Diario Vasco

Basilea, la capital cultural suiza

Vista del atardecer de Basilea, cruzada por el río Rin, donde es posible bañarse en los meses de verano pese a sus fuertes corrientes.
Vista del atardecer de Basilea, cruzada por el río Rin, donde es posible bañarse en los meses de verano pese a sus fuertes corrientes.
  • La ciudad del arte. La ampliación del Kunstmuseum, uno de los grandes museos de Europa, es un buen pretexto para visitar un enclave que cultiva la calidad de vida

¿Por qué no Basilea? La tercera ciudad de Suiza no tiene el poderío económico de Zúrich, capital de la banca, ni la influencia política de Ginebra, con sus resonancias diplomáticas. Pero Basilea presume de ser capital cultural del país y está enclavada en un punto geográfico juguetón y estimulante: a solo unos pasos de Francia, por un lado, y de Alemania, por otro, es una urbe conocida como cuartel general de las grandes farmacéuticas internacionales (Novartis y Roche tienen aquí sus sedes), pero también por su ambiciosa actividad cultural.

El país cómodo

Acaba de celebrarse una nueva edición de Art Basel, la gran cita del arte contemporáneo que atrae a esta pequeña ciudad, de apenas 200.000 habitantes, a todo el "who is who" del mercado y las vanguardias. Pero Basilea exhibe sobre todo con orgullo su renovado y ampliado Kunstmuseum, un museo de arte que sorprende al visitante por sus poderosos fondos. Es la "joya de la corona" de una ciudad asomada al río Rin y cruzada por los tranvías en un casco urbano al que apenas entran los coches. La calidad de vida de Basilea es una de las más altas en ese "parque temático" de la calidad de vida que es Suiza.

Dicen los observadores del turismo que Suiza vuelve a estar de moda. Este pequeño país asociado durante años a la imagen de "patria del dinero" o a la capacidad de atracción de los Alpes, suma en pocos metros cuadrados su espectacular geografía con la pujanza de ciudades ni demasiado grandes ni demasiado pequeñas, y sobre todo, cómodas. Es cara, sí, pero como todo el centro de Europa, y el país, fiel a los tópicos, funciona como un reloj, al menos a los ojos del visitante. Quizás sus habitantes piensen otra cosa.

Tranvías y peatones

El viajero que llegue desde el País Vasco puede comprobar el funcionamiento. Si vuela desde Bilbao a Zúrich en el servicio directo ofrecido por Swiss Air conectará fácil con el tren que sale desde el mismo aeropuerto hasta Basilea. En apenas una hora llegará al destino. Puede utilizar además el Swiss Travel System, un sistema de transporte que con un solo billete permite disfrutar de todo el transporte público de Suiza, sea en tren, autobús o barco, incluido el transporte urbano en más de 75 ciudades, un 50% de descuento en la mayoría de remontes de montaña y entrada libre en más 470 museos.

O sea, que ya estamos en Basilea. Grandes aparcamientos periféricos absorben a los coches particulares y prácticamente todo el centro urbano es peatonal, con la opción de los tranvías para moverse. El Rin, en verano, se presenta espectacular, incluso con la posibilidad de bañarse en sus aguas bien atentos a las corrientes que sacuden el río. Las terrazas tientan al visitante y algunas calles acogen a cientos de jóvenes, y no tan jóvenes, en tragos nocturnos. En invierno muchos estudiantes se forman en las veteranas universidades de la ciudad (alguna está considerada entre las más antiguas de Europa) y en verano son los lugareños y turistas los que disfrutan. ¿Quién dijo que Suiza era aburrida?

La gran plaza del mercado, con su palacio municipal de color rojo, es el epicentro de una ciudad que mezcla sus construcciones históricas con el catálogo más moderno de la arquitectura contemporánea. Los célebres Herzog y De Meuron son de Basilea y su estudio, en el que ahora trabajan varios cientos de profesionales, ha dejado aquí su huella.

También Mario Botta, Diener & Diener o Richard Meyer firman edificios en el paisaje urbano. Lo moderno y lo viejo se mezcla con orden si exceptuamos alguna de las torres levantadas por las empresas farmacéuticas, que rompen el "skyline", aunque eso no parece inquietar a unos vecinos que se reconocen en la vertiente cultural de la ciudad, pero saben que sus ingresos vienen en buena parte de los gigantes laboratorios.

La catedral gótica, las iglesias medievales y multitud de plazas se visitan con facilidad pese a las colinas integradas en el propio casco histórico, que convierten puntos de la ciudad en recorridos con cuestas y escaleras que terminan permitiendo gratificantes vistas. Porque con un poco de esfuerzo uno acaba divisando en el horizonte los no tan lejanos Vosgos o la Selva Negra.

El primer museo

Pero hemos venido con coartada cultural, así que visitemos ya el Kunstmuseum, uno de los 40 museos de una ciudad que presume de contar con el número máximo de museos por habitante de todo el país. El Kunstmuseum es, según los suizos, el primero abierto al público como tal, en 1669. Su colección incluye desde una completa representación de la pintura flamenca hasta una muestra de arte contemporánea con una buena serie de Picassos.

El edificio se ha ampliado ahora en función de un proyecto del estudio de arquitectos Christ & Gantenbein, que ganaron un concurso en el que participaron más de 200 competidores internacionales. La ampliación, que ha necesitado tres años y medio de obras y fue terminada respetando el plazo y presupuesto, agrega 19 salas y 8.000 metros cuadrados de espacio útil. El nuevo edificio se conecta al histórico a través de túneles subterráneos. Ha costado 91 millones de euros y se ha financiado en más de la mitad con fondos privados.

Hoy el Kunstmuseum Basel cuenta con una colección de 4.000 telas, esculturas, instalaciones y vídeos, además de 300.000 dibujos y grabados que representan la creación occidental a lo largo de siete siglos. Especialmente reconocida es su sección impresionista, con obra de Monet, Degas, Renoir y Pisarro.

El alma se alimenta en Basilea. Pero si uno también quiere dar de comer al cuerpo puede acercarse a la Confiserie Schiesser, una de las más célebres pastelerías suizas, fundada en 1870. Chocolate, quesos, buenas cervezas... La "otra" cultura también es buena excusa para viajar a Basilea y Suiza.