Retrato de la desolación

Chimenea troncocónica en Ceresuela, un pueblo abandonado cerca de Fanlo. /
Chimenea troncocónica en Ceresuela, un pueblo abandonado cerca de Fanlo.

Bakartxo Aniz ha fotografiado durante cuatro años los pueblos deshabitados del Pirineo aragonés. Su libro 'Piedras con alma' es una estremecedora crónica gráfica del abandono del medio rural

BORJA OLAIZOLA SAN SEBASTIÁN.

El drama de la despoblación, ignorado e incluso ninguneado desde los centros donde se asienta el poder, ha empezado a adquirir protagonismo en el panorama de la narrativa española. Casi tres décadas después de la publicación de 'La lluvia amarilla', la novela de Julio Llamazares que hizo del pueblo de Ainielle un símbolo del abandono del medio rural, una nueva generación de escritores se ha lanzado a destripar un fenómeno que ha transformado gran parte del interior peninsular en un territorio espectral. El ya indispensable 'La España vacía', de Sergio Molino, a medio camino entre el ensayo y el libro de viajes, es la punta de lanza de una serie de publicaciones que abordan la despoblación desde nuevas perspectivas. Libros como 'Los últimos. Voces de la Laponia española', de Paco Cerdá, 'El viento derruido', de Alejandro López Andrada, o incluso 'Intemperie', de Jesús Carrasco, hablan del renovado interés que el fenómeno despierta entre los escritores más jóvenes.

A la pamplonesa Bakartzo Aniz, de 40 años, también le gusta juntar letras, pero se siente mucho más cómoda cuando tiene una máquina de fotos en la mano. Además de permitirle cultivar la pasión que siente por la naturaleza, su trabajo de guarda forestal le puso en contacto con el fenómeno de la despoblación, que le atrapó desde el primer día. «Estudié fotografía en San Sebastián y decidí centrar el proyecto de fin de carrera en pueblos deshabitados del Pirineo, pero el trabajo me cautivó de tal forma que me propuse hacer algo más ambicioso». Dicho y hecho. Armada de unas botas, un bastón y una mochila donde portaba su equipo fotográfico de doce kilos de peso, inició una aventura que se prolongó cuatro años. «En cuanto tenía unos días libres, cargaba la furgoneta y me iba al Pirineo. Fueron cuatro años muy intensos y también de mucha actividad física porque a la mayoría de los pueblos no se puede llegar en vehículo y hay que darse unas buenas caminatas para acceder a ellos».

El libro

Título: Piedras con alma
Autora: Bakartxo Aniz
Estilo: Fotografía
Editorial: Prames
Páginas: 240
Precio 40 euros

Desde el campanario

La referencia a la hora de seleccionar los lugares que visitaba fue el libro 'Paisajes con memoria: viaje a los pueblos deshabitados de Aragón', de José Luis Acín Fanlo, un texto que se ha convertido en un manual imprescindible para conocer la despoblación 'in situ'. A la fotógrafa le gusta precisar que su trabajo trata sobre pueblos deshabitados, no sobre pueblos abandonados. «Si algo he descubierto en todo este tiempo es que a los antiguos pobladores el término abandonado les resulta molesto, a veces incluso doloroso, por eso procuro evitarlo».

La tarea le absorbió mucho más tiempo del que había previsto. «Cuando trabajas con pasión no te das cuenta de nada; llegaba a un pueblo y sentía una especie de energía que me mantenía concentrada por completo, no tenía ni frío ni calor, ni siquiera me acordaba de que tenía que comer». Lo primero que hacía cuando alcanzaba un nuevo objetivo era localizar la iglesia y descubrir si su estructura tenía la firmeza suficiente como para encaramarse al campanario: «Buscaba una altura para tener cierta perspectiva de lo que tenía a mis pies. Muchos pueblos están recubiertos por maleza y a veces resulta difícil darse cuenta de cómo son a pie de calle, conviene contemplarlos desde lo alto».

De la misma forma que no sentía ni el frío ni el calor, la fotógrafa tampoco se contagiaba del espíritu de la desolación que suele respirarse en los pueblos vacíos. «Tenía sentimientos encontrados y a veces lo que veía no coincidía con las sensaciones que tenía. Muchas veces tenía la impresión de que los pueblos conservaban su alma, de que aún había algo vivo en ellos aunque hubiesen dejado de tener habitantes hace muchas décadas; parece un contrasentido, pero puedes llegar a sentir la vida que hubo allí».

Los cuatro años de expediciones se saldaron con 150 pueblos visitados y más de 25.000 imágenes tomadas. Una primera criba redujo a 5.000 las fotografías seleccionadas. «En el libro hay 300 imágenes repartidas en 240 páginas, la elección fue muy laboriosa y me costó largas horas de trabajo frente a la pantalla del ordenador». Sorprende hallar una figura humana entre tanto retrato de la soledad. «Es la única persona que aparece en el libro, una octogenaria que me encontré mientras fotografiaba un pueblo al norte de Ainsa, la incluí porque me dio la sensación de que pertenecía a otra época».

¿Hay algún pueblo por el que se haya sentido especialmente atraída?

«Otal, que está en el Sobrepuerto, en el Sobrarbe, es un lugar fascinante que me enamoró desde el primer momento. Está a unos 1.500 metros de altura y a su alrededor hay un circo con un trabajo increíble de bancales de piedra para ordenar los terrenos, pura orfebrería. He pasado más de una noche allí, conserva una iglesia románica mozárabe del siglo XI que es increíble. Me resultó tan atractivo que en el libro le dedico 16 páginas cuando lo normal es que cada pueblo tenga entre dos y cuatro páginas».

Tejado desplomado

'Piedras con alma' vio la luz el pasado mes de diciembre después de un laborioso proceso para publicarlo. «Cada vez hay más libros que hablan sobre la despoblación, pero de fotografías no hay muchos porque no es nada fácil acceder a pueblos deshabitados, sobre todo en el Pirineo. Contacté con muchas editoriales, pero no terminaban de ver el proyecto. Me planteé la autoedición, pero un libro de fotografías de calidad es muy caro. Al final tuve la suerte de que la editorial Prames, de Zaragoza, confiase en la idea y pudimos sacar adelante el libro con la ayuda de la Diputación de Huesca y la Obra Social de La Caixa».

La obra, que fue presentada la pasada semana en la sede de la Sociedad Fotográfica de Gipuzkoa, ha tenido muy buena acogida. «En Huesca llegó a ser el libro más vendido en Navidades», sonríe la fotógrafa, a la que le emocionan sobre todo las reacciones que ha suscitado entre antiguos pobladores de los lugares retratados. «Me han llegado bastantes mensajes de agradecimiento de gentes que vivieron en los pueblos de las fotos e incluso de sus descendientes. Hace poco me escribió un señor contándome que el tejado de una de las casas que había fotografiado, que había pertenecido a su familia, se había desplomado. El hombre estaba muy apenado pero al mismo tiempo me daba las gracias porque mis fotos eran el último testimonio de su vivienda antes de que se quedase sin tejado». Son pequeñas historias que quedan fuera del foco de la crónica gráfica de la desolación pero que alimentan un torrente subterráneo de sentimientos cuyo caudal no se seca nunca.

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