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Una de las proezas narrativas de Fred. Movimiento, textos, viñetas en la viñeta...
Una de las proezas narrativas de Fred. Movimiento, textos, viñetas en la viñeta...

Los mundos esculpidos con los sueños de Philémon

  • ECC publica el segundo tomo de la obra universal de Fred

Existe un lugar. Está en el océano y, aunque lo componen muchas islas, pocos viajeros las han visitado. Pueden encontrarse en cualquier mapamundi, forman la palabra Atlántico. La segunda A, en concreto, resulta muy apreciada por sus moradores. En ese lugar, bueno, las cosas no son como aquí aunque, claro, ¿qué es aquí? Estas líneas, depende de quién las contemple, ¿son la expresión de un elaborado código idiomático o, quizás, una galaxia en negativo cuajada de estrellas, observada a través de un microscopio?

El fondo del aire es frío. La frase, todo un editorial, es de Fred; le hubiera sido complicado firmar con su nombre completo: Frédéric Othon Théodore Aristidès (5 de marzo de 1931, París - 3 de abril de 2013, París) y ocupa, en el teatro del noveno arte, uno de los sillones reservados a los elegidos. Hijo de familia griega, apasionado del dibujo desde niño, colaborador de periódicos y, en 1960, fundador y director artístico de la revista 'Hara-Kiri'. Seis años después, rechazado por 'Spirou' tras presentar quince planchas de un nuevo personaje que terminan en manos de Goscinny, editor de la legendaria publicación 'Pilote', debuta con las asombrosas aventuras de un joven descalzo y casi siempre ataviado con una camisa a franjas azules y blancas y pantalón negro.

Autor y obra, o viceversa

'Philémon' es parte de un corto y selecto grupo de obras: sus historias son cautivadoras, oníricas, desbordantes de poesía, imaginación y deslumbrantes dibujos. Las soluciones técnicas, nunca un fin en sí mismas, apabullan porque, aunque parezca ayer, en los años sesenta no son ingrediente habitual en el universo cómic. Ni hoy. Las influencias del autor, por otra parte, son múltiples. Winsor McCay y su 'Little Nemo en Slumberland' de 1905, George Herriman 'Krazy Cat' de 1913, Frank King 'Gasoline Alley' de 1918 o Saul Steinberg, el gran ilustrador de 'The New Yorker'... Fueran las soluciones formales o los conceptos que causaban aquellas, la panoplia de sus tótems nunca estaría completa si se dejaran de lado figuras capitales de la literatura o la pintura. Probablemente, sean la Alicia de Lewis Carroll y el Gulliver de Swift los casos más palpables, pero también Dalí marca momentos de unas historias que, al fin y al cabo, ¿qué son?

Ante todo, Fred busca divertir. Con humor absurdo, extremadamente inteligente. Y anhela deslumbrar, porque más allá del desarrollo del guión, en ocasiones cercano a la improvisación, obliga al lector a detenerse y comprender hasta qué punto esa narración ha sido presentada llevando el cómic al límite y haciéndose compañero de viaje de la pipa que no es una pipa del surrealista René Magritte.

Es cierto que el surrealismo es una constante en Fred, y que las soluciones que adopta, pulverizando constantemente los códigos narrativos del cómic, no hacen sino reforzarlos, porque tras ellos vive un inmenso talento. 'Philémon' está dibujado con un pincel único, y aunque pueda parecer en ocasiones titubeante, es preciso y concienzudo. Incluso cuando lo combina con collage o fotografía, nunca es una distracción, sino parte de una elaborada trama. El autor se definía como alguien que arriesgaba la vida en cada viñeta, una forma de expresar hasta qué punto la bande dessinée le era fundamental y el tremendo respeto con que miraba a sus lectores. Si hoy esos dos requisitos fueran considerados por determinados sectores, aquellos que barnizan su absoluta falta de talento bajo el discurso de la intelectualidad y la innovación, parte de lo publicado nunca vería la luz.

Una larga espera

Fred, a la par que 'Philémon' adquiere prestigio a cada página, experimenta con la autoedición, portafolios, letras para las canciones de Jacques Dutronc, ilustraciones literarias o un par de disco libros para niños.

Mientras, el tomo dieciséis del adolescente de poblado flequillo, su asno Anatole y el naúfrago Barthélémy, 'Le train où vont les choses', duerme en un cajón; lo hace durante cinco lustros, desde la publicación de 'Le diable du peintre' en 1987, a falta de una decena de planchas para ser concluido, aun cuando fuera iniciado en aquel entonces. En él, una locomotora no funciona. Sólo lo hace si se alimenta con el vapor de la imaginación. Fred, en todo caso, quiere cerrar su obra. Tiene ochenta y tres años, y lo hace recuperando las primeras planchas de aquel primer tomo, 'Philémon et le naufragé du A', convertidas a tonos sepias e integrándolas en el argumento; un último salto al vacío, bucles en un bucle, un último intento de combar la realidad. Las dos últimas páginas, Fred en una inmensa tela de araña, son un colofón, tal como declara a 'Le Monde' donde «cada lector imaginará lo que él quiera».

Al fin, en febrero de 2013 la obra llega a las librerías y, dos meses después, Fred muere. Maquinaba sus historias en la bañera, dibujaba de pie y su mente esculpía mundos. Sus creaciones vivían y así lo sentía: «Es el privilegio de los autores: nuestros personajes nos sobreviven». Ahora bien, quien encuentre uno de esos pozos que llevan a la isla A (la segunda), hallará a un tipo que, con toda seguridad, estará armado con un lápiz y una hoja de papel.