El arte de cambiar a papá por dos peces de colores

Dos páginas de 'El día que cambié a mi papá por dos peces de colores'./
Dos páginas de 'El día que cambié a mi papá por dos peces de colores'.

Astiberri publica un cuento de Neil Gaiman y Dave McKean

ÓSCAR GOÑI SAN SEBASTIÁN

. Dos peces de colores. Claro, dicho así, sin más, sin acompañar las cuatro palabras de poesía, sin aderezarlas, pues no parecen gran cosa. Retrocedamos y volvamos a empezar:

Una gota de cristal y, en su interior, suspendidos, en silencio, todos los colores, todos los destellos, deslizándose en una danza sin fin. Bueno, siguen siendo dos peces, pero ya son otros peces. Y es posible poseerlos. Solo hay que encontrar algo que merezca la pena, y el trueque será un hecho.

Ah, quien desee pujar, llega tarde. Un niño se ha hecho con la pareja. A cambio de... su padre. Al parecer se trata de un hombre agradable, discreto, poco dado a las discusiones o conflictos y amante de la lectura, en especial del periódico.

Es una premisa un poco extraña para dar lugar a un libro, en verdad a un cuento dirigido a los niños, y aunque se enmarca en dicho género y dentro del mismo ha de ser analizado, cuando sus autores son Neil Gaiman (10 de noviembre de 1960, Portchester, Hampshire, Inglaterra) y Dave McKean (10 de noviembre de 1963, Maidenhead, Inglaterra), la cuestión adquiere otros muchos matices.

Probablemente, y ya desde hace años, el guionista más renombrado del cómic sea el también británico Alan Moore ('V de Vendetta', 'La broma asesina', 'Watchmen'...). Nada que objetar, asumiendo que su reinado ha coincidido con retiradas motivadas por el paso de los años de extraordinarios pesos pesados de las letras y cierta ausencia de competidores, aun cuando a nivel nacional algunas figuras sobresalgan de forma notable.

No es su pareja de baile, pero casi iguala y no es menos respetada la figura Neil Gaiman, autor de dilatadísima trayectoria en el cómic, literatura, televisión, radio, cine... que, desde luego, alcanzó la gloria del Olimpo con 'The Sandman'.

A los lápices, Dave McKean, dibujante tan difícil como genial, solicitado para colaborar con Stephen King o los Rolling Stones.

Gaiman, el hombre tranquilo, el control, la elegancia, la pausa y el vals. McKean el heavy metal duro, el loco que retrata a los locos, la distorsión y la nitroglicerina. Una pareja tan chirriante, a priori, como real y cuajada de éxitos compartidos como 'Orquídea negra' (1973), 'Señal y ruido' (1989) o 'Los lobos de la pared' (2003) entre otros. Ahora, Astiberri recupera 'El día que cambié a mi papá por dos peces de colores', trabajo de 1997 que incluye, en la cuidadísima edición de la editorial vizcaína, nueva portada y epílogo de Gaiman que, dicho sea de paso, comparte una divertida anécdota en absoluto baladí en el contexto del cómic referida a su propia familia.

No es de Andersen

'El día que cambié...' no es un cuento como los de antes. Aclararlo después de revelar el nombre de sus autores huelga. Gaiman, y de nuevo recordar que escribió 'The Sandman', construye una narración cediéndole la prosa al niño protagonista, constantemente acompañado por su hermana pequeña, con diferencia el personaje más redondo y divertido pese a su aparente rol secundario. Todos los textos construidos sobre frases cortas, un vocabulario real en boca de quien habla y una sencillez extrema. También aparentemente, lo cual conduce a McKean.

Contar explicando, y por lo tanto haber entendido previamente al autor, es más que difícil cuando el objetivo es penetrar en la mente del inglés. Su hoja de ruta en el uso de las técnicas que emplea y domina, las infinitas combinaciones de las mismas en estructuras caóticas que terminan engarzándose en un mecanismo de precisión sigue siendo un misterio. Que estéticamente deslumbre o desconcierte es otra cuestión. Que debería encajar mejor en un cómic centrado en, por citar lo más obvio, Arkham Asylum que en otro destinado al público infantil, un hecho que, a la vista de 'El día que cambié...', cae hecho trizas.

En definitiva, tampoco es ya una primicia concluir con que Gaiman y McKean se complementan a la perfección. Además, el cuento, envuelto en cartoné y editado en formato cuadrado, no resulta igual de cercano en las primeras páginas, merced a la propuesta radical del dibujante. Sin embargo, y aunque resulte paradójico, cada una de ellas se muestra más amable porque los códigos, sobre todo los de McKean, van instalándose en el lector más reacio. El humor es una constante en el cuento como mandan los cánones y los dos autores hacen gala de su nacionalidad con una forma de interpretarlo elegante y brillante.

'El día que cambié a mi papá por dos peces de colores' es una gran apuesta de Astiberri. Que progenitores e hijos compartan el libro se antoja excelente idea. Eso sí: los padres no deben preocuparse si no salen demasiado bien parados y al fin deben ser rescatados por las madres. Al fin, se trata de un cuento o de la vida misma. Según.

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