«La naturaleza nunca decepciona»

'Cien días de soledad', que se estrena el viernes en cines, se podrá ver el martes en Donostia en el marco de las Jornadas de Naturaleza de Gipuzkoa José Díaz plasma en un documental su vivencia como ermitaño en la montaña asturiana

José prepara leña para la chimenea mientras la niebla empieza a borrar los perfiles de la montaña. /JOSÉ DÍAZ
José prepara leña para la chimenea mientras la niebla empieza a borrar los perfiles de la montaña. / JOSÉ DÍAZ
BORJA OLAIZOLA

José Díaz vivió como un auténtico ermitaño entre el 12 de septiembre y el 19 de diciembre de 2015. En los casi cien días que mediaron entre esas dos fechas, este asturiano de 52 años permaneció en absoluta soledad en una cabaña ubicada en lo más remoto de la montaña astur alimentándose de lo que cultivaba en un huerto. Desprovisto de móvil y de cualquier otro dispositivo para comunicarse o recibir información, Díaz se dedicó durante la mayor parte del tiempo a grabar las imágenes con las que luego montaría '100 días de soledad', el documental en el que ha plasmado su experiencia. La película, que se estrenará el viernes en los cines, se podrá ver el martes en el Príncipe de San Sebastián en el marco de las Jornadas de Naturaleza de Gipuzkoa que organiza el departamento de Medio Ambiente de la Diputación.

Díaz, que tiene mujer y tres hijos, está lejos de ser el tipo huraño y hosco que uno se imagina cuando empieza a reconstruir su aventura allá en lo más alto de los montes asturianos. La conversación con él fluye sin cortapisas y se le adivina una sorna que humaniza su figura. Cuando el periodista tiene un traspiés y le pregunta si volvería a estar cien 'años' en soledad en vez de cien días, sonríe y comenta que «ojalá la experiencia hubiese durado unos años y no unos días». Porque a Díaz lo que de verdad le apasiona es vivir en contacto directo con la naturaleza. Desde hace años pasa la mayor parte de su tiempo libre en la cabaña que le sirvió de refugio durante su experiencia como ermitaño. «Es una cabaña que está a dos horas a pie desde la aldea de Caleao, en lo más profundo del parque natural de Redes. Está rodeada de bosques en un valle que no conduce a ningún sitio y por el que nunca pasa nadie».

La cabaña carece de electricidad y de cualquier accesorio superfluo más allá de una chimenea para calentarse y cocinar. «La naturaleza es muy importante para mí y por eso la compré hace ya unos quince años. Desde entonces he procurado que mi afición no interfiera en mis obligaciones familiares: me organizo la semana para trabajar de lunes a jueves y subo los jueves por la noche. Paso el viernes entero allí arriba y cuando llega el sábado me incorporo a la vida familiar con mis hijos y mi mujer. Cuando los niños eran pequeños pasábamos allí las vacaciones de Navidades y Semana Santa, pero ahora no es tan fácil. Calculo que suelo estar en la cabaña entre 80 y 100 días al cabo del año».

Con esos antecedentes se entiende que la perspectiva de vivir en la más absoluta soledad durante tres meses y medio no le amedrentase. «Tenía ganas de ver qué sensaciones producía estar mucho tiempo separado de la vida normal y del barullo», responde cuando se le pregunta por las motivaciones de su aventura. «Había leído libros como 'Walden' de Thoreau o 'La vida simple' de Tesson, que contaban experiencias parecidas, así que cuando me brindaron la oportunidad de hacerlo acepté sin titubear».

Una de las condiciones que se impuso fue ser autosuficiente. Para ello acondicionó un huerto en un terreno cercano a la cabaña con tres meses de antelación. «Subí un saco de legumbres porque un amigo me aconsejó que tomase proteínas, pero el 95% de lo que comí era de la huerta». La cálida climatología de aquel otoño contribuyó a que la cosecha se prolongase hasta la llegada de las primeras nevadas. «Hizo un otoño 'suavín', de forma que la huerta rindió hasta finales de noviembre y tuve alimento hasta prácticamente los últimos días». Completó su dieta con los huevos que le proporcionaron unas gallinas, que junto a su caballo fueron sus únicos compañeros durante aquellos cien días.

En contra de lo que se podría pensar, los días se le fueron volando. «Estuve meses seleccionando los veinte libros que llevé para leer durante aquellos días, pero a la hora de la verdad apenas me dio tiempo a abrir uno de ellos». La mayor parte de las jornadas las ocupaba en la grabación de las imágenes para el documental. «Pasaba unas seis horas caminando en busca de los escenarios más interesantes, otras dos horas grabando y otras dos visualizando lo que había grabado para seleccionar el material y descartar lo que no valía. El trabajo de la huerta, la preparación de leña y comida, y el cuidado del caballo llevaban también su tiempo, así que apenas me quedaban entre siete y ocho horas para dormir». Con una agenda tan apretada no tuvo tiempo para aburrirse ni para indagar en las secuelas del aislamiento. «Aguanté muy bien porque el trabajo me ocupaba todo el día y apenas tuve tiempo para otra cosa que grabar, grabar y grabar».

El olor de las cartas

Díaz mantuvo el contacto con su familia a través de cartas. «Una vez a la semana bajaba a un punto intermedio entre la cabaña y la aldea para dejar los discos duros que tenía llenos y sustituirlos por otros vacíos que me solía dejar allí mi hijo. Aprovechaba también para bajar las cartas que les escribía a mi mujer y mis hijos y recoger las que me mandaban ellos. Sin llegar a vernos nunca, que eso lo habíamos pactado, recibía una vez a la semana cartas de mi casa. Habíamos quedado en que no nos íbamos a contar nada que no tuviese que ver con temas personales, nada del exterior, y así fue, sólo hablábamos de cómo estábamos y de lo que sentíamos. Fue una experiencia muy chula».

La vida en la naturaleza, continúa Díaz, agudiza los sentidos de tal forma que era capaz de detectar el olor de su mujer en el papel de las cartas que recibía. «Comunicarse por carta no solo es distinto porque piensas mucho más lo que dices, también el hecho de que no tengas contestación hasta una semana después lo hace muy especial. Cuando recogía los sobres en ese punto de intercambio me palpitaba el corazón, leer las cartas era una fiesta que demoraba hasta el fin del día porque percibía hasta el olor de mi mujer».

La experiencia, recapitula, le ha reafirmado en sus convicciones: «Cosas elementales como que la vida no es lo que tienes, sino lo que eres, que las personas son mucho más importantes que cualquier cosa material y que podemos vivir con muchísimo menos de lo que tenemos. Y sobre todo -concluye- que la naturaleza proporciona armonía y que nunca decepciona».

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