«Vivo el camino como algo muy libre»

En bicicleta. Cinco ciclistas procedentes de Gandía llegan al albergue de peregrinos de la calle Lucas de Berroa, donde van a pernoctar.
En bicicleta. Cinco ciclistas procedentes de Gandía llegan al albergue de peregrinos de la calle Lucas de Berroa, donde van a pernoctar. / FERNANDO DE LA HERA

La Asociación Jacobi busca conservar la tradición de la Edad Media, alimentando y curando a los caminantes

IRATI JARAIRUN.

«Llegan cinco ciclistas de Gandía», le dice Félix Estévez, hospitalero y responsable gestor del albergue a su mujer, Alfonsi Vega, también hospitalera y recepcionista en ese momento. Félix los atiende con un trato muy cercano, les explica dónde está cada cosa, cómo funciona el albergue y les entrega un juego de sábanas a cada uno. «La ducha, sólo por las noches y hasta las diez». «Genial, ¿y el precio?», pregunta uno de los cinco. «Donativo, se busca conservar la tradición de la Edad Media, alimentar y curar al peregrino, sin poner un precio», aclara. El hospitalero hace, incluso, el trabajo de guía: «Los ciclistas tenéis que seguir las flechas amarillas, son caminos diferentes».

A los pocos minutos, entran dos nuevos peregrinos, una mujer canadiense, que llama la atención por su indumentaria: un vestido rosa y sandalias -«ha venido sin equipo, le hemos mandando a Deportes González a comprarse algo»- y un italiano muy gracioso en busca de una gustosa cama para dormir. «Arriba estamos completos, te enseño la habitación de abajo, a ver si te gusta», le explica Félix. «A mí me gusta todo, no necesito ver nada», responde.

«Lo que hago estos días es ver cómo me está yendo la vida y saber qué quiero»

Cobijo y alimento

En lo que va de año, el albergue irundarra ha dado cobijo y alimento a más de 5.000 mil peregrinos venidos de todas partes. «Tenemos gente de donde menos te lo esperas, ahora mismo hay un japonés», dice Alfonsi. 24 camas arriba y 26 en el piso de abajo. «Cuando estamos completos, sacamos alguna colchoneta de emergencia o les mandamos a otros albergues, como Capitán Tximista, Capuchinos o, incluso, a las Carmelitas».

Cocina, ducha, mucha ayuda, información de todo tipo y cariño es lo que ofrece el matrimonio los diez días que trabajan como hospitaleros. «Les damos de desayunar, solemos poner té, manzanilla, café, leche, bollería y tostadas con mantequilla y mermelada, que es lo que más les suele gustar», añade la hospitalera Alfonsi Vega.

«Es una manera de hacer deporte, al tiempo que conoces gente y maravillosos lugares»

El Vagón de Cola y el Bar Fuenterrabía también dan amor, en cierto modo, a los peregrinos que se acercan a Irun. Un menú especial y barato a todos aquellos que enseñen la credencial. No es de extrañar que peregrinos como el barcelonés Raúl hayan querido repetir por sexta vez el camino. «Es la sexta vez que hago algún tramo del Camino de Santiago. El primero fue de Logroño a Santiago, el segundo de Pamplona a Finisterre, después de Burgos a Santiago, dos veces el primitivo y por último el del norte, desde Avilés, por la costa. Esta vez voy a hacer el del norte por este lado y a ver hasta dónde llego..».

Tanto para el barcelonés como para el alemán Tobías, otro de los peregrinos que pasa la noche en la ciudad, el Camino de Santiago es una manera de «hacer deporte al mismo tiempo que conoces gente y maravillosos lugares».

«Yendo de albergues y paseando, da mucho más que ir de turista», apunta Raúl. «Lo que hago estos días es estar conmigo mismo, ver cómo me está yendo la vida y saber qué quiero para el año que viene».

Para otros, sin embargo, la esencia de hacer el camino no es esa. «Muchos jóvenes empiezan aquí, después van a San Sebastián para pasar allí la Semana Grande y terminan en Bilbao, también en las fiestas de allí», cuenta Alfonsi. Aunque la mayoría de las personas hacen el camino completo. «Me acuerdo de un matrimonio que llevaba cuatro hijos muy pequeños en el remolque de la bici».

Sin duda alguna, en lo que sí coinciden todos los peregrinos es en que esta aventura sirve para hacer duraderas amistades. «Se hacen muchísimos amigos, algunos viajan durante todo el camino juntos, otros se separan pero siguen conservando la amistad. Yo vivo la experiencia como algo muy libre, aunque he llegado, incluso, a ir a Alemania a visitar viejos amigos que hice», cuenta Raúl.

Félix Estévez había hecho varias veces el camino cuando leyó en Internet que existía la posibilidad de apuntarse como hospitalero. «Me comentó la idea y nos lanzamos», dice Alfonsi, «y al tiempo, hicimos el camino juntos».

Al inicio del año, se organiza el calendario. Cada hospitalero está diez días cuidando y mimando a los peregrinos que pasan por allí. «Ahora nos toca a nosotros, pero en unos días vienen otros dos». No hay religiones, idiomas o culturas que impidan ser hospitalero, «no siempre son gente de la ciudad. Vienen alemanes, murcianos, vascos de distintas localidades...»

Temas

Irun

Fotos

Vídeos