La Donostia que perdimos

La Donostia que perdimos

Una exposición recuerda los edificios desaparecidos en San Sebastián en las últimas siete décadas

BORJA OLAIZOLA SAN SEBASTIÁN

Se llama ‘La ciudad que perdimos’ y recopila imágenes y planos de 190 edificios de San Sebastián que han sido borrados del mapa en las últimas siete décadas. Son hospitales, frontones, mercados, villas, teatros, fábricas, caseríos, talleres, casas de vecinos y hoteles que formaron parte del paisaje donostiarra y que desaparecieron para ser sustituidos en muchos casos por inmuebles más funcionales pero también mucho más impersonales. La exposición, que forma parte de la Bienal de Arquitectura Mugak, ha sido comisariada por la asociación Áncora de protección del patrimonio, que quiere reivindicar el legado arquitectónico de las generaciones anteriores y denunciar el peligro que aún se cierne sobre muchos edificios de San Sebastián.

El Convento de Santa Teresa, en la Parte Vieja, ha acogido este miércoles un doble estreno. Por un lado inicia su etapa como sede de actividades relacionadas con la arquitectura, cometido que desempeñará en los próximos años en aplicación del convenio recientemente suscrito entre la Diputación y el Gobierno Vasco para que se convierta en el Instituto Vasco de Arquitectura Contemporánea. El antiguo monasterio de la falda de Urgull, por otro lado, alberga la inauguración de la exposición ‘La ciudad que perdimos. Gestión de patrimonio urbano en San Sebastián, 1950-2017’, que reúne todos los ingredientes para ser un éxito.

En 1973 se derribaron en pocos meses el Kursaal, el Chofre y el Hotel Continental

La elección de 1950 como referencia cronológica obedece a que fue el año en que la voracidad urbanística de lo que más tarde se conocería como el desarrollismo comenzó a extender sus tentáculos. Alberto Fernández D’Arlas, que ha coordinado desde Áncora la exposición, recuerda que fue en aquel año cuando se redactó el primer Plan General de San Sebastián. «El documento no llegó a tener vigencia, pero era indicio de la presión y la complejidad crecientes en materia urbanística». El pistoletazo de salida, añade, fue el derribo de la Alhóndiga de la Plaza de Sarriegui, edificio considerado «una de las obras más singulares del neoclasicismo español».

La piqueta no tardó en hacer su aparición en el frente marítimo de La Concha, puro almíbar para cualquier promotor. La Ley del Suelo de 1956 propició una «espiral de destrucción» que se cobró sus primeras víctimas a finales de aquella década entre algunas de las villas que estaban en primera línea de la bahía. La edificación de una torre de doce plantas -el hotel Orly- en el solar de la antigua alhóndiga municipal hizo que saltasen las primeras alarmas en forma de un manifiesto suscrito por 37 arquitectos, entre ellos Oriol Bohigas o Sáenz de Oiza.

La ciudad que perdimos

Lugar
Convento de Santa Teresa.
Fechas
Hasta el 28 de enero.
Días de visita
Viernes tarde, sábados mañana y tarde, y domingos mañana.

Las autoridades ignoraron las advertencias y sancionaron en 1962 un nuevo plan urbanístico que marcó el inicio de la etapa más oscura para el patrimonio donostiarra. «Al amparo de la norma -explica el portavoz de Áncora- se perpetraron los peores desmanes, produciéndose una densificación y un crecimiento incontrolado de la mancha urbana, con serias afecciones culturales y medioambientales».

En los 70 es quizás cuando la acción de la piqueta se volvió más visible. El derribo en 1973 del Kursaal, el Hotel Continental y la Plaza de Toros del Chofre en un plazo de unos pocos meses encendió todas las luces rojas. El rotundo alegato del Colegio de Arquitectos denunciando en 1976 la pasividad institucional ante las presiones especulativas fue el detonante para la primera iniciativa de protección del patrimonio, el Plan Especial del Área ‘R’, que incluía bajo su paraguas a un total de 36 edificios. La llegada de la democracia amplió el catálogo de edificios protegidos, sobre todo a partir de la Ley de Patrimonio Cultural del País Vasco de 1990 y el Plan General de Ordenación Urbana de 1995, que incluyó un nuevo catálogo de patrimonio.

La contraposición entre los edificios derruidos y los que se alzan en su lugar resulta reveladora

La exposición resume en imágenes el itinerario del que se hace eco el representante de Áncora. Los 190 edificios que se recopilan están agrupados por barrios. Son fotografías entresacadas de archivos -la Fototeca de Kutxa, el Archivo Municipal, el de la Diputación y el de El Diario Vasco- que se alternan en algunos casos con planos originales de los edificios. En ocasiones se contraponen las imágenes del inmueble derruido y el que se alzó en su lugar en un juego que en líneas generales arroja un balance desolador para las nuevas estructuras. Las fotos están acompañadas de textos que contienen abundante información sobre las fechas y las circunstancias de las demoliciones.

Lista cronológica

Completan la muestra un listado de los derribos por años, así como un apartado en el que se exhiben las destrucciones más recientes, caso de algunas villas de Ondarreta, Gros y Ategorrieta. También hay un panel con testimonios de los movimientos ciudadanos de protesta que se han sucedido a lo largo de las últimas décadas. El capítulo que mayor impacto causa, no obstante, es el dedicado al patrimonio que sigue en peligro, donde se pueden ver edificaciones sobre las que aún pesa la amenaza de la piqueta, la mayoría de ellas villas que a sus valores arquitectónicos suman un notable patrimonio paisajístico por sus jardines. «Nos gustaría que se dictase una moratoria de los derribos mientras se revisa el Plan de Protección antes de que sea demasiado tarde», reflexionan desde Áncora.

La exposición permanecerá abierta hasta el 28 de enero aunque la fecha podría ampliarse en función del número de visitantes. Coincide tanto en tiempo como en espacio con otra muestra de Mugak que exhibe el resultado de un taller organizado por Atari en la semana inaugural de la Bienal. Tanto Pedro Astigarraga, comisario de la Bienal, como María José Tellería, directora de Cultura de la Diputación, animaron a los guipuzcoanos a visitarlas.

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