Azpeitia llora la muerte de Iñigo Larrañaga

Apasionado del deporte. Iñigo, en una foto cedida por su familia.

El cuerpo del joven fallecido en accidente en La Mongie llegará este miércoles a su localidad natal. Acudió con ocho amigos a practicar uno de sus deportes favoritos. Se fue por su cuenta, fuera de pistas, donde chocó contra unas rocas

ELI AIZPURU azpeitia.
Martes, 2 enero 2018, 19:55

«Era el hijo que yo había soñado». Son las palabras de un padre desolado por la pérdida de su primogénito. Azpeitia no ha vivido un final de año feliz, mucho menos la familia Larrañaga Aiestaran que el pasado sábado recibió la fatal noticia de la desaparición de su hijo, Iñigo Larrañaga, en las pistas de la estación de esquí de La Mongie, en el Pirineo francés. Unas horas más tarde, efectivos del pelotón de gendarmería de alta montaña y del servicio de pistas del campo de Grand Tourmalet, certificaban su muerte. La noticia corrió como la pólvora el domingo en Azpeitia donde además los familiares son muy conocidos, ya que regentan el bar Elurra de la villa urolatarra.

Se esperaba la llegada del cuerpo del esquiador fallecido a su localidad natal este martes, pero los trámites de la repatriación se han alargado y su cuerpo llegará este miércoles. El funeral se celebrará el jueves a las 19 horas en la parroquia de San Sebastián de Soreasu.

Los amigos de Iñigo se acercaron el lunes por la tarde a dar su apoyo a los padres y a la hermana de su compañero. Todos ellos se habían reunido para hacer más corta la espera de la llegada del cuerpo del esquiador y «entretener y consolar» en la medida de lo posible a la familia. Encima de la mesa, el casco de Iñigo, el mismo que llevaba puesto en el fatídico accidente, «está intacto», decían.

Ocho compañeros se habían reunido el pasado sábado, día 30, en la estación de La Mongie para pasar un día de esquí y realizar el camino de vuelta el mismo día. La idea era volver a Azpeitia a celebrar el fin de año. Cinco de ellos habían acudido a Francia el día anterior pero Iñigo y otros dos de su cuadrilla realizaron el viaje por la mañana. Preveían un gran día de disfrute en la práctica de uno de sus deportes favoritos, el esquí. «Fue un día desordenado», comentaba uno de ellos.

Iñigo era un esquiador experimentado. Pese a su corta edad, tenía mucha experiencia en este deporte que había practicado junto a sus padres desde muy pequeñito. En la cuadrilla, al ser algunos más hábiles que otros con los esquís, cada uno había pasado la mañana «por su cuenta». No era la primera vez que lo hacía, «por la mañana también había andado por su cuenta». «Hacia las 14.30 horas nos reunimos seis amigos por vez primera en la telesilla y subimos juntos. Iñigo comentó que quería esquiar fuera de pista, así que, otro amigo le encendió la cámara que llevaba en el casco y quedamos en vernos abajo».

Llegaron a la estación de esquí, y esperaron un rato a que apareciera Larrañaga, pero este no llegaba. «Cuando los telesillas pararon y dejaron de funcionar como fin de la jornada, empezamos a preocuparnos», señalaba otro de ellos. Dieron cuenta a la gendarmería pero no fue hasta las 18.30 horas cuando el equipo de rescate puso en marcha el helicóptero. Para entonces habían llamado docenas de veces a sus amigo pero éste no contestaba. La búsqueda duró hasta las 19.30. «El helicóptero no encontró nada y nos tomaron los datos y nos dijeron que hasta la mañana siguiente no reanudarían el rescate. Ahí ya nos quedamos helados. Nuestra intención era volver el mismo día porque sabíamos que Iñigo no se había entretenido desplazándose a otro lugar, tal y como nos sugerían».

«Era el hijo que yo siempre había soñado», le recuerda su padre, desolado

Mientras tanto, la familia ya estaba al corriente de lo sucedido. Txomin, el padre de Iñigo, acompañado de los montañeros locales Josu Bereziartua y Julian Soraluce, ya estaba de camino a La Mongie. Cuando llegaron ya se había abortado el rescate y nada se podía hacer hasta la mañana siguiente. «Los dos montañeros enseguida se percataron de que nada se podía hacer y con los nervios del momento, fueron de gran ayuda», aseguraban los amigos, recordando los duros momentos de espera. Para cuando amaneció los tres ya se habían puesto de camino a la montaña, al lugar en el según conocían los amigos había bajado Iñigo. «Para las nueve de la mañana el helicóptero había encontrado el cuerpo». Al parecer, el joven habría impactado contra unos peñascos y como consecuencia del golpe contra las rocas sufrió la fractura de varias cervicales. «Su cuerpo yacía a cincuenta metros de pista».

El cadáver se encontraba ayer en el tanatorio de Tarbes a la espera de ser repatriado.

Trabajaba en Madrid

Los familiares, amigos y entorno de Iñigo Larrañaga solo tienen buenas palabras para recordar su persona. El joven, de 24 años, había finalizado los estudios de Diseño Industrial con un Máster añadido en Diseño de Servicios y Productos. Hace cerca de dos años se trasladó a Madrid para realizar prácticas en Telefónica y nada más terminar el periodo de prácticas se había puesto a trabajar en la app Drivies de la misma firma. «El primer año fue muy duro para él. Se encontraba lejos de su entorno, del mar, de la montaña. Ahora ya se había asentado y le veía bien», comentaba su padre.

Y es que Iñigo era un amante de la montaña, del mar y de todos los deportes en general. Había practicado ciclismo y era un apasionado del remonte. Desde muy pequeñito se había acostumbrado a acudir a Jaca para esquiar en Astún o los alrededores con su familia, además de unas grandes cualidades para la práctica del deporte. «Subió el Aneto con tan solo trece años», recordaba Txomin.

Además de buen estudiante y gran deportista era también trabajador. Los fines de semana, siempre que podía, y en fiestas, ayudaba en el bar de sus padres. Amigo de sus amigos, no desaprovechaba las oportunidades para disfrutar con ellos. Participaba también en las festividades locales como en la Tamborrada de San Sebastián, donde tocaba el tambor en Alkartasuna. «Sabía lo que costaban las cosas porque en más de una ocasión le había puesto a trabajar en el caserío que llevamos construyendo poco a poco a los largo de estos últimos años y para ello tenía que dejar de lado salir con la cuadrilla. Nuestro sueño era terminarlo juntos», se lamentaba Txomin.

Gran amante de la música, desde muy pequeñito tocaba el piano y era un aventajado alumno de órgano. «Con el último dinero que le había dado nuestro padre se compró un piano para ponerlo en el piso de Madrid», recordaba su hermana Irene. También había participado en concursos de baile a lo suelto.

Con tan solo 24 años su vida ha quedado truncada para siempre. Al menos, a sus allegados les queda el consuelo de que el fatal desenlace haya ocurrido haciendo una de las cosas que más le gustaban: esquiar en uno de sus entornos preferidos, la montaña, y acompañado de sus amigos.

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