Descubrir a San Francisco Javier

Descubrir a San Francisco Javier
ILUSTRACIÓN IVÁN MATA

Recordando al gran santo de la Cristiandad or caminos y lugares de Malasia, Islas Molucas, Japón y China

SANTIAGO AIZARNA

Aunque señala el autor de este libro -de viajes sobre todo aunque también hagiográfico y de tantos otros géneros— Javier Mina (Pamplona, 1950), la inestimable ayuda del jesuita Georg Schurhammer (1882-1971), cuya monumental biografía hace pensar que podría haber viajado en el hombro del santo tal y como hacen los loros de los piratas, lo cierto es que me parece que por muchas y muy variadas razones -no haber muchas obras sobre la persona de San Francisco Javier, sus andanzas sobre todo, la relevancia de su figura en el mundo entero pero muy especialmente en su Navarra natal, «por tratar de interesar a la UNESCO para que declarase el itinerario de Javier patrimonio inmaterial de la Humanidad», una tentativa esta última que «hoy por hoy se ha saldado sin éxito», es decir, un resultado, «un tanto desconcertante, habida cuenta de la proyección precisamente universal que tuvo Javier prácticamente desde su muerte», etc — es este un libro que hacía mucha falta que se asomara a las baldas y escaparates de las librerías, ya que trata de una figura colosal ya no solo en el ámbito religioso en el que se hizo con fama de misionero y taumaturgo sino también en el artístico con pintores como Rubens, Guido Reni, Zurbarán, Van Dyck o Murillo pintándole; territorios, dominios y ciudades nombrándole santo protector, pero escribe Javier Mina, y escribe bien que «eso fue antes», y hay que hacerse la pregunta de ¿qué interés puede tener en el momento actual San Francisco Javier, cuando no se es Gobierno de Navarra, ni navarro de a pie comprometido por fidelidad hacia su santo patrón, tampoco hagiógrafo, jesuita, católico fervoroso y ni tan siquiera creyente?, a lo que responde que «Mucho. Por su dimensión humana», porque «Javier es un gigante. Aunque un gigante contradictorio, lo que evita que pueda ser tomado por un superhombre. Eso sin contar con que el gigantismo le viene a Javier por su desmesura, una cualidad un tanto turbia o como mínimo espinosa. Para los griegos antiguos, la desmesura o hibris era una de las mayores faltas o, dicho en nuestra terminología judeo-cristiana, un pecado terrible, que sacaba especialmente de quicio a los dioses. Para Javier era su alimento».

Se nos cuenta, a continuación, en ese mismo preámbulo del que hemos tomado nota, de quién fue Javier, en su apellido, en su estirpe, de sus estudios en París, de sus «malas compañías, entendiendo por tales la de Ignacio de Loyola y ninguna más», del portugués Pedro Fabro, de que «es la propia desmesura de Javier la que le lleva, en el ámbito humano, a mortificarse buscando reducir su dignidad hasta hacerla nada. Pero es que el propio hecho de sentirse un titán en el ámbito de lo divino le hace comprender que tiene que utilizar contra sí el látigo y el ayuno, si es que desea hacerse digno a los ojos de Dios, de imponerse metas y recorrer medio mundo». O uno entero y más, si se cuentan los trayectos que realizó en Europa -de Navarra a París, de París a Venecia, de Venecia a Roma, de Roma a Lisboa- más los viajes de ida y vuelta que llevó a que se considere la fe como un activo interesado, que «Javier posee otro rasgo desmedido y colindante con la ambición, el de viajar teniendo siempre en su cabeza hasta los detalles más nimios de cada misión que crea o rehace en el Extremo Oriente», agregando la chusca nota de que «alguien tuvo la humorada de consagrarle en 1952 patrono del turismo, como si en los 70.000 km que se calcula recorrió, tuviera alguna parte el placer», etc, etc., haciéndose asimismo la salvedad de que «si no se es forofo de su condición de soldado de Cristo o de galaxia de la fe, resulta difícil que cause simpatía espontáneamente», en lo que es «muy diferente a su tocayo de Asís, cuya humildad e implicación con todo lo vivo despierta adhesión prima facies, por mucho que no se comparta su visión teocrática del mundo. El hecho de que Javier se rebajara tanto, pero que al mismo tiempo se sintiera capaz de hacer más que nadie, suscita cierta desconfianza que puede rayar en el rechazo. Igual es porque las visiones acumuladas a lo largo de los siglos han puesto el énfasis en determinadas facetas de su personalidad que hoy pueden resultar menos amables. De no ser que las capas que le han ido echando encima para mostrarle paladín o patrón de esto y de lo otro hayan acabado por sepultar el original, como les sucede a los cuadros con los repintes y las brochadas de barniz. Lo que no es óbice para que haya que admitir que, como el de Asís, iba por el mundo viviendo periodos extáticos y confiado en el Dios proveerá del Evangelio y su metáfora de los pajarillos del campo que comen sin cultivar y visten sin tejer».

En todo caso, aun dejando a un lado o tomando solamente como excusa la más que suficiente figura de San Francisco Javier, lo que tiene gran interés en este libro es el recorrido que se hace y que se cuenta en sus nueve partes o capítulos: 'Preámbulo', 'Javier antes de oriente (1506-1542)', 'Nosotros y Javier', 'Interludio japonés (1549-1552)', 'Singapur y nosotros', 'A Kuala Lumpur', 'En China', 'Despedida y cierre en Hong Kong' y 'Epílogo'.

Como en todas las obras publicadas por Javier Mina, hay que señalar y destacar el gran acopio de notas que nos regala, procedentes tanto de su observación y opinión personal como de la amplia bibliografía consultada que figura al final del libro.

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