El descaro crítico del arte chino

'Añadir un metro a una montaña'. perfomance de un colectivo artístico en 1995. / FERNANDO GÓMEZ
'Añadir un metro a una montaña'. perfomance de un colectivo artístico en 1995. / FERNANDO GÓMEZ

El Guggenheim de Bilbao presenta las obras de 60 artistas del país oriental |

IÑAKI ESTEBAN BILBAO.

Con la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, muchos dieron por desaparecidos los últimos restos del comunismo con capacidad de influencia. Se les olvidó mirar hacia Oriente. Si lo hubieran hecho se habrían encontrado con lo más obvio, con un país de más de mil millones de habitantes que estaba consolidando su despegue industrial con presión de su partido comunista. El mismo que meses antes había sofocado las protestas de la plaza de Tiananmen con un resultado de entre 400 y 800 muertos según la CIA.

Como si tuvieran un radar que detecta lo que será relevante desde la lejanía, los artistas chinos ya se habían preparado para la dinámica entre innovación y represión que llega hasta la actualidad. Aprovecharon los huecos que dejaba libres el régimen, hasta que iba a por ellos como bien sabe Ai Weiwei, y testimoniaron con pulso crítico cómo su país se convertía en un matadero para los trabajadores, en el imperio de las baratijas para el resto del mundo y en un infierno ecológico al pasar de las bicis a los coches y las autopistas siderales.

Todo ese cambio radical, hasta la proyección propagandística del dragón asiático como un país homologable al mundo 'civilizado' través de las Olimpiadas, está en la nueva exposición del Guggenheim Bilbao, 'Arte y China. El teatro del mundo', que se presentó ayer. Cuenta con 120 obras de unos 60 artistas y colectivos, algunos muy conocidos como el propio Ai Weiwei o Cai Guo-Qiang, que tuvo una exposición individual en el centro bilbaíno en 2009, y otros con nombres difíciles de retener pero que revelan la vitalidad del panorama artístico chino.

El director general del museo, Juan Ignacio Vidarte, resaltó «tanto papel de observadores críticos como de agentes activos» de la transformación del país asiático. Ideada y dirigida por la comisaria del Guggenheim de Nueva York Alexandra Munroe, la muestra ha contado con colaboración de los expertos Philip Tinari y Hou Hanrou, y es la primera que aborda con amplitud este periodo del arte chino, marcado por el alejamiento del academicismo de las clases cultas del país y por la adopción del lenguaje conceptual, el de la instalación, la performance y el vídeo.

Globalización

Es curioso comprobar cómo este idioma conceptual, heredero de un Duchamp muy presente en la muestra, es el más utilizado en el mundo del arte globalizado. Por sus posibilidades críticas y también porque es lo que pide un sector importante del mercado en sus eventos internacionales.

Uno de las secciones de la muestra se fija en la internacionalización del arte chino visto con el humor -también utilizado en otros tramos- del artista Yan Lei. Con su colega Hong Hao, envió cien cartas de invitación a la Documenta de Kassel, el acontecimiento que dicta la tendencia cada cinco años, a la misma cantidad de artistas chinos. Escrita en alemán y firmada por un supuesto comisario, eran falsas pero hubo decenas que picaron en la broma.

De la famosa vasija china de Ai Weiwei con el logo de Coca-Cola se pasa a dos monumentales instalaciones de Chen Zhen. La primera, un dragón colgado del techo realizado con cámaras de las ruedas de bicicletas, cuyos cuadros amalgamados funciona como la cabeza. Al lado, unas lavadoras y otros electrodomésticos colgados de una gran mata de hierba. Es el paso de la China de otros tiempos, la que iba a pedades, a la actual.

La exposición arranca con la obra que le da título, 'Teatro del mundo', compuesta por en cuerpo central en que conviven cucarachas, lagartos y tarántulas vivas encerradas en una arquitectura carcelaria. Es una metáfora de las oleadas migratorias y de las distintas razas que las integran, así como de las amenazas que las oprimen.

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