«Sé muy bien a lo que han venido»

El Kursaal se rindió a un Raphael que no escatimó energías en ninguno de sus temas. / SARA SANTOS
El Kursaal se rindió a un Raphael que no escatimó energías en ninguno de sus temas. / SARA SANTOS

A sus 74 años, Raphael repasó anoche junto a una banda de rock sus éxitos de siempre en un Kursaal abarrotado por cerca de 1.800 personas

JUAN G. ANDRÉS SAN SEBASTIÁN.

Un jovenzuelo cantante de 74 primaveras arrasó anoche en el Kursaal después de que a escasos metros, en pleno Boulevard, se hubiese inaugurado la Semana de Terror con un homenaje a la figura del vampiro. Curiosa coincidencia. Igual que sucede con los parientes de Drácula, Raphael también parece haber sido agraciado con el don de la inmortalidad, aunque en lugar de sangre, él se alimente de la fuerza que recibe de su público. Una energía que desde hace medio siglo la audiencia le entrega, casi a diario, en giras como 'Loco por cantar', que desde abril ha colgado el cartel de 'Sold out' en casi todas las ciudades. Tampoco ayer cabía ni un alma más en el auditorio de Moneo.

Cerca de 1.800 personas acudieron al reencuentro con el artista de Linares, que salió a escena con su habitual garra y desparpajo, recibido con toda la gente puesta en pie. Vestido con levita negra de cuero y el resto del atuendo del mismo color, extrajo los primeros temas de 'Infinitos bailes' (2016), el reciente álbum cuyas letras han escrito, entre otros, Dani Martín, Iván Ferreiro, Manuel Carrasco y Bunbury, entre otros. Por utilizar de nuevo el símil de los chupasangres a quienes resulta más sabroso el plasma de doncellas y zagales, es posible que Raphael esté viviendo una segunda edad dorada gracias al beneplácito que le brinda el público más joven, pues desde hace un tiempo ha pasado a ser santo de la devoción de 'hipsters' y modernos.

Ayer, en la audiencia del Kursaal hubo algunos espectadores cercanos a la treintena aunque en general, predominó el público talludito pero tremendamente predispuesto al disfrute. Tal vez alguno se vio sorprendido por el potente sonido de la banda de rock que acompañó a Raphael: dos guitarras eléctricas, bajo, teclados, piano, batería y percusión. De este modo, sus himnos adquirieron un aspecto más atrevido y juvenil sin que por ello dejasen de ser coreados de pé a pá por la parroquia 'raphaeliana', independientemente de edades y demás consideraciones.

Un público entregado se puso varias veces en pie para aplaudir la actuación del de Linares

«Qué gusto estar de nuevo en Donosti. Esto han sido tres canciones de mi último disco pero sé muy bien a qué han venido ustedes», espetó, guasón, a la audiencia antes de quedarse en mangas de camisa y atacar 'Mi gran noche', hit de hits tras el cual un espectador le regaló un ramo de rosas rojas. A partir de entonces puso el piloto automático de los clásicos -unos más ovacionados que otros- y se entregó al recuerdo de temas tan reconocibles como 'Provocación', 'Despertar al amor' o 'Yo sigo siendo aquel'.

Habría que emplear un adjetivo que fuera más allá del habitual «entregado» para definir a un público que desde el minuto cero aplaudía de pie, incluso en mitad de las canciones: 'Por una tontería', '¿Qué tal te va sin mí', 'Estuve enamorado', 'El tamborilero', 'Costumbres', 'Estar enamorado'... Esta crónica de urgencia era entregada cuando el show sobrepasaba las dos horas de duración y, presumiblemente, aún faltaban por salir del arsenal algunos de sus principales 'hits' como 'Que sabe nadie' o 'Yo soy aquel'. De momento, el cantante andaluz no parecía con ganas de retirarse a su 'ataúd' para echar una cabezadita y volver a la carretera horas despues. Todo «un monstruo», como se referían a él unas simpáticas señoras de la fila 7.

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