Un centro pionero en la creación y el pensamiento

A. MOYANO SAN SEBASTIÁN.

Natxo Rodríguez, al igual que otros miembros del equipo investigador, pasó por Arteleku en varias etapas de su vida. «Cuando terminé la carrera de Bellas Artes, para mí era una manera natural de continuar porque no se hablaba de posgrados en aquella época, pero era un centro enfocado a una gente con un recorrido artístico». El responsable de Acción Cultural de la UPV/EHU recuerda «la gente que nos juntábamos en un espacio de trabajo muy abierto, con un documentación y una biblioteca con un material muy importante. Fue muy importante para mí a nivel formativo, como persona, como artista y, posteriormente, como docente». Desde su punto de vista, «fue un proyecto pionero, con muy pocas referencias, en un momento en el que no existían internet, ni los teléfonos móviles. Y ahora que se habla tanto de fábricas de creación, fue una apuesta arriesgada en un edificio industrial en las afueras de Donostia, capaz de reinventarse muchas veces para captar lo último -y a veces, adelantarse- de la creación contemporánea plástica y práctica, además de la reflexión teórica». Tal y como señala este profesor e investigador universitario, «Arteleku produjo obras de arte, pero también libros y muchos materiales, al principio de una forma lineal, pero después, de un modo mucho más coral y colectivo. Hay historias paralelas, por eso es mejor hablar en plural de historias».

Preguntado por sus preferencias de entre la ingente cantidad de material que guardan los fondos de Arteleku, Rodríguez se decanta por tres. En primer lugar, «toda la colección de videoarte. Nuestra intención es que en internet esté disponible el listado de obras y se pueda ir a Ubik a verlas». También destaca el papel que jugó Zehar, «la revista de pensamiento contemporáneo a través de las prácticas artísticas que fue una publicación pionera y que duró hasta el final, incluso cuando se barajaba que Arteleku fuera a Tabakalera y finalmente se trasladó al convento de Santa Teresa». Finalmente, considera que «la historia de los talleres también merece ser destacada, desde los de Txomin Badiola y Ángel Bados hasta los de Don Herbert, porque fueron muy significativos», concluye.

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