La calefacción ha reactivado los ataques de xilófagos a los retablos en las iglesias

Tareas de mantenimiento del retablo de San Vicente de San Sebastián.
Tareas de mantenimiento del retablo de San Vicente de San Sebastián. / JUANJO AYGÜES

El descenso de la humedad ha acelerado el deterioro de imágenes y ornamentos de madera. Los insectos, que antes solían desaparecer en invierno, han encontrado una temperatura estable para reproducirse durante todo el año

BORJA OLAIZOLASAN SEBASTIÁN.

La introducción de calefacciones en las iglesias guipuzcoanas ha causado un acelerado deterioro de imágenes, retablos y demás elementos de madera. El 'mobiliario' de los casi cuatrocientos templos censados en el territorio se ha resentido del brusco descenso de la humedad provocado por los sistemas de climatización instalados. «La presencia de xilófagos se ha multiplicado y la policromía que recubre imágenes y retablos se ha desprendido al secarse la madera», resume Koldo Apestegui, responsable de patrimonio artístico de la Diócesis de San Sebastián y párroco del Buen Pastor de San Sebastián.

La madera es un material vivo que reacciona a las condiciones ambientales. Elementos como los retablos o las imágenes que adornan muchas de las iglesias de Gipuzkoa se habían mantenido durante siglos en un entorno ambiental estable: con la llegada del invierno las temperaturas descendían y el grado de humedad, que ya era elevado en los meses más cálidos, crecía aún más si cabe. «La madera absorbía la humedad y permanecía estable durante todo el año», explica Apestegui.

Efecto inesperado

Las cosas empezaron a cambiar con la llegada en la década de los setenta de las primeras calefacciones a las parroquias. El deseo de hacer más cómoda la estancia de los feligreses en los meses fríos tuvo un efecto inesperado: el patrimonio artístico de los templos con radiadores empezó a resentirse de forma acelerada. «El primer efecto -cuenta el responsable del patrimonio artístico de la diócesis- fue que los xilófagos que se alimentan de madera, que hasta entonces criaban en primavera y otoño y desaparecían en invierno, se encontraron con una temperatura idónea para reproducirse durante todo el año. Los ataques se multiplicaron y muchos retablos se quedaron en situación precaria de la noche a la mañana».

Pero el de los insectos no fue el único problema causado por las calefacciones. «Las corrientes de aire caliente hicieron descender bruscamente la humedad ambiental de muchas iglesias. Templos que siempre se habían mantenido con más de un 90% de humedad pasaron a tener un 50 o un 40%. La madera de retablos e imágenes, que hasta entonces se había mantenido hinchada porque absorbía el agua del ambiente, se contrajo de golpe y la policromía se desprendió». Los estragos no solo afectaron a los ornamentos. La condensación derivada de la diferencia de temperatura entre el exterior y el interior de los templos causó también problemas en bóvedas y cubiertas. «Las calefacciones se han revelado muy nocivas para el patrimonio artístico en la medida en que han acelerado notablemente su deterioro», resume Apestegui.

El problema se ha atenuado desde la instalación de las primeras calefacciones hace ya cuatro o cinco décadas. Las corrientes de aire caliente que alcanzaban todos los elementos de las iglesias han dado paso a sistemas más selectivos -suelos radiantes, paneles de infrarrojos- y, además, la disminución de fieles se ha traducido en un descenso del número de oficios religiosos. «No tiene sentido calentar una parroquia si el fin de semana se van a celebrar dos misas porque, más allá de la repercusión que pueda tener para la madera, el gasto es del todo inasumible», reflexiona el responsable del patrimonio artístico.

Las aportaciones para mantener el patrimonio de los templos guipuzcoanos se han desplomado

Las reparaciones suelen costearse a partes proporcionales entre la Diputación y la diócesis

El mantenimiento del patrimonio de las iglesias guipuzcoanas consume en torno a unos 100.000 euros anuales. La inversión se ha desplomado con respecto a las cifras previas a la crisis. «Cuando yo me hice cargo del patrimonio artístico de la diócesis allá por los años noventa -explica Apestegui- nos movíamos en torno a los tres millones de euros al año, pero a partir de 2010 las aportaciones de las instituciones cayeron en picado a raíz de la crisis».

Esquema básico

En la financiación de las reparaciones en los templos participa la Diputación, a la que le corresponde por ley el mantenimiento del patrimonio artístico. Los gastos, explica el responsable de la diócesis, suelen asumirse al 50% entre la institución foral y la Iglesia. «No hay una fórmula única porque cada restauración es un microcosmos, pero el esquema básico es ese: como responsable de velar por el patromonio artístico, a la Diputación le corresponde la mitad de la factura y la otra mitad sale de fondos de la Iglesia, mecenazgos o aportaciones de los ayuntamientos».

Pese al descenso de las aportaciones públicas, la situación de los templos es buena en líneas generales gracias a las intervenciones llevadas a cabo en la época previa a la crisis. «Durante las cuatro décadas previas a 2010, que fue cuando el grifo del dinero se cerró, se acometieron obras importantísimas: iglesias como las de Azkoitia, Arrasate, Hernani, Oirtzun, Getaria, Hondarribia, San Miguel Arcángel de Oñati o Santa María y San Vicente de San Sebastián se restauraron en su integridad», observa Apestegui. Aunque se congratula de que los trabajos llevados a cabo en esa época han puesto a salvo de momento el grueso del patrimonio, lamenta también su vulnerabilidad. «Ningún especialista te da más de ocho años de garantía en los tratamientos contra los xilófagos, así que al cabo de una década suelen volver a aparecer y hay que intervenir de nuevo», resopla.

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