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El Salon, en pleno funcionamiento. / O. G.

Cosas que ocurren cuando se organiza un Salón de Cómic

  • Anécdotas, finales felices y otrosno tanto, como si fueran viñetas

Faltan 72 horas para la inauguración del Salón Internacional de Cómic y Manga de San Sebastián. Comienza el montaje de los stands, un aluvión de tableros en movimiento que se irán acoplando como en un puzle, y en breve lo hará la parte más delicada, la exposición de Star Wars de José María Arosa. Pensar en una pieza que sufra desperfectos o algo peor está prohibido, pero aún así quita el sueño a más de uno.

Vecinos de pared, la gente de la Asociación Atlas ultima la batería de actividades con que introducir en el mundo de los juegos de mesa y rol a todo el que se acerque a sus mesas. Mientras, optimistas cifras de inscripción en los torneos de 'Magic' y 'Yu-Gi-Oh!'; la pasarela de cosplay tiene buen aspecto, e incluso las previsiones meteorológicas no vaticinan problemas para las llegadas escalonadas de invitados. Faltan 72 horas.

Entonces sucede lo único que no podía ocurrir. Peter Milligan, una de las estrellas del Salón, cuya llegada ha causado gran expectación, tras confirmar a todos los niveles su presencia anuncia que, después de todo, no estará en San Sebastián. Ha perdido su pasaporte. Parece increíble, pero cuando un ciudadano británico extravía dicho documento, no se le da otro provisional. 'Cosas veredes que farán fablar las piedras'. No hay tiempo de reaccionar, de explicar lo sucedido o buscar reemplazos. Entrevistas pactadas con medios de comunicación y un hueco que horada la programación y la credibilidad por asentar de la organización. Aún pensando qué hacer, esa misma noche José Luis García López no tiene más remedio que advertir acerca de su delicado estado de salud y que, en consecuencia, puede llegar a suspender su vuelo desde Nueva York. Y Euskalmet confirma la ciclogénesis.

Jueves

José María Arosa, cuya colección en ningún caso está a la altura de su generosidad, irrumpe cual huracán en 'su sala'. Las piezas salen de los embalajes y el asombro entre los presentes crece a cada nuevo casco, sable o diorama. Ibon Gurrutxaga y Jair Junior, los DJs, parecen Spiderman envueltos en telarañas de cables, la asociación Aiko despliega sus kimonos que se convierten en extraordinarias mariposas y los increíbles miembros de la 501 y los guardianes del robot R2-KT llegan con la misión de ayudar a Aspanogi en la lucha contra el cáncer infantil... El domingo habrán recaudado 733 euros gracias a las aportaciones de los visitantes al evento. Ponerse un casco de soldado imperial es un honor, y de paso el camino para comprender lo duro que es su desempeño. Apenas se ve, y respirar es un logro.

Viernes

El avión de José Luis García López ha aterrizado hace cuarenta minutos. En San Sebastián, la organización aguarda la llamada que confirme que al fin ha atravesado el océano. Todo el pasaje ha abandonado el aeropuerto y, aunque parezca un manido argumento de película de serie B, es el último en salir. Es una leyenda del cómic, pero sobre todo un hombre de palabra. Y aterrizan los de la editorial Yermo con Carles Muñoz, y Joseba Basalo, cabeza visible de Aleta, con su ejército de artistas invitados en una demostración de apoyo al Salón y fe inquebrantable en el cómic. Los cosplayers, Norma y sus huestes, el resto de editoriales, librerías y tiendas varias y todo bajo las cámaras atentas de Escivi, la escuela de cine y video de Andoain, que ultima la colocación de un gran photocall croma incluido en tanto su coordinador Sergio Prieto se prepara para grabar todo lo que de relevante suceda en los próximos dos días y medio. En otra de las salas, las exposiciones de originales de Harriet, Fructuoso, Astrain, Mata y Redondo, o los de Fred Duval, Thierry Gioux y Nuria Sayago están en su sitio a tiempo, aunque parecía que no. Y los stands, que fueron los primeros en llegar, se van llenando de comics, miles de comics, camisetas, figuras, posters...

El reloj corre a la misma velocidad que el superhéroe Flash, y la incertidumbre crece, agitada por la inevitable certeza de que los errores van a sucederse.

Es viernes a las cuatro menos diez de la tarde. Algunas personas ya se han adentrado en el hall del Palacio de Congresos. La música comienza a sonar abajo, en la madriguera del conejo blanco, y ya no hay vuelta atrás. Todos los voluntarios, aquellos que han hecho posible semejante locura, están allí. A cambio de nada. Las cuatro. Se abren las puertas.

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