Ricardo Requejo: «Este abrazo de mi ciudad natal es diferente del resto de premios»

Premiado. Requejo, en las escaleras del ayuntamiento que mañana subirá para recibir su medalla./F. DE LA HERA
Premiado. Requejo, en las escaleras del ayuntamiento que mañana subirá para recibir su medalla. / F. DE LA HERA

IÑIGO MORONDOIRUN.

Ricardo Requejo recibe mañana la Medalla de Oro de la ciudad, un pianista de un nivel excepcional que toda su vida ha llevado a gala su irundarrismo. Tiene 79 años y un currículo asombroso donde galardones y reconocimientos se han sucedido continuamente desde aquel Primer Premio Fin de Carrera de Piano que con 17 años logró en el Conservatorio de San Sebastián. Siguió acumulando méritos académicos en París y en tantos otros lugares, y llegaron también otros muchos premios como intérprete. Ha ofrecido recitales en Europa, Asia y América y enseñado a alumnos también en los tres continentes.

-¿Qué puede significar para alguien con su trayectoria una distinción de su ciudad natal?

-Es un premio completamente diferente de cualquiera que haya podido recibir antes. Nací en la calle Eguzkiza y mis años de niñez me marcaron. Que, ahora, la ciudad que me vio nacer me llame, me reconozca, me premie... Es como un enorme abrazo que me da Irun y eso me emociona.

«Cuando le dije al atta que quería estudiar en París me dijo 'no somos los Rothschild'»

-Aquí empezó a estudiar música. Con Primitivo Azpiazu, tengo entendido.

-En realidad, quise ir a la Academia Municipal cuando empezó mi hermano Ramón, que tenía 10 años, cuatro más que yo. Primitivo Azpiazu me dijo que era demasiado pequeño y que volviera al año siguiente. Me enfadé, pero cuando llegué a casa, ya le había dado la vuelta. Le dije a mi hermano que me enseñara él lo que aprendiera en la Academia. Así que Ramón fue mi primer maestro. Cuando al año volví a la Academia, Primitivo Azpiazu se sorprendió de que llegara ya con la lección aprendida.

-¿Cuándo entró el piano en su vida?

-Lo primero que aprendí fue oboe con Luis Emparan, y con ese instrumento, a los 12 años, entré en la Banda Municipal que dirigía Teodoro Murua. En paralelo llegó el piano. A los nueve años descubrí que, en la calle Uranzu, Ascensión Michelena daba clases. Ella me enseñó a poner las manos y ahí empezó todo. Luego vino el Conservatorio de San Sebastián con José María Iraola y Francisco Escudero; después París, con Vlado Perlemuter...

-Así que en la Academia Municipal sólo aprendió solfeo y oboe.

-Fue la base de todo. Pero, además, en la Academia conocí a Fernando Etxepare, persona muy determinante para mí y un músico extraordinario. Fuimos amigos toda la vida.

-Amigo de Fernando y también del coro que fundó, el Ametsa.

-Siempre he sentido el Ametsa como algo que me pertenecía. Dirigida por Fernando, que se había comprado un acordeón, nuestra cuadrilla empezó a salir con un Olentzero en Nochebuena cantando villancicos. Él y yo intentamos un año que ese coro navideño continuara, pero duró un par de meses. Después de la siguiente Nochebuena lo volvimos a intentar y esa vez sí cuajó. Era el año 57. En abril yo me marché a París y Fernando se quedó dirigiendo un coro de voces graves, germen de lo que hoy es el Coro Ametsa, al que siempre he seguido de cerca.

-¿Cómo era aquella ciudad para un joven irundarra?

-Tenía mucho brillo. Fue muy especial... Tuve suerte, porque había una familia de Irun, los Agesta, que vivía allí. En el Distrito 16. Aún lo recuerdo. Ellos me ayudaron a instalarme en la ciudad universitaria, porque yo no hablaba francés. Ellos me daban de comer todos los días y me lavaban la ropa mientras yo me preparaba para la prueba de acceso. Y menos mal, porque mis padres bastante hacían con pagarme las clases. Cada hora con mi profesor, Vlado Perlemuter, costaba el sueldo de una semana del atta. No sé cómo lo hicieron.

-¿Cuánto duró esa situación?

-Unos meses. Hasta que en septiembre hice la prueba de acceso. Entrar a la primera en el Conservatorio Nacional no era habitual. De hecho, el Ministerio de Educación me premió con una beca que lo cambió todo.

-Ahí arrancó una carrera que le ha llevado a grandes escenarios de todo el mundo, a compartir actuación con importantísimos músicos...

-No me apetece mucho hablar de eso.

-¿Por qué no?

-Porque aquello ya pasó. Soy el resultado de todo lo que me ha pasado en la vida, desde luego, pero lo que hicimos quedó atrás. Ahora estoy en otras cosas.

-¿Cómo qué?

-En septiembre tocaré un concierto en Irun a beneficio de la ONG DOA, porque el intérprete sigue tocando. Sigo teniendo alumnos particulares y uno de ellos tiene en proyecto una Escuela Superior de Música en Plasencia (Cáceres) y le estoy ayudando; así que el pedagogo sigue enseñando. Y con Rafaella Acella, Juan Mari Ruiz, Leticia Vergara y el Ayuntamiento de Irun tenemos un proyecto musical muy bonito en la ciudad.

-¿En qué consiste?

-Lo presentaremos en enero con detalle. Se trata de ofrecer conciertos con músicos locales, que hay muchos y muy buenos, pero casi todos trabajando de Hendaia para arriba (Londres, Maastricht, Estocolmo...). Haremos un ciclo de conciertos en el Amaia. Cobrarán, porque lo de tocar gratis se tiene que acabar, pero serán cachés pequeños. Serán grandes conciertos con entradas a precios bajos. Irun, con el dinero de sus ciudadanos, nos posibilitó aprender lo que hacemos y debemos devolver a la ciudad algo de lo que nos dio. Es un proyecto para sumar, en positivo. Vengo a casa a ayudar en lo posible.

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