Diario Vasco

Publican el diario inédito de Miguel de Unamuno de su viaje por Italia, Suiza y Francia

«Yo ya comprendo lo que es París; hay que vivirlo, no basta verlo». El 20 de julio de 1889, a las diez de la noche, un joven Miguel de Unamuno anotaba en su diario las primeras impresiones de su visita a la capital de Francia. Había llegado procedente de Ginebra. París, que en ese momento se mostraba al mundo gracias a la Exposición Universal, era la última etapa de un periplo que había comenzado el 28 de junio y habría de terminar el 15 de agosto, con salida y llegada en Bilbao. El escritor e intelectual vasco, que entonces tenía 24 años, anotó sus impresiones de aquel viaje en un diario que permanecía inédito. Hasta ahora, porque a comienzos de febrero verá la luz 'Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza', con edición y prólogo de Pollux Hernúñez y publicado por Oportet Editores.

El itinerario seguido por el escritor, su tío -que era quien pagaba los gastos- y un amigo de este no podía ser más apetecible: Barcelona, Marsella, Florencia, Roma, Nápoles, Pompeya, Roma y Florencia de nuevo, Milán, Lucerna, Ginebra, París y, ya para descansar de tal acumulación de maravillas artísticas y avances técnicos, los balnearios de Cestona y Alzola, antes de regresar a Bilbao.

«Ni mata ni espanta»

Pese a su admiración por el arte que contempla en Italia, la parte correspondiente a París tiene un interés especial porque la ciudad es en ese momento el centro del mundo. La Exposición Universal que organizaba la capital francesa tuvo un efecto de atracción de viajeros verdaderamente singular. Nada menos que 32 millones de personas visitaron el recinto -por poner la cifra en contexto, la Expo de Sevilla recibió la mitad de visitantes-, en el que se pudieron observar todo tipo de prodigios.

La torre Eiffel era el más llamativo y ni aún así termina de gustar al escritor vasco. «El último juguete parisino», la llama. «De lejos, ni mata ni espanta, una cosa alta; pero, al revés de lo que sucede con las cosas de cerca, es el efecto; no el tamaño, sino el intrincado laberinto de su osamenta, las redes de hierro, y sobre todo ver desde su cabeza cómo asienta sus patazas en el suelo junto a las hormiguillas que la han elevado y pueden derruirla».

De nuevo acude a la Expo, que está abarrotada de público dado que es domingo. El espectáculo que encuentra no llamará la atención a muchos viajeros de hoy mismo: «Irrupción de horteras y gente con provisiones, su fiambre, su vasito, su botellita...».

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