe hoy Inchaustegui. Durante horas los dos creadores recorrieron Zabalaga con los ‘micros’ de Inchaustegui colgados y seguidos de lejos por la cámara de televisión. «Jorge se empeñó en asomarse a una ventana del caserío con Eduardo y saludando a la cámara. Le pregunté luego por qué y me dijo que era para que se viera que él tenía más pelo», dice el cineasta como anécdota que revela «el espíritu travieso» de Oteiza hasta el final.

Cuando terminó la mañana Ruiz de Azúa advirtió que no había foto concreta y real del abrazo, así que cuando ya salían de Zabalaga se improvisó una foto más, ante la escultura ‘Besarkada’, a sugerencia de Pilar Balzunce. «Ángel, fotógrafo de Prensa, estaba acostumbrado a políticos o futbolistas, habituados a posar. Les pidió a los artistas esa foto y Oteiza, más actor, representó el abrazo, pero Chillida quedó con las manos en los bolsillos. Parecía que no estaba tan entusiasmado con el encuentro, pero se trataba simplemente de que no sabía ‘actuar’». La imagen ilustró el día siguiente la portada de los periódicos, incluido El Diario Vasco.

'Construcción Vacía', símbolo donostiarra de Oteiza.
'Construcción Vacía', símbolo donostiarra de Oteiza.

El encuentro siguió a mediodía en la casa de los Chillida en Igeldo. Eduardo, su esposa Pizar, su hijo Pedro con su entonces esposa, Mamen, el exsenador Uría, Oteiza y Begoña, la señora que cuidaba entonces del artista de Orio, se sentaron en torno a la mesa, según la reconstrucción que hizo entonces DV. La comida se cerró hablando de Ignacio de Loyola y San Juan de la Cruz, dos de sus referentes comunes, con una copa de Armagnac.

Veinte años despúes Inchaustegui quiere dar «una visión más global que personal» a aquel encuentro. «En la ruptura, primero, y en el abrazo, después. influyeron muchas más cosas, como el aniversario del ‘Guernica’ de Picassso y la idea de recuperar ese cuadro para Euskadi en la campaña ‘Guernica Gernikara’», dice ahora el cineasta, que piensa que todavía hay una historia por contar, «de la cultura y la política vasca», a través de estos dos personajes.

Chillida falleció en Donostia el 19 de agosto de de 2002 a los 78 años. Oteiza murió también en San Sebastián solo unos meses después, el 9 de abril de 2003,con 94 años. En la bahía de La Concha pervive, como guiño del destino, un ‘abrazo artístico’ entre los dos artistas: a un lado, el Peine del Viento de Chillida; en el Paseo Nuevo, la ‘construcción vacía’ de Oteiza. El abrazo permanece.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos