El arte de embalar, proteger y prestar

San Telmo cede entre 60 y 200 piezas cada año a otros museos activando un minucioso protocolo

Ana Santo Domingo y Arantza Barandiaran entre embalajes./Usoz/San Telmo Museoa/O. Moreno
Ana Santo Domingo y Arantza Barandiaran entre embalajes. / Usoz/San Telmo Museoa/O. Moreno
RICARDO ALDARONDO

Cuando en una exposición antológica nos fijamos en el cartel que indica la procedencia del cuadro que contemplamos quizás no reparamos en la complicación que entraña trasladar con seguridad obras de arte para su préstamo a otras instituciones.

Hace dos semanas el Museo San Telmo dedicaba ese lunes a enviar dos cuadros a Nueva Orleans, el retrato del conde Alejandro O'Rilley, atribuido a Goya, y el retrato de Mrs. Mary Parshall de Zuloaga, para su participación en la exposición 'Forgotten Memories'; y otros dos de Zuloaga a Valencia, 'Torerillos de Turégano' y 'Vista de Segovia', solicitados por Bancaja para una próxima muestra sobre el pintor guipuzcoano y Sorolla. Una operación cargada de minuciosas gestiones y no pocas curiosidades.

El préstamo de obras es una actividad interesante para un museo, y se debe fomentar. «En principio estamos abiertos a prestar todas las obras», señala Arantza Barandiaran, aunque hay casos especiales como el de 'Torerillos en Turégano' de Zuloaga que «es tan grande que el marco hay que sacarlo por la ventana, y el lienzo entra justo por la puerta». Por eso es improbable que vuelvan a prestarlo más veces.

Cada año el Museo San Telmo presta entre 60 y 200 obras de bellas artes o piezas de etnografía e historia a una veintena de instituciones. Pueden ser desde una tacita de café a una pintura de tres metros de largo. Este año se conmemora el tercer centenario de la fundación de Nueva Orleans, e Iberdrola ha montado allí la exposición 'Memorias olvidadas. El apoyo de España a la independencia de los Estados Unidos'. Y ha solicitado al Museo San Telmo el retrato de O'Rilley, el conde nacido en Irlanda, de madre donostiarra y que fue segundo gobernador de Nueva Orleans, nombrado por Carlos III. Pero ¿qué ocurre entre la idea de un comisario de solicitar una obra a un museo y la contemplación de esa pieza en casa ajena? Nos lo explican Ana Santo Domingo, responsable de conservación, y Arantza Barandiaran, responsable de las colecciones del Museo San Telmo.

«San Telmo está en principio abierto a todos los préstamos, siempre es interesante»

El largo proceso. Todo el proceso del préstamo puede llevar desde seis meses a un año, o más. «El Museo de Bellas Artes de Bilbao ya nos ha pedido una pieza de Zuloaga para el verano de 2019», indica Arantza.

Las piezas más viajeras. «La espada de Boabdil, el último rey de Granada ha salido en muchas ocasiones, hace unos meses estuvo en Toledo, en una exposición sobre el cardenal Cisneros». También los seis cuadros del pintor sevillano Valeriano Domínguez-Becquer que tiene San Telmo. Pero la actual tendencia es Ignacio Zuloaga, «últimamente sus obras son las más solicitadas».

Los lunes al camión. «Las piezas que prestamos generalmente son de la exposición permanente, así que aprovechamos los lunes, cuando el museo está cerrado y podemos descolgar y preparar las piezas», dice Ana. «Si no, en días de apertura tenemos que hacerlo todo antes de las diez de la mañana», añade Arantza.

La carta que inicia la relación. La institución que quiere solicitar una pieza manda una carta, que habitualmente recibe la directora del museo, Susana Soto, en la que se explica el proyecto de exposición, y que da comienzo a una voluminosa carpeta que irá acogiendo toda la documentación relativa a cada uno de los préstamos, que es mucha. Luego llega el 'facility report', un formulario más o menos unificado entre los museos internacionales con los datos básicos que se exigen sobre personal, espacio expositivo, condiciones ambientales, seguridad, etcétera. Y también se especifican con todo detalle cómo tiene que ser el embalaje, las condiciones de viaje en los camiones, la manipulación, el montaje... Otro formulario, la hoja de préstamo, reúne la información en torno a los datos de la pieza, la valoración del seguro o detalles como el modo en que el museo debe aparecer en el catálogo de la exposición.

Hacer el pasaporte. Cuando todo está en regla, se revisa la obra para ver si está en condiciones de ser trasladada, se hace el informe de conservación, y se envía la carta de aprobación de la solicitud. Luego hay que pedir un permiso de exportación en el caso de préstamos a Estados Unidos, que tiene que valorar una comisión en el Ministerio de Cultura con toda la documentación aportada y que hay que recoger en Madrid.

El transporte terrestre es más recomendable, en avión se intentan evitar los transbordos

Marcas y defectos. Si la obra necesita una restauración, se informa a la institución solicitante, que puede encargarse de financiarla. Y cuando la obra va a salir del museo, se hace el 'condition report', un informe en el que se señalan sobre una fotografía todos los defectos, marcas, grietas, escamas que se puedan levantar o pequeños daños que tiene la obra.

De clavo a clavo. Las propias empresas de transporte especializadas en obras de arte se encargan del seguro, que lleva el curioso nombre 'de clavo a clavo', y que cubre hasta el supuesto de que la obra prestada se vea envuelta en una guerra en el país de destino. Terrorismo, siniestros y hasta depreciación están entre las cláusulas protectoras.

Envuelta en seda. La obra se envuelve en un papel tisú especial, que combina el papel de seda y una materia plástica, para evitar el polvo y para que se mantenga una capa de aire intermedia. Luego se instala en la caja, hechas de madera de contrachapado reforzada con listones de pino.

Bañera de espumas. Las cajas especialmente diseñadas para el transporte de obras de arte albergan diferentes tipos de espuma de polietileno, en capas contiguas. Unas amortiguan las vibraciones, otras ejercen de aislamiento térmico. Y se adaptan sus formas a cada obra, por ejemplo al ovalado retrato de O'Reilly. Las cajas van atornilladas, y también se incluye un cajetín especial para alojar un destornillador de seguridad que permitirá la apertura del sistema cuando llegue a su destino. Y aún más, hay dos precintos con códigos específicos que garantizan que el embalaje no ha sido manipulado. Por si acaso.

Cuidado con los baches. «Cuantas menos operaciones de carga y descarga tengan que pasar las obras, mejor», advierte Ana Santo Domingo. «En el caso de las obras que iban a Nueva Orleans, se planeó una secuencia de transporte terrestre-aéreo-terrestre». Lo peor para las piezas es la acumulación de despegues y aterrizajes, así que se intenta que viajen en un solo vuelto, en este caso de Madrid a Atlanta, de modo que los trayectos entre San Sebastián y Madrid, y de Atlanta a Nueva Orleans, se hacen por carretera en camiones con cámaras isotérmicas. Los cuadros tienen que situarse en la misma dirección del vuelo.

Esperando el regreso. Hace poco regresó el 'Niño desnudo en la playa de Portici' de Fortuny, que estuvo en la exposición del Museo del Prado. ¿Se producen vínculos sentimentales con las obras? «Son tantos años conviviendo con ellas que por supuesto tenemos un cierto vínculo sentimental. A mí me surge sobre todo cuando voy a una exposición como la de Fortuny y veo allí colocada una obra de San Telmo, es como si visitas a un hijo en el colegio mayor», comenta Ana. «Es una sensación muy especial», corrobora Arantza, «son tantos años trabajando en el Museo, 38 en mi caso y 32 en el de Ana, que lo sentimos muy cercano».

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