Diario Vasco

La nueva pasarela

Pasarela metálica en la Estación del Norte.
Pasarela metálica en la Estación del Norte. / KUTXATEKA
  • 1898 La llegada del ferrocarril creó una barrera que alejó del centro de la ciudad a los vecinos de Egia y Loiola

La llegada del ferrocarril a San Sebastián a mediados del XIX supuso un gran avance para la vida de los donostiarras, más allá de cuanto facilitó el comercio, las comunicaciones e incluso el acercamiento a otras culturas. Pero, junto a este cúmulo de ventajas para la mayoría, estaba el incordio que aquellos caminos de hierro ocasionaron a algunos vecinos a los que, más que acercar, el tren separaba.

Eran los afectados quienes tenían su residencia en la zona de Egia y Loiola (máxime quienes desde los caseríos acudían a diario con sus productos al Mercado de la Brecha) que acostumbrados a llegar en un santiamén al centro de la ciudad ahora, para hacer el mismo recorrido, tenían que dar un rodeo por San Francisco (Atotxa-Iztueta) o Miracruz hasta el puente de Santa Catalina, salvo que quisieran arriesgar su vida cruzando las siempre peligrosas vías.

Según avanzaban los años y la población optaba por construir sus viviendas en el ensanche de Amara, el número de perjudicados creció de forma tan considerable que al Ayuntamiento no le quedó otro remedio que enfrentarse al problema y buscarle solución. Se solventó parte de la cuestión construyendo un estrecho puente de madera que uniera la estación con el paseo de los Fueros, pero no evitó que se rebajara el enfado de los damnificados.

El siguiente paso fue proyectar una pasarela metálica sobre las vías del tren, comunicando ambas partes de las mismas sin riesgo para los peatones. Se construiría frente al que más tarde se llamaría puente de María Cristina (antecedente de los pasos subterráneo y aéreo que hemos conocido), pero los informes técnicos resultaron negativos por estar muy próxima a los andenes donde paraban los trenes.

Consultadas nuevas fórmulas para la construcción de la pasarela, se consideró como lugar más idóneo el espacio comprendido «entre la fonda y las cocheras», es decir, junto al hotel Términus, en la avenida de Francia. La tarea no fue fácil debido a la mucha normativa que existía sobre el particular. Había que cumplir con el ordenamiento municipal sobre estética, lo que obligó a elegir unas vigas ligeras que no rompieran el paisaje y que terminaron dando al conjunto una sensación de ligereza a pesar de su gran resistencia.

Otro inconveniente se presentó con la legislación que controlaba la seguridad, marcando determinadas medidas en cuanto a la altura, anchura y arranque de las bases, para que en ninguna ocasión entorpecieran el paso de los trenes ni afectaran a la habitual actividad de la Estación. Superadas todas las trabas, la obra fue adjudicada, el año 1898, a Juan Cruz Arteaga por importe de 34.800 pesetas y el puente contaría con una longitud de 54,36 metros y 2,50 de anchura.

La pasarela quedó obsoleta cuando en 1905 se inauguró el puente de María Cristina. Quedaba a mucha distancia del mismo y, contando con medios técnicos que antaño no se tenían o no se tuvieron en cuenta, se volvió a pensar en una comunicación directa entre el puente y Egia.

En la primera propuesta se sugirió construir un túnel (actual paso subterráneo) por debajo de la estación, pero fue rechazado por su elevado costo y por las dificultades encontradas para que la Compañía Ferroviaria cediera los terrenos.

El siguiente proyecto fue una nueva pasarela aérea que, siguiendo la traza de la anterior, uniera ambas orillas en su nuevo emplazamiento, pero el mucho dinero que suponía atender una estructura metálica -el Ayuntamiento ya estaba escarmentado por el costo del mantenimiento de la primera- aconsejó utilizar el hormigón armado. Y así se hizo.

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