Y todo el mundo volvió a llorar a Whitney

Cannes, unas cuantas películas buenas y otras tantas malas

Y todo el mundo volvió a llorar a Whitney
BEGOÑA DEL TESOCANNES

Hay un momento en el fastuoso y trágico documental de Kevin MacDonald, autor de El último rey de Escocia, sobre la emperatriz del pop Whitney Houston que el espectador siente necesidad de cerrar los ojos para no seguir viendo su caída final hacia el último círculo del Infierno. Sucede cuando, físicamente desarbolada, la escuchamos (des)entonar en un fatídico concierto en Dinamarca su galáctico éxito 'I´ll always love you'. MacDonald presentó en la sección de la Medianoche (´trasnoche' la llaman los corresponsales iberoamericanos) dos horas de una intensidad aplastante cuajadas de declaraciones de toda la gente que rodeó pero no salvó a la estrella de El guardaespaldas. Kevin sabe que tiene unas cartas impresionantes en sus manos y las juega con arte, elegancia y valentía. En algunos momentos esa tragedia reconstruida recordaba, quizás sin llegar a igualarla, aquella dolorosísima Amy de Asif Kapadia.

Fueron esas dos horas 120 minutos (casi) perfectos en Cannes. Precedidos por otros 105 rugientes, los rabiosos de Dogman, lo último de Garrone, al que conocimos por su Camorra hace ya un tiempo. Es película sucia, hosca, canina, sanguinolenta, llena de polvo blanco y ladridos. Titubea y a veces cae pero resulta vibrante, macilenta y una obra brutalmente periférica y enraizada en una Italia erizada y electrizante.

El público de la sala Debussy se puso en pie como un solo hombre como una sola mujer, para agradecer a la directora marroquí Meryann Benm´Barek y a su equipo Sofia, retrato de textura agria, narración bien sostenida y maneras de filmación excelentes de una sociedad (la suya, la de su país) que aún tiene unas cuantas cadenas que romper. Con el pasado y con puñados de tradiciones impuras y tabúes rancios. Ella y los suyos (las 'suyas', porque hay muchas mujeres en esta cinta que no se parece pero nos hace acordarnos de aquella escandalosamente valiente Much Loved) forman parte de la esperanza de y para un Marruecos nuevo.

Lo malo

No todo es bueno en Cannes porque si así fuese no seríamos totalmente felices. Nada más suculento que afilar los colmillos contra algún filmejo. Por ejemplo, ese argentino de apasionante título, El motoarrebatador, presentado en la Quincena de Realizadores por Agustín Toscano. Otros críticos han escupido mil improperios sobre su piel de celuloide. Basta con decir que vitalmente apestoso, además está mal filmado , poco o nada mejor contado y fatalmente iluminado (´Libération' escribía epítetos aún más gruesos...).

Tampoco podemos salvar casi nada de Euforia, firmada por Valeria Golino a la que como actriz amamos antes incluso de verla en Rain Man. ¿Por qué no salvarla? Porque tiene unas decenas de planos literalmente infames.

Empiezan a pedir por aquí el Premio a la Mejor Interpretación Masculina para Vincent Lindon, personaje principalísimo de En guerre, ya en los cines de Bayona , Biarritz y San Juan de Luz. Es filme de lucha obrera, cámara irreductible, diseño, toma y montaje de sonido implacables y banda sonora impresionante.

Gracias sean dadas a que nadie quiera premiar el Todos lo saben de Fahardi-Bardem-Cruz, bobada manchega dirigida por cineasta iraní en la que se escucha el inolvidable 'Te estoy amando locamente' de Las Grecas y en la que vemos a Ramón Barea sosteniendo un papel de patriarca trágico.

Así va acabando Cannes 2018. Los ferroviarios han vuelto a la huelga y Lars von Trier, al lío. Acaba de decir que nunca se ha planteado matar a nadie pero que puestos a, asesinaría a un periodista. No me parece mal. Sobre todo después de ver una maja película de terror argentina: Muere, monstruo, muere.

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