Ciento cincuenta años del visionario Winsor McCay

Nemo, la cama y su madre.

Creador de 'Little Nemo in Slumberland', el norteamericano sigue siendo el soñador del cómic

ÓSCAR GOÑI SAN SEBASTIÁN.

Todo el mundo sueña, incluso aquellas personas que no recuerdan hacerlo hecho. Las causas, las formas en que se construyen dichos episodios o la necesidad de los mismos siguen siendo, en buena medida, un misterio.

Pero allí donde la Ciencia no ha llegado todavía es donde se establece gustosa la fantasía y, para ésta, lo onírico es el escenario más preciado.

El martes 26 se cumplirán ciento cincuenta años del nacimiento de uno de los mayores genios de la Historia del Cómic. Hoy, cuando el arte de las viñetas se halla inmerso en un continuo debate sobre su futuro, conviene recordar a un niño que soñaba y soñaba y...

Winsor McCay nace oficialmente en Michigan, Estados Unidos, el 26 de septiembre de 1867, aunque esta ubicación está puesta en entredicho por su biógrafo, que sitúa el acontecimiento en Woodstock, Canadá. Siendo esta segunda teoría más creíble, en cualquier caso pasó su juventud en Michigan. Desde niño fue un apasionado de la ilustración y, ya en 1897, colabora en periódicos como reportero y dibujante. Así, en 1904 triunfa con 'Little Sammy Sneeze', las desventuras de un niño que con sus estornudos provoca todo tipo de atrocidades. Pero un año después, el 15 de octubre de 1905, en el 'New York Herald', debuta con 'Little Nemo in Slumberland' (El pequeño Nemo en la tierra de los sueños). La aventura durará hasta 2011. En realidad, durará por siempre.

No es la primera vez, ni será la última, que es preciso recordar la íntima y fundamental relación que existió entre el cómic y la prensa. Allí nació un niño. En el mundo consciente (quizás no tan real), viste en pijama; habita en la cama o a punto de entrar en ella. Y vaya si duerme, aunque cada aventura concluya con una buena caída o un despertar sobresaltado. Y cuántas veces se oye la voz de su madre, preguntando si está bien o recordándole que se hace tarde. Claro, ella no sabe lo que ha ocurrido en el otro mundo, en el mundo de Nemo.

Soñar no es tan fácil

Porque Nemo sueña a lo grande. ¿Lo hace o viaja a otra dimensión? ¿Hay alguna diferencia? Slumberland es su destino y lo que allí sucede es más que increíble. Probablemente, Winsor McCay sea, ciento cincuenta años después de su nacimiento, la imaginación más desbordante conocida. En cada sueño, personajes, a veces a cientos, objetos, ciudades, crecen de la nada como bombas atómicas de talento y aúnan el humor (siempre el humor como hilo de plata) con vestuarios locos y situaciones delirantes. Primera regla: nada es lo que parece. Segunda: nada se comporta como lo hace en el mundo real. Tercera: todo se comporta como debe en el mundo de los sueños. Por lo tanto, uno y otro son parejos en 'realidad'. Y cada noche, cuando Nemo cierra sus ojos, su sueño continúa donde lo dejó la víspera. Si este mandamiento de McCay se diera aquí y ahora... ¿Cuántas personas se acogerían a él? Difícil disyuntiva.

El autor tenía, además, algo especial; su maestría para el dibujo era absoluta. La combinación de personajes diseñados en modo cartoon con ambientaciones realistas resultaba excelente, a cada semana mejor (experimentó con los dibujos animados en multitud de ocasiones. En internet está disponible un fantástico corto que realizó mezclando imagen real con animación protagonizado por Nemo, entre otros). Hoy, episodios como la cama dotada de vida (reproducida a la izquierda), figura en todos los estudios que se precien de teoría del cómic. McCay fue el primer autor que comprendió en todo su significado la relación entre el lápiz y la página, no circunscrita a su esencia de soporte papel, sino como parte protagonista contenedora de viñetas, y jugó con dicho equipo de forma brutal. De nuevo, cabe recordar que corre el año 1905.

En efecto, la experimentación formal fue constante; la construcción de la página jugando con el vértigo en que solía desarrollarse cada sueño, angulaciones inéditas de difícil ejecución, composición a menudo arriesgada pero asequible para el lector...

Y no solo eso. Desde 1904 trabajó para el competidor del Herald. En efecto, 'Dreams of a Rarebit Fiend' ('Pesadillas de cenas indigestas' en su traducción publicada) se dirige, desde las páginas de The New York Evening Telegram a un lector adulto, con un planteamiento más que similar, salvo que quien duerme no es un niño, sino víctimas de una cena demasiado copiosa. Menos conocida por el público, es otra maravilla concebida en paralelo a Nemo.

A partir de 1911, McCay se centra en el cine. Vuelve a la animación, y alcanza la excelencia con una película (1918) centrada en la tragedia del 'Lusitania', trasatlántico hundido en 1915 en la I Guerra Mundial. Realizará en solitario 20.000 dibujos. Al fin, en 1924 regresa a la prensa, sin alcanzar el éxito pretérito. El paso del tiempo, después de todo, resulta implacable. Para mal y para bien, porque ciento cincuenta años después del nacimiento de su padre, 'Little Nemo in Slumberland' es, ya para siempre, una de las obras maestras del cómic.

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