Diario Vasco

«Primero hice espeleología. Tengo récord de profundidad»

  • Comenzó en la etnografía tras quedar impactado, siendo joven, por las escenas que veía en los caseríos

¿Cómo empezó a interesarse por la etnografía?

A través de la espeleología, como otros, por ejemplo Juan San Martín.

Algo había oído.

En espeleología hice el récord mundial de profundidad en 1961 en la sima de San Martín: a 1.155 metros y a seis día y medio de la entrada. Lo que ocurrió es que desde los once años me interesaban las rocas y los minerales. Hay que aprender viviéndolo, siguiendo lo que me dijo Barandiaran: lo no vivido difícilmente puede ser interpretado. Me dedicaba yo mismo a buscar minerales y rocas; que no es lo mismo que el aita te los compre en una tienda. Con 14-15 años me fui a la mina de Arditurri, cuando todavía funcionaba, y me bajaron en la vagoneta, porque me verían muy apasionado. Eso hoy en día es impensable. A los 16 años me hice socio de Aranzadi. Me sentía un hombrecito y mi hermana me había dado un folleto. Llego a Aranzadi y me recibe Kepa Arratibel, que estaba de amanuense. Me pregunta de qué sección quería, y le dije que en la de espeleología y en la de mineralogía. Me dijo que la de espeleología no tenía mucha actividad, porque los integrantes tenían ya más de treinta años. Entonces eran otros tiempos... Arratibel me dijo que me podía meter en el departamento de prehistoria, que dentro de un par de semanas tenía además una reunión. Resultó que en esa reunión el más joven era Francisco Fernández García de Diego, uno que ha muerto hace dos años. Calculo que me llevaba unos doce años. Y los otros miembros del departamento eran Barandiaran, Laborde, Tomás de Atauri, Jesús Elosegi... podían ser mis padres o eran incluso mayores que mi padre. Y yo allí, como un pipiolo, oyendo. Barandiaran me hablaba de usted, y una de las labores que me asignó Jesús Elosegi fue lavar y clasificar los materiales prehistóricos que milagrosamente se habían salvado en los sótanos de la Diputación: restos hallados en las dos últimas campañas de Barandiaran, Aranzadi y Eguren, poco antes de la guerra del 36, en Ermittia y Urtiaga. Luego asistí a unas excavaciones en Aizpitarte, pero no era lo mío. Prefería la espeleología y los minerales.

Pero acabó siendo etnógrafo.

Porque cuando íbamos a los caseríos a preguntar por las cavidades del entorno, pasábamos al interior y aquello me impactaba. Por ejemplo, en el caserío Sustraitza de Lastur. Entras allí y la amona te ofrece caldo y un huevo cocido. Yo pensé: aquí estoy ante un mundo que yo no conozco y se va ir pronto a tomar viento; y sin embargo, las cuevas y las simas ahí seguirán. Así me hice etnógrafo.

Con qué edad empezó a investigar el pastoreo?

En profundidad, el año 1963. Barandiaran me echó una mano y recibí también un cursillo de Julio Caro Baroja. Fui muy amigo de Julio, porque era un bibliófilo terrible, como lo he sido yo. Don Manuel Laborde, Tomás de Atauri... íbamos a la librería Manterola como locos. De vez en cuando llegaban pilas de libros, igual de casas palaciegas que comenzaban a reformarse y decidían desprenderse de los libros. Pero luego llegaba Don Juan Arbelaiz, el dueño, y me decía: ay, Fermin, este libro no lo vas a poder llevar, porque vale muuuucho dinero. Desde que abrieron la librería, hace unos 55 años, hasta que la cerraron, he estado allí por lo menos una vez a la semana. Porque lo que es importante es la constancia. Yo no soy de rapidez, soy de constancia. Hay que seguir en el tema para llegar a un objetivo.

¿Cómo va a acabar el pastoreo?

Pues seguirá, pero no de la manera en la que lo he conocido yo. Porque no puede ser que los demás vivamos en el siglo XXI, con todas las comodidades, y los pastores anden con abarkas y, en vez de plumífero, un espaldero con piel de macho cabrío.

¿Ha acompañado alguna vez a los pastores en la transhumacia?

Dos veces. Una vez de la Bardena a Salazar, la otra de la Bardena a la zona de Bigüezal, allá por Leyre. Fue impresionante: 1.500 ovejas, alguna que nace en el itinerario, y una sinfonía de sonidos...

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