Diario Vasco

Rosas y lágrimas para Sigourney Weaver en San Sebastián

La actriz Sigourney Weaver, en San Sebastián.
La actriz Sigourney Weaver, en San Sebastián. / Juan Herrero (Efe)
  • La actriz recoge esta noche el premio Donostia que el Zinemaldia le ha concedido por su carrera cinematográfica

Sigourney Weaver no ha dejado de emocionar a la capital guipuzcoana tanto dentro como fuera de las salas desde que llegó ayer a San Sebastián. La película que presenta en esta edición del Zinemaldia, 'Un monstruo viene a verme', ha conmovido a aquellas personas que han acudido a verla, y es responsable de las lágrimas que con las que muchos espectadores salían de los cines. Del mismo modo, dedicó parte de la jornada de ayer a saludar al público y a dedicar su rúbrica a unos fans que, también embargados por la emoción, le pedían un autógrafo.

Este miércoles, la intérprete tenía apuntado en su agenda una cita con las cámaras y una rueda de prensa posterior. Y así ha sido. La actriz ha posado para los fotografos en las inmediaciones del Aquarium, en un acto en el que ha estado acompañada por el equipo de la película que se ha desplazado a Donostia y en el que ha sido obsequiada con un elegante ramo de rosas.

"Enamorada de esta ciudad"

La norteamericana asegura que tiene guardadas como un tesoro sus fotos de su primera visita a San Sebastián y, por tanto, al Festival de Cine en 1979. Afirma en las entrevistas que concede estos días con motivo de la promoción de 'Un monstruo viene a verme' que el Premio Donostia que recibe hoy miércoles es «muy especial» porque está «enamorada de esta ciudad». Una cosa es segura, cuando se anunció su nombre como destinataria del galardón, recibió una de las mejores acogidas de los últimos años.

Era prácticamente una desconocida que se había estrenado en el cine de la mano de Woody Allen en un pequeño papel de 'Annie Hall' y en la televisión en la serie 'Somerset', cuando Ridley Scott se la imaginó como la integrante de la tripulación Nostromo que consigue escapar de un repulsivo extraterrestre. Su personaje de la teniente Ellen Ripley en 'Alien: el octavo pasajero', pudo haber condicionado su carrera para siempre. No lo hizo, aunque sí marcó su futuro, porque ella principalmente quería ser actriz en Broadway. La película se presentó en el Zinemaldia de ese año y la actriz vino acompañada de sus padres, un ex presidente de la cadena de televisión NBC, a quien atribuyen ser el inventor de los 'talk show', y una actriz británica.

Neoyorkina de pura cepa, nació hace 67 años con el nombre de Susan Alexandra Waver. Su afán por probar cosas nuevas que le viene de pequeña, le llevó con 11 años a buscarse un nombre nuevo. Lo halló en uno de sus libros favoritos, 'El Gran Gatsby', de F. Scott Fitzgerald, Sigourney Fay.

Autosuficiente y dura

'Alien' convirtió a Sigourney Weaver en una heroína de acción, cuando entonces apenas se veían en la pantalla. Incluso se la comparó con una especie de Katherine Hepburn moderna porque encarnó una serie de mujeres autosuficientes, duras e inteligentes, quizás también debido a su 1,82 de altura. Ahí están la diplomática de 'El año que vivimos peligrosamente', la violonchelista que acaba abducida en 'Cazafantasmas', la ejecutiva implacable de 'Armas de mujer' o la zoóloga Dian Fossey de 'Gorilas en la niebla'.

La lista de los directores que querían trabajar con ella en los años 80 y 90 era interminable. Además de Scott estaban otros como Peter Weir o James Cameron. Pero al mismo tiempo la fama le atosigó de tal forma que optó durante una temporada por refugiarse en el teatro, su pasión y su vocación inicial antes de huir del espécimen intergaláctico. Algo que tampoco consiguió porque en años posteriores ha participado en todas las películas de la saga: 'Aliens', 'Alien 3' y 'Alien: resurrección', donde también participó como productora. Hace poco anunció que estará presente en 'Alien 5'.

Un tanto desencantada con el cine de las grandes producciones, «porque cada vez están más preocupados por los beneficios económicos que por los artísticos», Sigourney Weaver opta ahora por trabajos más pequeños o en películas alternativas. En la segunda mitad de los año 90 tomó parte en proyectos que se salían de la línea comercial como 'La muerte y la doncella', con Roman Polanski, o 'La tormenta de hielo', de Ang Lee.

Pero, aunque donde más se ha prodigado ha sido en papeles dramáticos o de heroína, también ha sabido explotar su vis cómica. Cuenta que tuvo que presentarse a una audición para que le contrataran en 'Los Cazafantasmas' porque «no creían que tenía una faceta humorística». 'Héroes fuera de órbita' o 'Las seductoras', son buena prueba de que los productores no tenían razón.

La postura un tanto outsider ya la mantenía en 1999 cuando visitó por segunda vez el Festival de Cine de San Sebastián para presentar dentro de la Sección Oficial 'Mi mapa del mundo', la ópera prima de Scott Elliot. Entonces comentó que «no hay muchos buenos papeles para actores y actrices de mi edad en Hollywood -tenía 50 años-, por eso la mayoría recurrimos a las producciones independientes».

Filme especial

También considera un filme especial el que ha presentado hoy en el Zinemaldia coincidiendo con 'su' Premio Donostia, 'Un monstruo viene a verme', de Juan Antonio Bayona. No es la primer vez que se pone a las órdenes de un director español. Lo hizo en 2012 con Rodrigo Cortés, en 'Luces Rojas', pero sí es la primera que hace de abuela.

Ya había visto 'El Orfanato' y 'Lo imposible', así que no dudó en aceptar el reto de convertirse en la abuela de Connor, un niño que debe enfrentarse a la muerte de su madre debido al cáncer, y que se refugia por las noches en un mundo imaginario donde un monstruo llega todas las noches a su habitación.

Además de estas dos películas, en España ha rodado en varias ocasiones, como 'El punto de ira', en la que se atentaba contra el presidente de EE UU en Salamanca, o 'La fría luz del día', donde se liaba a tiros en el centro de Madrid. «Trabajar en España es especial. Ojalá fuera así en todos los lugares donde tengo que rodar», comentaba tras el pase de la película de Bayona en Toronto, donde el público canadiense, al igual que el donostiarra, salía de la sala con los ojos llenos de lágrimas.