Diario Vasco
Javier Postigo.
Javier Postigo. / F. P.

El donostiarra Javier Postigo vuelve al relato en 'Restos de galerna', su último libro

  • El escritor recupera el género en el que se siente más cómodo después de su primera incursión en la novela

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Javier Postigo (San Sebastián, 1945) suele ponerse a escribir en cuanto salta de la cama por las mañanas imaginando que sus lectores aprovechan los minutos previos al sueño nocturno para disfrutar de sus libros. De ese contraste entre el día recién estrenado y la noche que anuncia sus últimas horas se alimentan los relatos del escritor donostiarra, al que le gusta recrearse en las luces y las sombras de sus personajes. Postigo ha vuelto a dar una alegría a sus incondicionales con la publicación de 'Restos de galerna', el quinto libro que sale de sus manos. Después de haber hecho una incursión en la novela en su anterior obra, titulada 'Gafas de no ver', el autor recupera el género del relato con el que dio sus primeros pasos en la escritura. «Es donde más cómodo me siento», admite Postigo, que considera todo un halago que sus amigos le llamen «cuentista».

'Restos de galerna' recoge doce relatos que mezclan lo real con lo imaginario. Son ficciones pasadas por el filtro de lo cotidiano o realidades tamizadas por la fantasía que sitúan al lector en un universo cercano y familiar. La escritura sencilla y concisa de Postigo, que se confiesa rendido admirador del estilo carente de artificios de Pío Baroja, facilita las cosas. El libro resulta ameno y sencillo de leer. Cumple con creces la ambición de su autor, que reconoce que su aspiración es que los lectores se duerman con las imágenes de alguno de sus relatos dando vueltas en su cabeza. «Cuando escribo pienso en un lector tipo que se mete a la cama con uno de mis libros entre las manos y que apaga la luz después de haber completado un relato».

La estructura de 'Restos de galerna' se ajusta a los cánones más clásicos. La reunión de la nutrida prole de un matrimonio ya fallecido para recordar a su madre el día de su cumpleaños da pie a que cada hermano se ponga a contar una historia. Los cuentos no tienen nada en común más allá de estar cosidos por un lenguaje coloquial y asequible. «Son relatos que pretenden ser amenos, divertidos, insólitos y con bastante humor», explica el autor donostiarra, un amateur de la literatura con unos cuantos años de oficio a sus espaldas. Postigo, que ya se entretenía juntando letras cuando estaba en activo, ha intensificado su labor literaria desde que está jubilado. «Disfruto escribiendo de la misma forma que otros se lo pasan bien paseando o andando en bici, para mí es una terapia del copón». Publicar sus trabajos, añade, le obliga a mantener una disciplina y a cuidar la calidad de los textos. «Hay una época en la que escribes y te lo guardas todo, quizás por pudor, pero cuando te animas a publicar todo se vuelve mucho más intenso porque tienes que cumplir los plazos y ser más cuidadoso con lo que escribes, no vale lo primero que se te pasa por la cabeza». Como ocurre en otros órdenes de la vida, la experiencia es un grado y sus nuevos relatos «resultan más consistentes» que los que trenzó en sus primeras obras.

Edición exquisita

El libro está editado con exquisitez. Cada relato está acompañado por una ilustración realizada por un amigo. «Son dibujos muy sencillos que proporcionan ligereza a los textos y orientan al lector sobre lo que se va a encontrar en las páginas siguientes». A Postigo le gusta cuidar el envoltorio: «Es una faceta que mimo mucho gracias sobre todo a la ayuda que me prestan mis amigos de Nu Comunicación, que son los que se encargan del diseño y de la cubierta». Aún recuerda con cariño la felicitación que recibió de José Saramago cuando le hizo llegar por mediación de una tercera persona su libro 'Besos de pez'. «Probablemente no llegó a leerse el texto, pero el libro estaba editado con tanto gusto que me mandó una nota diciéndome que el formato le había gustado mucho».

El libro que mayor reconocimiento le ha proporcionado es 'A las diez en casa', que se nutre de las vivencias de una familia numerosa en el barrio de Gros durante las décadas de los cincuenta y los sesenta. «Hay mucha gente que se ha reconocido en lo que cuento allí, que es básicamente lo que viví en mi infancia y mi juventud». Aunque admite que tiene su punto de vanidad y que le gustaría que su obra tuviese mayor repercusión, es consciente de sus límites. «Puede que no sea un gran escritor, pero después de cinco libros y más de 60 relatos tampoco creo que sea tan malo», reflexiona.

La realidad, en cualquier caso, siempre termina poniendo a cada uno en el sitio que le corresponde. «A veces te piensas que has inventado la pólvora, que te ha salido una historia redonda y luego resulta que un amigo te cuenta una historia real que es exactamente igual que la que te habías inventado. Es lo que me ha pasado con uno de los relatos del último libro, así que es mejor no hacerte demasiadas ilusiones sobre tus propias capacidades. De todas formas, tengo intención de seguir escribiendo mientras pueda».

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