Diario Vasco

31 relatos del palacio de Fontainebleau

31 relatos del palacio de Fontainebleau
/ ILUSTRACIÓN IVÁN MATA
  • Un miembro de la Academia Francesa los recoge con una sensible pluma

Entra la dama, que es Florence Delay (París, 1941), escritora, actriz, traductora y guionista, miembro de la Academia Francesa, autora de novelas como 'Riche et légere' (Prix Femina) y de ensayos como 'OEillet sur le sable' sobre tauromaquia, en el Palacio de Fontainebleau, un edificio éste que tanto debe a Francisco I (1494-1547), aquel rey francés humillado por el emperador Carlos y recluido como preso en la Torre de los Lujanes con 'todo perdido menos el honor'.

Entra pues Florence Delay en Fontainebleau y saquea con sus ojos treinta pinturas de la pinacoteca de este preclaro lugar francés y nos las sirve en forma de treinta y un relatos maravillosos. Además de estos treinta y un espléndidos regalos (cada uno de ellos lo es en grado sumo), en la despedida, naturalmente en el epílogo, como lo pudiera hacer el mismísimo Ramón Gómez de la Serna (uno de los escritores admirados por esta dama, según propia confesión), es decir, 'como gaviota que vuela en el adiós de los puertos' -ya dejando los trastos de su tauromaquia narrativa a la de la ensayística- nos habla, fervorosamente se diría, y galana a fe, del 'aura de la imitación', poniendo como ejemplo sublime a Margarita, aquella que 'de todas las Margaritas de que nuestro paisaje está sembrado, mi preferida no es la que nació en Bruselas, ni la nacida en Saigón, ni ni ni, sino la nacida en Angulema, y que llegó a ser por matrimonio y sobre todo por sus libros Margarita de Navarra. «Cuerpo de mujer, corazón de hombre y cabeza de ángel», así la describía Clément Marot, a quien ella protegió.

Gracias a ella he podido interpretar el papel de una muchacha del Renacimiento, y deslizarme entre las damas vivas o pintadas del palacio de Fontainebleau. Por entonces yo no tenía más pensamiento que penetrar en el palacio, en el estilo, la maniera, ¿pero cómo? Y fue cuando ella me tendió la mano. O mejor dicho, fui yo quien me cogí de la suya, al encontrar en su Heptamerón una fórmula mágica que abría todas las puertas: me parece, señoras mías. Fórmula que abrió incluso mi discurso de recepción en la Academia Francesa'; que 'volviendo a Margarita' nos sigue diciendo, 'me gustaba tanto su voz que me propuse contar a su manera la historia de las bellezas belifontanas, que, la verdad sea dicha, ella se guardó de frecuentar demasiado. La imitación ha perdido el aura. El siglo XX la miró de través. Tiene tan mala reputación que ni siquiera se la distingue ya del plagio', etc, etc.

Treinta y un relatos pues, sobre pinturas, por ejemplo, de François Clouet (6), Rosso Fiorentino (3), Francesco Primaticcio (4), Jean Fouquet, Pedro Milán, Benvenuto Cellini, Toussaint Dubreuil, y anónimos, con historias de tan portentosos atractivos que nos hablan de batidas de jabalíes; de la sonrisa del rey en sus posados; de la dama blanca que es 'la Margarita de las Margaritas, la hermana del rey', que, pese a todo, y a pesar de su repugnancia en poner pie 'en el reino que tiene a su bien cautivo', visita en Madrid al derrotado en Pavía; del beso de Bayona de Diana de Brézé, de veintiséís o veintisiete años, al niño real de quien luego será su amante; de las disposiciones de Francisco I en cambiar de amante; de fijar en Fontainebleau su residencia, etc; del deslumbre del rey ante las pinturas del pintor extraordinario; de la mujer estuco y la llegada de Mantua del gentil Primaticcio; el elogio del pezón compuesto por Clément Marot (traducido en verso rimado porJuan Adriansens); de los senos belifontanos en un trozo de elegante catarata de significantes acordes; de Diana de Poitiers, 'hermosa de ver, honesta en el trato', según decir regio; de las mañanas de amor tan dulces de damas galantes pues las noches estaban dedicadas a la Delfina, Catalina de Médicis'; de la estancia de Carlos V, el Emperador, de paso hacia Gante y sus rebeldes; del suicidio de Rosso con veneno que corroe de solo tocarlo; de los motivos del Heptameron de la reina de Navarra en los baños de Cauterets; la Diana así bautizada, hija ilegítima de Enrique allende el Po; aquella historia del señor de Brantôme sobre la desolación de Catalina de Médicis en sus atisbos de caricias ajenas; de Sabina Popea y del bronce de Cellini; del verso del poeta Étienne Jodelle a su amante Claude Catherine de Retz cuyo nombre se halla en la novena sílaba del noveno verso; la florentina Dama Negra y el horror de San Bartolomé; fiestas extravagantes, el escuadrón volante de jovencitas o la cerbatana espía de retozos; la lengua en menesteres varios de balbuceos infantiles, chapurreos, etc; el regalo de Flora a Juno; la fiesta del sentido oculto; amor en fuego y nieve según el soneto de Herrera el divino traducido al francés en llamear de fuegos y llamas; la Franciade de Ronsard que Toussaint Dubreuil se proponía contar en Saint-Germain-en-Laye, Hyante y Climène enamoradas del bello troyano; del rey de Navarra que, en Pau, al nacer, le frotaron los labios con ajo y los senos de mademoiselle d'Entragues; un segundo elogio del pezón; la 'maniera' y su soledad; y la despedida, que será inolvidable, de este tan singular y encantador libro.