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Cuando comienzas a ver ‘Comanchería’ sientes en el espinazo que acabas de entrar en el terreno de la que probablemente sea la mejor película de nuestra cartelera con permiso de pequeñas maravillas como ‘Frantz’, de buenos ejercicios fílmicos como ‘Mine’, de divinas macarradas rockeras como ‘¡Canta!’, de propuestas insuperables como ‘La llegada’ y de excelsas miniaturas como ‘Paterson’.

Lo sientes en el espinazo. En la médula. En el tuétano. Es una sensación casi dolorosa. Te estremeces. Has visto muchos westerns crepusculares. Has contemplado el derrumbamiento del sueño americano una y mil veces. Piensas en ‘Nebraska’, el filme de Alexander Payne interpretado por Bruce Dern. Piensas en ese Detroit herrumbroso que nunca has pisado pero que decenas de pedazos de celuloide roído por la malaventura te hicieron amar. Recuerdas algún Lynch. No el Lynch de ‘Mulholland Drive’ sino más bien el de ‘Una historia verdadera’. Por tu retina pasan las sombras lejanas de ‘Badlands’ de Malick. Hasta del ‘Gigante’ de Stevens, Dean, Taylor y Hudson…

De buenas a primeras te gustó el título. Desde hace decenas de películas no te había gustado más la adaptación al castellano que el original. Al fin y al cabo, ‘Hell or High Water’ solo significa ‘Contra viento y manera’ mientras que ‘Comanchería’ te estampa contra las ruinas físicas y psíquicas de un imperio, el de aquellos pieles rojas crueles y altivos que fueron llamados (¡Cuántas veces vas a oírlo en la película!) Lords of the plains. Sí, Señores de las praderas. Aquellos cuyos nietos regentan hoy en sus reservas casinos para los blancos.

Sabes, sientes en todas las ramificaciones de tu sistema nervioso y en tu córtex cerebral que estás ante un puñado de fotogramas y diálogos que dentro de nada serán leyenda. Tampoco te extraña demasiado, su director David Mackenzie firmó hace tiempo otra obra áspera, de alma roñosa, ‘Young Adam’. El guionista, Taylor Sheridan, escribió también el ‘Sicario’ de Villeneuve y como actor forma parte de la cofradía de criaturas de ‘Hijos de la Anarquía’. ¿Cómo habría de extrañarte que ‘Comanchería’ se te esté metiendo muy adentro si sabes que la banda sonora la crearon Nick Cave y Warren Ellis? Pero no estuvieron solos en las praderas. Porque también escuchas los temas agraces, melancólicos de Ray Willie Hubbard o Townes Van Zandt e incluso intuyes ese ‘You just can´t beat Jesús Christ’ de Billy Joe Saver…

Poco a poco así que avanza la película (¿por qué te acuerdas ahora de Jeff Nichols y su ‘Take Shelter’?), el amargor crece en tu boca y empaña tus ojos. La desolación se instala en la pantalla. Recuerdas que en otros tiempos era un placer ver películas de carretera, esas ‘road movie’ que atravesaban las llanuras estadounidenses creando espejismos de cambios de rasante, los pozos petrolíferos bombeando oro negro y las luces de neón anunciando moteles sin fin.

Pero aquellos tiempos y aquellas películas se fueron para no volver. Ahora en la América Profunda, la primera que nsotros conocimos, todo es desolación. Todas las casas se venden, todos los talleres se liquidan, todos los pueblos son fantasmas y todos los moteles, mugrientos.

Avanza firme, carismática, impecable, implacable ‘Comanchería’. En cada línea de guión, una reflexión ardiente; en cada uno de los personajes, un mundo; en cada lugar escogido para plantar la cámara, un asunto de elegancia moral. Y tú, estremecida por un placer doliente te das cuenta de que ni los caballeros demócratas ni las ambiciosas damas que soñaron con volver a la Casa Blanca pero directamente al Despacho Oval ni ninguno de los personajes de las películas más neoyorquinas de Woody Allen, ni Annie Hall, ni Hannah ni sus hermanas ni… saben nada ni nunca quisieron saberlo sobre la América de ‘Comanchería’.

Y eso les ha costado caro. Muy caro. Desde su Metropolitan o desde su asiento de primera fila para ver a Los Angeles Lakers (los californianos tampoco sintieron nunca al coyote aullar) jamás oyeron la desesperanza que tiñe la mirada de los clientes de ese bar en el que comen los hermanos Howard antes de seguir atracando sucursales del Texas Midlands Bank. Una desesperanza que les vuelve solidarios con quienes se han colocado en el lado salvaje de la vida. Uno de los parroquianos (que seguramente meses después votó a Trump, lo valiente no quita lo estúpido) le espeta al ranger (que tampoco es un hideputa y mantiene con su asistente mestizo de comanche-blanco- mexicano conversaciones de intenso octanaje existencial) ‘Solo sé que ustedes quieren detener a los que roban el banco que lleva 30 años robándome a mí…’

No, ni los bellos Obama ni la ambiciosa Clinton ni Woody ni los demás supieron, saben o sabrán nada de esas gentes y esas planicies. Donald tampoco pero les hizo creer lo contrario. A esas gentes que viven en el Oeste. Un Oeste que ya no es lejano ni salvaje sino amargo, agrio y en venta y derrota.

Y de todo eso, de la desesperación y la mugre, de las armas que todos llevan en el pantalón, de las casas con porche, de las auto caravanas varadas y de la cerveza junto a la mecedora habla esta película que es puro western del siglo XXI y puro cine más allá del Oeste.

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