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Ianiz, el pícaro navarro que triunfó en Tierra Santa

Toti Martínez de Lezea ha regresado a la época que más le divierte, la Edad Media.
Toti Martínez de Lezea ha regresado a la época que más le divierte, la Edad Media. / ARITZ ALBAIZAR
  • Un traficante de reliquias del siglo XIII protagoniza 'Tierra de leche y miel', la nueva novela de Toti Martínez de Lezea

Un suspiro embotellado de San José. El mantel de la última cena y restos de las lentejas que en aquella ocasión degustaron Jesús y sus apóstoles. Dientes y más dientes del dragón que mató San Jorge. Las mismísimas trompetas de Jericó. Unas cuatro calaveras y hasta 62 dedos índices de San Juan Bautista. Plumas y huevos del Espíritu Santo... Toti Martínez de Lezea enumera, y no acaba, reliquias surrealistas e inverosímiles de santos y santas a menudo descabalgados del santoral que, desafiando a la razón, se han venerado y se siguen venerando en ermitas y catedrales.

Entre ellas podría estar la reliquia de Santa Pía que tiene que conseguir a cualquier precio el principal protagonista de su nueva novela 'Tierra de leche y miel', Ianiz Ruiz de Antoñana. Ianiz es un aldeano navarro de poquísimo mundo, «un infanzón sin oficio ni beneficio», que incurre en el pecado de la carne en brazos de una viuda de buen ver y tarifa razonable, que prefiere llamarse 'hetaira' a aceptar el nombre que le dan los demás: puta. Por atentar contra el quinto mandamiento, el joven Ianiz es condenado a diez latigazos, a la excomunión y, obviamente, a los tormentos que reserva el infierno a las almas que mueren en pecado mortal. Salvo, claro está, que se lance al mundo y regrese a Antoñana, que actualmente pertenece a Álava pero en el siglo XIII, en el que se desarrolla la acción, formaba parte del Reino de Navarra, con una reliquia de la venerada y santa Pía.

Sobre ese hecho inicialmente trivial, que acaba dando lugar a un sinfín de aventuras en Tierra Santa, ha construido Toti Martínez de Lezea su última novela, que se ha publicado también en euskera con el título 'Esne eta eztizko lurra' y traducción de Koro Navarro. Tal como viene siendo habitual en las últimas entregas de la narradora alavesa, las dos versiones de la novela editada por Erein han llegado juntas al mercado, «para que sea el lector el que decida en que lengua quiere leerme, algo que me parece genial». Martínez de Lezea, que no escribe en euskera pero lee sin problemas en esa lengua, no escatimó elogios para el trabajo que ha realizado Navarro, que ha dado al texto en euskera la fluidez que caracteriza a los escritos de la escritora vitoriana.

La cruzada de Teobaldo

'Tierra de leche y miel' es la vigésimo segunda novela para adultos de Martínez de Lezea, el libro número 52 si se tiene en cuenta el conjunto de su obra literaria, prolífica también en trabajos dirigidos al público más joven. Supone, además, el regreso de la escritora a la Edad Media, el período histórico que tan bien conoce, que ha explorado y explotado literariamente con frecuencia y ha sido el telón de fondo de algunos de sus mayores éxitos.

En los últimos años la escritora había transitado por otras zonas de la historia. En 2014, con 'Enda', se remontó a tiempos oscuros de tribus y mitos de los que se sabe poco y tampoco se ha contado demasiado. En 2015, por el contrario, con 'Y todos callaron' se sumió en un pasado todavía fresco y a menudo sangrante, atravesado por las consecuencias de la Guerra Civil. A Martínez de Lezea, nacida en 1949, muchos de los episodios que ficcionó le resultaron dolorosamente cercanos. Después de la experiencia literaria y personal intensa que supuso aquella novela, «tenía ganas de divertirme».

Y vaya si lo ha hecho en el viaje a Tierra Santa que comienza en Antoñana en primavera de 1238 y termina en Acre -la histórica ciudad que en 1948 hizo suya Israel, devolviéndole el bombre original de Akko-, en verano de 1243. La novela, muy bien documentada como todas las de la autora, cuenta con protagonistas ficticios pero se enmarca en un hecho histórico: la cruzada que encabezó, y condujo al fracaso, el rey de Navarra Teobaldo I, cuarto conde de Champagne y Brie, que también aparece en la novela. El íntegra y consustancialmente francés Teobaldo era sobrino de Sancho VII el Fuerte, fallecido sin hijos legítimos a quienes traspasar el trono y la continuidad de la dinastía Jimena. Era, en concreto, hijo de Blanca de Navarra, hermana de Sancho el Fuerte, y de Teobaldo III de Champagne, y le cayó sobre los hombros el peso de la corona de Navarra por una de esas piruetas que acaban fundando una dinastía. En su caso, la Casa de Champaña, la primera de origen francés que accedía al trono navarro, que entre 1234 y 1305 sentó en el mismo a tres reyes y una reina.

Ianiz, el pícaro navarro que triunfó en Tierra Santa

/ El libro tiene 308 páginas y un precio de 19,5 euros.

Para cuando arranca la novela, en 1238, Teobaldo 'El Trovador' ya lleva casi cinco años ejerciendo de rey de Navarra. A pesar de estar mucho mejor dotado para la poesía galante que para la milicia, se presta a encabezar una cruzada que parte del puerto Marsella ese mismo año. En esa expedición al Reino de Jerusalén ve Ianiz la ocasión ideal para encontrar la dichosa reliquia, o algo que pudiera hacer colar como tal, y pasar página. No es el único navarro que se enrola en la aventura ni el único que Toti Martínez de Lezea convierte en protagonista del relato.

Traficantes de reliquias

El caso es que, después de un ataque sorpresa que diezma y desbarata la partida cruza, Ianiz y alguno más, como su compañero de aventuras Martino, el salacenco, acaban solos, perdidos y abandonados en tierra extraña. Lo ignoran todo: las costumbres y la lengua del lugar, qué ha sido del rey y de sus compañeros, qué hacer para volver a casa... En esas condiciones, un año después de haber partido hacia Tierra Santa se ven obligados a espabilar para buscarse la vida en un entorno en el que, como pronto comprobarán, gentes diversas -judios, musulmanes, cristianos...-, conviven en armonía y están dispuestas a ayudar a los extranjeros a quienes los suyos han dejado atrás.

Ianiz entra en contacto con el tráfico de reliquias, una profesión floreciente en aquel entonces, y descubre con sumo agrado que cumplir su compromiso y hacerse rico son actividades compatibles. «Por las reliquias traídas de Tierra Santa en Europa se pagaban cantidades enormes de dinero y, por lo tanto, había un tráfico ingente», contó Toti Martínez de Lezea en la presentación del libro, explicando un fenómeno que tenía mucho más de material que de espiritual. «Como cuanto más importante era la reliquia más gente atraía, no había catedral, iglesia o ermita que no aspirara a tener la suya. Una buena reliquia garantizaba un gran flujo de visitantes, con el consiguiente negocio», de ahí que el tráfico de objetos susceptibles de ser vendidos como reliquias fuera una actividad boyante y lucrativa. Los templos con reliquias atractivas venían a ser para una ciudad medieval, por decirlo de alguna manera, lo que las franquicias de los museos globales son para las ciudades actuales.

No es ese el único paralelismo que puede trazarse entre el siglo XIII y el XXI en la novela de Martínez de Lezea. Las peripecias de Ianiz, Martino y los restantes personajes que pueblan el relato pueden llevar a la reflexión acerca de la acogida al extranjero, la convivencia entre culturas y religiones, la impunidad y el poder de los charlatanes, las razones que llevan a los poderosos a entrometerse en asuntos ajenos... En esa última cuestión, Toti Martínez de Lezea no alberga dudas: «Los europeos no fueron a Tierra Santa a rescatar los santos lugares de los infieles, fueron a robar, que es a lo que han ido siempre con el pretexto de la liberación...».

El que sí se liberó del pasado fue Ianiz Ruiz de Antoñana, que se doctoró en tráfico y falsificación con buenos resultados y, como no puede ser de otra manera en una novela de Toti Martínez de Lezea, también encontró el amor por el camino. Sin desvelar el desenlace de una novela que desborda acción y humor, se puede adelantar que el pillo de Antoñana triunfó plenamente en Tierra Santa.

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