Gran proeza literaria

Arundhati Roy, autora de 'El ministerio de la felicidad suprema', continúa con esta obra la labor empezada con su libro 'El dios de las pequeñas cosas'

SANTIAGO AIZARNA

El atractivo de la India, tanto como lugar de visita para algunos que además de turistas barruntan especies, especias, espacios, etcétera más allá de lo que pudiera calificarse de 'comunes', es decir, de originales u originalísimos por lo tanto, supera a imaginaciones que pudieran calificarse de desbordadas, y quién sabe si hasta no sería exageración manifiesta decir que volcánicas.

Respecto a la India sin duda y centrándonos en una cierta modernidad de un siglo a esta parte, en lo literario, sin duda, están dos grandes, colosales columnas o hasta columbarios (muy aparte de esas piras en llamas y humos que entre las nubes se dispersan y ni siquiera piden ni pincel ni paleta de renombrado pintor porque el cuadro sin competencia artística lo dan hecho); un panorama que tantas veces hemos imaginado (y hasta visto aunque sea cinematográficamente a orillas del Ganges o algún otro de los ríos sagrados, a aquella tan temprana edad que en el ámbito colegial se nos hacía ver filmes como la primera versión muda de 'La tumba india' de Fritz Lang y Thea von Harbou, de tal categoría de realismo que hasta la superaba en realidad.

Rabindranath Tagore, sería, por cortesía debida tanto a su obras -donde la mística india se enlaza con el humanismo de afectuosidades cordiales en voz o rayos de oro o plata como a la poemáticas corresponde&mdash como a sus genes, el primero en la lista, y en cuanto al siguiente, ¿cómo olvidarnos de lo mucho que la India le debe a Rudyard Kipling sin por eso eximir de muy parecida deuda de parte de Kipling a la India -selváticos animales para delicias de lectores adolescentes, Kim y Sabú, el largo brazo de la Inglaterra colonial, etc.-

En este terreno de ir buscando antecedentes o referentes, nuestra infeliz memoria pudiera trascender aún a otros nombres que, sin ser tan eximios, sí gozaron, sin embargo, de gran popularidad, como fue, en tiempos de novelas ríos, Louis Bromfield con 'Vinieron las lluvias' y tantos otros para los que nos faltarían espacio sin duda, aunque, cómo dejar en el olvido, por ejemplo, a un tal Salman Rushdie y sus peripecias o aventuras eclípticas (o de eclipse personal a mundo tan redundante en agresiones letales vengativas).

Pero cerremos este capítulo de recordaciones para ceñirnos a la obra de Arundhati Roy (Shillong, 1959), comprometida muy seriamente en opciones políticas y que, hasta ahora, ha mantenido como gran nombre en la literatura narrativa el suyo con 'El dios de las pequeñas cosas', que ganó el Premio Booker en 1997, se tradujo a más de cuarenta idiomas y se aclamó como gran evento literario.

Ahora, como para afianzar su capacidad narrativa de muy fuerte manera, vuelve con otra obra singular: 'El ministerio de la felicidad suprema', una gran obra sin duda y que nos hace nuevamente partícipes en la obligación de leerla pese a sus quinientas y más páginas, que si se precisare de aliento inicial para tal labor, léase nada más la primera página que pudiera ser prólogo pero es mucho más que eso que cabe que sea hasta oración y se habla de murciélagos y cuervos y cementerios y buitres y vacas y búfalas. Encuentra uno, por reflejo mimético sin duda y por resonancia de no se sabe qué laberintos de la memoria, aquella inolvidable obra, 'Los pájaros se alejan, las flores caen', de Elemir Bourges, que leída que ha sido esa hoja suelta, un impulso como impelente -diríase que hasta 'algo extraño'- se ha apoderado de nuestra apetencia lectora. Rebrota en el primer capítulo donde se pregunta que'¿Adónde van a morir los pájaros viejos?' que vuelve a hablarse de algunos de esos pájaros y animales del proemio y del cementerio donde vivía ella, Anyum, «como si fuese un árbol más», ella de cuyo nombre se colgó en etimologías (o, ¿quién sabe si hasta etiologías?) el imán ciego, Ziauddin trastocando palabras y colores. Y entramos de esta manera en la ronda de los doce maravillosos capítulos que se prosiguen y «como que se persiguen» en este libro; con personajes que van asomando y dejando impresa su estela en actos y lugares a los que concurren, muy especialmente en aquellos que denotan características tan especiales de raigambre india pero de proyección universal.

Personajes que tienen una importancia específica en esta novela, como esta cuyo primer nombre fue Aftab y nació una fría noche de enero en Shahjahanabad, la ciudad amurallada de Delhi y fue Ahlam Baji, la comadrona que atendió el parto la que se equivocó, y su madre guardó celosamente el secreto que había en su cuerpo y lo celó hasta lo que le fue posible o mejor acaso, imposible; doce capítulos por lo tanto, con tanta carga de personajes de llamativas historias; doce capítulos, en suma, alguno de los cuales hasta de características tan arraigadas en su etnia y alma que pareciera que se le traslada al lector al centro de la misma tierra que pisan o de la misma vida que viven. Una capacidad la demostrada por su autora en hacer poemática su realidad o, viceversa, convertir esa realidad en poemática y cargada de todo tipo de significaciones y simbolismos. Una gran proeza literaria, sin duda, cuyo encanto paladeará el lector si al menos logra adentrarse en el cañamazo literario de la autora que, así, da padrinazgo a su anterior obra y extensión a su nombre que ya era más que suficientemente conocido y recordado por todos aquellos que tuvieron la fortuna de leer esa su conocida obra.

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