«Donostia no necesita un Guggenheim»

«Donostia no necesita un Guggenheim»
Sou Fujimoto, arquitecto japonés, clausuró las conferencias de ‘Mugak’

Es emblema de la nueva generación. Rechaza la ‘arquitectura de estrellas’ y defiende recuperar la escala natural y humana de su oficio. Su casa ‘Na’ en Tokio es una leyenda

Mitxel Ezquiaga
MITXEL EZQUIAGA

Habla en voz baja, se mueve discretamente por el Palacio de Miramar y sonríe cortés al saludar. Pero Sou Fujimoto (Hokkaido, 1971) es el emblema internacioal de una nueva generación de arquitectos que apuesta por recuperar una escala humana y vinculada a la naturaleza. Mantiene estudios en Tokio y París y es autor, entre otros trabajos premiados, del Serpentine Gallery Pavilion, montado en Hyde Park en Londres en 2013, y de la ya legendaria Casa Na de Tokio, una vivienda transparente de solo 70 metros cuadrados repartidos hasta en veinte niveles.

Fujimoto clausuró ayer las conferencias de Mugak, la Bienal de Arquitectura de San Sebastián. En su estancia donostiarra ha aprovechado para caminar solo por la ciudad, un lugar que conocía de referencias «por su gastronomía y su cultura» y que la ha sorprendido por su sólido carácter. «Admiro el trabajo de Gehry y me gusta el Guggenheim de Bilbao, pero no todas las ciudades deben tener su Guggenheim», advierte Fujimoto frente a la obsesión por los edificios emblemáticos. «Ciudades con el carácter de San Sebastián no lo necesitan», explica. El arquitecto sonríe cuando se entera de que el futbolista japonés Inui, muy conocido en su país, juega en el Eibar, solo a media hora de donde hablamos. «El mundo es realmente pequeño», bromea.

-Defiende usted una nueva y mayor relación enre la arquitectura y la naturaleza.

-Bueno, ese es un tema tan antiguo como la propia arquitectura. La arquitectura consiste en crear nuevos espacios para el hombre, pero la vida no transcurre solo en los espacios cerrados, también en la naturaleza. Debe haber una relación ajustada entre los espacios artificiales creados por el ser humano y los naturales. El siglo XXI ofrece un desarrollo de la tecnología que permite replantearse, y quizás mejorar, esa relación. La naturaleza y la arquitectura están conectadas, pueden fusionarse y meterse la una dentro de la otra.

-El propio concepto de naturaleza cambia. Usted habla a veces de Tokio como de un bosque.

-Sí. Es una ciudad llena de rascacielos que se escapan de la escala humana, pero también hay zonas residenciales llenas de pequeños detalles que dan la sensación de familiaridad y seguridad. Es como en el bosque, donde hay árboles inmensos, que impresionan por su altura, pero también hay ramas, arbustos, espacios más pequeños que te hacen sentir seguro. En una gran ciudad de edificios gigantes puedes introducir elementos urbanos pequeños, como contrapeso, para la escala humana. Y te hacen sentir bien. Tokio, y otras grandes ciudades, son bosques aparentemente inhóspitos donde al final encuentras tu sitio confortable.

«Tokio es un bosque de rascacielos pero también de elementos pequeños que humanizan la urbe»

-Ocurre en las ciudades grandes pero también en las pequeñas.

-He paseado estos días por San Sebastián y zonas como su Parte Vieja. Es un barrio que no son solo fachadas y edificios: hay luces, arcos, retranqueados, objetos pequeños que ‘humanizan’ la ciudad. Esa pequeña arquitectura es la que más me interesa.

-Es usted uno de los arquitectos más premiados de su generación, pero cuando acabó la carrera no quiso entrar en un gran estudio, sino empezar por trabajos pequeños. ¿Es lo que recomienda a los estudiantes de Arquitectura?

-Tengo una serie de reflexiones que planteo a los estudiantes y a todo el que quiera escucharlas, porque son cosas que he aprendido en la vida y considero útiles, al menos para mi. Lo primero es replantear todo, cuestionarse las cosas desde el principio. No hay que dar nada por sentado, al comenzar un proyecto de arquitectura o cualquier tarea. Hay que repensarlo todo una y otra vez. Hasta las cosas que crees que conoces igual no las conoces, o puedes enfocarlas de otro modo. Replantéate todo. Lo segundo que propongo es ser optimista: si estás pensando en el futuro mejor hacerlo con una mirada positiva, y más si es para desarrollar tu trabajo. Y la más importante: ser honesto. Honesto con el mundo, con la naturaleza, con la gente, con tus clientes, con la diversidad de las culturas y contigo mismo.

-En el mundo de hoy muchas ciudades y países piden su «edificio estrella» que les haga singulares en el mundo. Pero su óptica de la arquitectura va por otro lado.

-Creo que las cosas están cambiando. En muchos lugares se siguen buscando grandes edificios «emblemáticos», y lo respeto, porque es una forma de dar personalidad a determinados enclaves, pero hay a la vez otra corriente que aprecia más el valor de las pequeñas cosas y la arquitectura de menor escala. Yo lo veo en mi estudio de París, con un nuevo tipo de cliente y de peticiones. Pertenezco a una generación joven con otra energía y amante del debate intenso antes de acometer un proyecto. La visibilidad de los llamados ‘arquitectos estrella’ persiste, pero el nuevo cliente busca esa energía joven de las pequeñas cosas... o de proyectos grandes. A veces de un pequeño proyecto surge una idea que genera un gran edificio. Por eso a mí me gusta trabajar en diversidad de escalas y en países diferentes. La diversidad es uno de los motores de mi trabajo.

-En el País Vasco tenemos la experiencia del Guggenheim de Bilbao como edificio de referencia. El problema es que todas las ciudades parecieron querer su Guggenheim.

-Admiro mucho a Frank Gehry, es un genio, y me gusta el edificio del Guggenheim. Pero no todas las ciudades necesitan su Guggenheim. Conozco poco San Sebastián, pero estoy seguro de que no requiere un edificio-símbolo así. San Sebastián ya es famosa en el mundo sin un Guggenheim: es bella, es conocida por su cultura y por su cocina, tiene una identidad propia. Es bueno que haya edificios modernos en las ciudades, pero siempre que se integren en el carácter e historia del lugar donde se levantan. Yo también defiendo la diversidad en esto: que cada ciudad mantenga su propia identidad que la diferencia del resto. La ciudad necesita su singularidad: por un contexto histórico Bilbao puede requerir un Guggenheim en ese momento, pero un espacio con San Sebastián quizás no.

-¿Cuál de sus obras podría resumir su concepción de la arquitectura?

-La más obvia, porque es de las que más se ha hablado en los medios, es el ‘Serpentine Pavilion’ en Hyde Park, en Londres. Era una estuctura temporal, creada en 2013, pensada como un espacio al aire libre para que la gente disfrutara en el propio parque. Ese proyecto muestra nuestra forma de entender la arquitectura: un lugar abierto, que puede ser usado por los ciudadanos y que combina lo monumental con la delicadeza. Es de una complejidad simple o de una simplicidad compleja, como prefiera, y representa un lugar intermedio entre lo interior y lo exterior.

-Y simbólicamente fue un trabajo temporal, que se desarmó después de usarse.

«Para hacer un trabajo es bueno replantearse todo, ser optimista y sobre todo, honesto»

-Se desmontó en Londres pero luego ha viajado por diferentes ciudades y países. Se monta fácilmente y se ha instalado en distintos lugares. Ahora, por ejemplo, está en Tirana, la capital de Albania, frente al museo de Arte Contemporáneo. Por fortuna es una obra que sigue viva... y espero que continúe así.

-Su otra obra de referencia es la llamada casa Na, en Tokio, un edificio muy interesante para observar, aunque quizás es complicado para vivir, con tantas alturas, transparente, ausencia de divisiones interiores... ¿Se sigue sintiendo orgulloso de ese trabajo?

-¡Claro! Es un proyecto raro del que me siento orgulloso, y también porque fue un éxito a la hora de replantear cómo debe ser una vivienda. Fue pensado a la medida de un cliente específico, que se replanteaba cuáles son los usos de su vivienda. A veces quiere trabajar en el salón y a veces en el dormitorio, en ocasiones los que viven ahí se reúnen en un punto de la casa u en otro. Hay que pensar cada casa para cada necesidad, pero abriendo las mentes. Una arquitectura distinta puede mejorar nuestra vida y eso es lo que excita mi trabajo. Una casa como la que comentamos puede funcionar para una familia determinada, pero si pudiéramos hacer las viviendas a medida de las necesidades de cada cliente, sin juicios previos, podríamos mejorar situaciones.

-¿De qué modo?

-Al proyectar una casa, por ejemplo, liberándonos de los nombres de los espacios. No todo tiene que ser ‘salón’, ‘dormitorio’ o ‘cocina’. Sin nombres tenemos más opciones para colocar las cosas y, en definitiva, para redefinir las funciones del espacio y el comportamiento de las personas en él. En mi proyecto L’Arbre Blanc en Francia, por ejemplo, utilizo elementos habituales de la arquitectura, como balcones y bloques de edificios, para emplearlo con un uso atípico, de modo que algo clásico sea al mismo tiempo totalmente diferente.

-Está claro que su consejo de «no dar nada por supuesto» lo aplica en cada trabajo.

-Lo intento. Me gusta respetar la tradición de un lugar en el que realizo un proyecto pero aportarle a la vez algo contemporáneo. Disfruto con proyectos pequeños, como un cuarto de baño con paredes de cristal con vistas a un jardín, un trabajo sobre los opuestos y sobre cómo los integramos, y también con otros de grandes dimensiones, como el de Souk Mirage, que finalmente no se materializó. Era un espacio de un kilómetro con un lago dentro.

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