La OSE en cinco vidas

De izquierda a derecha, Beatriz Linares, Jon Larraz, Ricardo Ruiz, Javier Almarza, Raquel Cortinas e Iciar Múgica en el escenario de la sede de la OSE en Miramón/
De izquierda a derecha, Beatriz Linares, Jon Larraz, Ricardo Ruiz, Javier Almarza, Raquel Cortinas e Iciar Múgica en el escenario de la sede de la OSE en Miramón

La Orquesta Sinfónica de Euskadi reúne a músicos que provienen de catorce países, recorren 15.000 kilómetros por temporada y cultivan aficiones de todo tipo

MARÍA JOSÉ CANOSAN SEBASTIÁN.

Pasar 24 horas con la Orquesta Sinfónica de Euskadi puede ser toda una aventura o resultar aburrido. Todo depende del día. Muchas veces, el trabajo de un músico se resume en realizar el ensayo con el director que corresponda por la mañana y volver a su casa o a la sede para practicar con su instrumento por la tarde. Nada muy distinto a acudir a una oficina, aunque con la peculiaridad de que el jefe -el director- varía, lo que obliga a adaptarse continuamente, y a que la exigencia de su labor les convierte casi en deportistas de élite: hay que practicar constantemente para mantenerse al cien por cien. Sin embargo, al igual que cualquier otro trabajo, se puede decir que hay cierta rutina en el funcionamiento diario, lo que permite a los músicos tener otras aficiones. Es el caso de Iciar Múgica, Jon Larraz, Javier Almarza o Beatriz Linares. Otros, como Raquel Cortinas y Ricardo Ruiz, comparten trabajo y familia. Son cinco vidas entre todas las que conforman la orquesta.

Iciar Múgica es violinista de la OSE desde 1991. Correr es una de sus principales aficiones. Empezó a hacerlo hace tres años y medio y es algo que, según asegura, «me da mucha energía y más capacidad para todo. Para mí ha sido un descubrimiento, disfruto mucho, sobre todo en el club Donostiarrak, que cuenta con unas personas maravillosas que me motivan muchísimo. Con ellos todo es positivo, hay una gran colaboración, te ayudan a superarte y esto es algo que se puede reflejar también en el trabajo con una orquesta, puesto que correr te da calma, capacidad y serenidad para los conciertos». En estos tres años, Iciar Múgica ha estado en el podio en tres medias maratones y también ha sido galardonada en carreras más cortas.

El violonchelista Jon Larraz (Donostia, 1978), lleva en la OSE desde 2006 y también corre, -de hecho acaba de hacer la última carrera de empresas junto a Iciar- pero su gran pasión es el surf. «Desde pequeño hacía bodyboard y a raíz de una gira que hicimos por Brasil y en la que aproveché el día libre para hacer surf, me enganché. Cuando volví me compré el neopreno y hasta hoy. El surf es barato y terapéutico, es como ir al monte, porque es una actividad al aire libre, en el mar, que tiene algo de relajante. Ahora voy menos porque acabo de tener mi segundo hijo hace dos meses, pero espero poder empezar a ir un poco más».

Javier Almarza, trombón, es famoso en la orquesta, a la que pertenece desde su creación en 1982, por las caricaturas o los montajes fotográficos que elabora de directores y compañeros. Todos dicen que es un gran artista, aunque él habla de su afición con modestia. «Empecé dibujando, desde niño. Siempre me ha gustado. Lo de las caricaturas vino después, aunque sólo las hago cuando estoy inspirado. Suelo trabajar también con montajes fotográficos, sobre todo con fotos de mis amigos. Cuando veo que es su cumpleaños, cuelgo un montaje en facebook a modo de felicitación».

Beatriz Linares acaba de cumplir 30 años, toca el violonchelo y entró en 2012 en la OSE. A ella le da tiempo a todo: hace repostería, cose (le gusta hacerse su propia ropa o customizarla), también le encanta la fotografía y hace deporte. Lleva una vida muy distinta a los que comparten familia, trabajo e incluso atril, como los violinistas Raquel Cortinas y Ricardo Ruiz. Ellos representan a unas cuantas parejas que existen dentro de la OSE. «Nos conocimos estudiando en la Escuela Reina Sofía de Madrid y empezamos a salir. Luego continuamos estudiando en Valencia, empezamos a colaborar en la OSE y sacamos plaza, primero Raquel y luego yo», explica Ricardo. La conciliación del trabajo de un músico de orquesta con una hija de poco más de un año «tiene sus complicaciones», explica Raquel, nacida en Alemania y crecida en Suiza. «Tenemos el mismo horario de trabajo y es complicado, sobre todo en los días de concierto».

Un turno distinto

Cuando tienen concierto, cosa muy habitual en el trabajo en una orquesta, todo cambia, empezando por el horario. El ensayo se transforma en actuación por la tarde-noche y el trabajo se muestra al público. Es como si a uno le aplaudieran por haber realizado correctamente su trabajo. Eso marca. Pero también el hecho de crear música a la vez que otros ochenta compañeros. Supone compartir un pedacito de arte que, sin duda, sale de dentro. Es lo que hace que un músico sea diferente al resto de los humanos. Iciar Múgica lo tiene claro: «Hay una cierta diferencia con otros trabajos. Cada concierto es un reto personal y te sube la adrenalina». Beatriz añade que «no sé si es un trabajo peculiar; creo que somos normales. Lo más peculiar es que hacemos algo que llevamos haciendo desde niños. Yo empecé con el violonchelo con 7 años y se ha convertido en mi forma de ganarme la vida, pero creo que es algo similar a los deportistas de élite o a los que hacen ballet. Es un trabajo, pero también una pasión. Me siento afortunada de que lo que hago desde niña me dé de comer».

Para Ricardo, «la mayor peculiaridad de este trabajo son los horarios. Con trabajos más convencionales los horarios son estables. Nosotros trabajamos por la mañana o por la tarde, tocamos fines de semana... y no siempre es igual». Raquel añade que «somos como los deportistas; no podemos perder la forma y tenemos que llevarnos trabajo a casa, porque hay que estudiar. Por eso, en nuestro caso, además de turnarnos en el trabajo, también lo hacemos en casa para poder estudiar con la niña». A pesar de la diferencia de edad, Javier Almarza comparte estas ideas. «Cuando la gente te dice que tienes suerte porque eres músico, me río. Tengo la suerte de trabajar en lo que me gusta, claro, pero como un médico o un abogado. La música es un arte y podríamos decir que somos especiales y artistas, pero esto no deja de ser un trabajo. Hay veces que no haces lo que quieres, tienes unas obligaciones, tienes que estar al cien por cien, tocar delante de la gente... no es el disfrute que tiene el aficionado; es un trabajo. No somos especiales. Somos totalmente normales». Jon Larraz añade que «depende del tipo de relaciones que tengas más que de cuál sea tu trabajo. Yo no me considero diferente para nada. No tengo clara la imagen que da la orquesta en la sociedad, pero soy de aquí, tengo mi cuadrilla, ninguno de ellos es músico y creo que eso influye en que no me sienta diferente».

Kilómetros de música

Los músicos de la Orquesta de Euskadi tienen una peculiaridad sobre otros compañeros de profesión: la constante itinerancia. Recorren casi 600 kilómetros por programa para actuar en las cuatro capitales. Prácticamente todos los conciertos se ofrecen en San Sebastián, Vitoria, Bilbao y Pamplona. Esos días salen de la sede por la tarde y vuelven a casa bien entrada la noche. Para todos es cansado, pero para algunos como Beatriz Linares, es un momento de ocio. «Desde que me compré el ipad, lo llevo bien, porque es un capítulo por trayecto de mis series favoritas. Durante el viaje me olvido del mundo y gano tiempo, porque ya no veo las series en casa. Aprovecho los viajes».

Como madre de una niña pequeña, Raquel ve los viajes de otra forma. «Es complicado, porque supone que tanto Ricardo como yo estemos unas ocho horas fuera de casa. Por eso he cogido una reducción ahora. Me he tomado la maternidad con tranquilidad». El trombonista Javier Almarza ve dura esta itinerancia «Los años te van minando. Al final haces un montón de kilómetros y cuando tienes 25 años te da igual, pero con la edad te vas cansando». Jon Larraz tiene dos hijos pequeños de dos años y cuatro meses. «La ida la llevo bien, pero la vuelta se me hace más cansada. Lo que más me molesta no es el viaje, sino que la semana que tienes conciertos se te cambia toda la vida: no puedes cenar con tu familia a la hora habitual, es como si hubieras cambiado de turno y el cuerpo lo nota».

Lo que puede ser una jornada 'normal' en el trabajo de músico de orquesta, en palabras de Beatriz, «cambia mucho si se trata de semana de ensayos o de conciertos. En el primer caso, ensayas de 10 a 14 horas y tienes tiempo de todo por la tarde: en mi caso, de hacer deporte, hacerme un vestido, cocinar, estudiar... Si es semana de concierto, el horario es al revés, porque tenemos la mañana libre. No hay rutina. Cada día es diferente». Su compañera Raquel Cortinas no opina lo mismo. «Tienes tus horas de ensayo o concierto y las de estudio». Ricardo añade que «este trabajo, de alguna forma, es una rutina».

Jon Larraz comenta que «tenemos las semanas de ensayo y concierto. Las primeras son las que más me gustan, sobre todo si ensayamos en el Kursaal. Pero también es un lujo tener concierto allí después de haber surfeado por la tarde en la Zurriola». En opinión de Javier Almarza, una jornada 'normal' «depende de lo que estés tocando. Un músico tiene que estar siempre al cien por cien y parece que no tienes nunca ningún momento de bajar la guardia y los años pesan. Somos personas, tenemos momentos buenos y malos y todo influye».

Las giras, motivadoras

La vida de un músico de orquesta se complica cuando van de gira. En esos casos, se pasa mucho tiempo fuera de casa y de alguna manera, se convive con los compañeros. Iciar Múgica las valora positivamente. «Para mí son motivadoras, porque suponen una ocasión de mostrar cómo está la OSE fuera y es increíble la convivencia; puede ser muy buena o asfixiante, pero lo considero una experiencia muy positiva».

Beatriz Linares destaca aún más aspectos. «Como no tengo hijos, las giras me parecen estupendas, voy muy a gusto porque tenemos muy buen ambiente con los compañeros. Supongo que cuando tenga familia me costará más, pero ahora aprovecho». Jon, a pesar de ser padre, también las disfruta. «Todas las giras no son iguales, pero en principio están guay porque te motivan. Sales fuera, estás en otra ciudad, pasas tiempo con la gente de la orquesta y hablas con ellos, cosa que no puedes hacer durante el año».

A Raquel y Ricardo todavía no les ha tocado ir a ninguna gira. «Este año tenemos el final de temporada en Madrid. Viajaremos los dos con la niña, irán los padres de Raquel desde Suiza, se quedarán con nuestra hija mientras tenemos los ensayos y los conciertos y luego iremos ya de vacaciones. Si no, uno de los dos se queda en casa, claro».

Con este tipo de vida es difícil hacer otras actividades musicales que no estén organizadas directamente por la OSE. "Es difícil, pero intentamos sacar tiempo y tocar también por nuestra cuenta, porque es muy interesante para nosotros», apunta Iciar. Beatriz añade que «lo bueno que tiene esta orquesta es el ciclo de matinées, porque te permite hacer cámara, algo que no abunda en Donosti». Por su parte, Jon opina que «cada uno es diferente. Yo cuando estudiaba me metía en mil cosas y ahora también si puedo hacer cosas las hago».

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