Diario Vasco

Tras la estela de los balleneros vascos

  • Una expedición recorrerá las costas de Terranova y Labrador donde pescaban estos marinos intrépidos en el siglo XVI

La historia de los balleneros vascos, que algunos sitúan en las frías costas de Terranova antes de que Colón descubriese América, ha pasado del mundo de las leyendas al de los estudios científicos, plasmada ya en algún que otro documental y un museo perdido en la aldea canadiense de Red Bay. Ha sido también durante los últimos cuatro años la obsesión de un vasco afincado en Nueva York desde hace un cuarto de siglo, Iñaki Arizmendi, que en junio de 2017 conseguirá adentrar en esas inhóspitas tierras custodiadas por los glaciares a un selecto grupo de viajeros que rastreará las huellas de los míticos balleneros vascos de la mano de tres célebres antropólogos, sin perder un ápice de confort.

«Para los vascos es muy importante comer bien», tuvo que explicar el viernes Iñaki Arizmendi en el Club de Exploradores de Nueva York, donde presentó la expedición que prepara. El propio Basque Culinary Center de San Sebastián se ha embarcado con él para hacerse cargo del menú de a bordo. Lo supervisarán personalmente dos chef que acompañarán a la expedición en un viaje privilegiado que no se puede comprar en cualquier agencia de viajes (www.ballenerosvascos.info).

La Arabia del siglo XVI

Será una expedición científica cultural para la que Arizmendi ha contratado un moderno rompehielos de lujo, el 'Endeavour', en el que incluso montará dos helicópteros con los que transportar a sus pasajeros hasta las zonas más escarpadas de la isla de Terranova y la península de Labrador, donde sus antepasados vascos dieron caza a más de 20.000 ballenas en el siglo XVI. Con su grasa, procesada en combustible en esos mismos fiordos, se calentaba media Europa, por lo que esta región de Canadá era, en palabras del antropólogo Robert Grenier, «la Arabia Saudí del momento».

El comercio de la ballena en el Cantábrico había languidecido desde que ingleses y franceses se sumaron al éxito de los balleneros vascos, lo que les obligó a buscar nuevos bancos de pesca en tierras remotas a las que tardaban dos meses en llegar y de las que a menudo no volvían. Quizás por eso los arrantzales guardaban celosamente sus rutas como si fueran la fórmula de la Coca Cola, alimentando así un halo de misterio que algunos investigadores como Grenier se empeñan en desentrañar.

En 1978 descubrió en Red Bay, a sólo diez metros de profundidad, el 'San Juan', el galeón ballenero mejor documentado de la historia, ya que la expedición de Grenier lo sacó pieza a pieza para su estudio, lo fotografió y analizó hasta la saciedad antes de devolverlo al mar. Conservarlo en tierra firme habría sido extraordinariamente costoso, así que decidió dejarlo en manos de la naturaleza, que tan buen trabajo había hecho desde 1560.

De los fragmentos de barricas que encontró a bordo concluyó lo que ya se sospechaba, que los vascos las llevaban cargadas de sidra y txakoli, que se dosificaban a tres vasos diarios por cabeza. Gracias a sus vitaminas los marinos no contraían el escorbuto que mermaba a las tripulaciones francesas o inglesas, alimentadas sólo de pescado.

Del estudio del 'San Juan', cuya réplica descansa en el museo de Red Bay y está siendo reproducida actualmente por métodos artesanales por la Fundación Albaiola de Pasaia, se dedujo que los galeones británicos estaban construidos en los astilleros vascos de acuerdo a estos modelos balleneros, capaces de cruzar el Atlántico antes que los demás. A su vuelta los vascos paraban en Islandia, Irlanda, Inglaterra y Francia vendiendo el preciado combustible de grasa de ballena que iluminaba Europa. El negocio llegó a ser tan suculento que con sólo un viaje se pagaba toda la nave.

Arizmendi sólo necesitará 200 pasajeros para financiar la expedición de una semana que, coincidiendo con la elección de San Sebastián como Capital Europea de la Cultura, busca más cumplir un sueño que alimentar un negocio. Por eso los precios empiezan en poco más de dos mil euros por pasajero.

Palabras en euskera

Como los vascos del siglo XVI no construyeron puentes ni acueductos, reconstruir su epopeya requería de antropólogos como Grenier, que estará acompañado por su colega vasco Manu Izaguirre y la canadiense Latonia Harteri. Esta última se crió en esas costas donde cada aldea puede tener diez o veinte casas de madera, pintadas de colores para encontrarlas en medio de la niebla.

Harteri recuerda haber sabido desde niña de la antigua presencia de marineros vascos, pero sólo de adulta descubrió que éstos pusieron nombre a sus pueblos donde todavía se dicen sin saberlo palabras que «inventaron los vascos, los franceses las masajearon y nosotros las decimos en inglés», cuenta fascinada. La antropóloga, de 40 años, asegura que cuando visitó Euskadi se le encogió el alma ante el gran parecido del paisaje y la familiaridad de su gente. «Fue como si ya hubiera estado aquí en otra vida».

Ella es de los que creen que los vascos se adelantaron a Colón, aunque no se pueda demostrar, porque «para principios del siglo XVI ya tenían un conocimiento tan sofisticado de la orografía de nuestra región que cuesta creer que acabasen de llegar». De antes de 1492 es también un documento inglés que ha identificado en el que los vascos vendieron pieles enrolladas en la manera que utilizaban los indígenas canadienses.

Pero a diferencia de otros contemporáneos, a los balleneros vascos no los financiaba ningún gobierno ni tenían interés en plantar banderas. Sólo iban a hacer negocios. «Por eso en Canadá todos aprendemos quién era Jacques Cartier pero no sabemos nada de los vascos que vinieron antes que él a crear una industria», lamentó el consejero comercial del consulado canadiense en Nueva York. Su gobierno se ha propuesto, como Arizmendia, hacer justicia a esos arponeros que descuartizaban ballenas silenciosamente en las frías aguas del Atlántico Norte, sin imaginar ni remotamente que 500 años después otros vascos más acomodados querrían revivir sus travesías como la gran aventura de sus vidas.