Diario Vasco

Cuando Irun ardió y resurgió de sus cenizas

Enrique Noain habló sobre el incendio de 1936 ante una sala abarrotada de público.
Enrique Noain habló sobre el incendio de 1936 ante una sala abarrotada de público. / F. DE LA HERA
  • Enrique Noain pronunció una conferencia sobre el incendio de 1936 y la reconstrucción de la ciudad

El mito del ave Fénix habla de ese ave que, cada 500 años, se consumía en llamas para después renacer de sus cenizas e iniciar un nuevo ciclo. «No hay mejor ejemplo para simbolizar lo que le ocurrió a Irun tras el incendio del 4 de septiembre de 1936», cuando la ciudad vivió «la mayor tragedia urbana de su historia».

Aquel incendio que consumió prácticamente todo el centro de Irun y la posterior reconstrucción fueron los temas de la conferencia que el arquitecto Enrique Noain Cendoya ofreció el jueves en el Museo Oiasso. El acto, titulado 'El incendio de Irun y su posterior reconstrucción', estaba incluido en el programa por el 250 aniversario de Irun como ciudad de pleno derecho, que se está celebrando este año. Enrique Noain disertó sobre el incendio más importante que ha padecido la ciudad, aunque no el único, y las consecuencias del mismo.

Su posición estratégica y fronteriza ha ocasionado que Irun haya sido escenario de «conflictos» desde hace siglos: incendios en 1476 y 1512, invasiones y saqueos, bombardeos y más incendios durante las Guerras Carlistas... Pero la de ese 4 de septiembre de 1936 «fue la peor tragedia», subrayó Enrique Noain.

'Tierra quemada'

La situación en la víspera de la fatídica fecha es la siguiente: tras la sublevación militar del 18 de julio de 1936 y el inicio de la guerra civil, las tropas del coronel Alfonso Beorlegui, procedentes de Navarra, habían tomado Behobia «y se aprestaban a entrar en Irun». Antes de que lo hicieran, «individuos que todos los testimonios históricos han identificado como mineros, proletarios de oriegen asturiano en su mayor parte y de carácter anarquista muchos de ellos, emprenden la huida de Irun y la plantean con la política de 'tierra quemada': se trata de no dejarle al enemigo ni viviendas, ni lugares donde cobijarse, ni abastecimiento de alimentos o ganado, fábricas, talleres...», explicó Enrique Noain.

Según los testimonios de la época, el método que se empleó para quemar las casas fue el de «apilar elementos combustibles al pie de las cajas de escalera de las mismas, rociados con gasolina, para prenderles fuego a continuación».

Y así, buena parte del centro de Irun ardió. Del horror de las llamas quedan algunas instantáneas, como la de la residencia Miota de la avenida Gipuzkoa ardiendo; pero hablan aún mejor de aquella desolación las de los iruneses huyendo hacia Hendaia, esas «escenas de éxodo» que se vivieron en el puente de Behobia. Desde la localidad vecina, las vistas eran «pavorosas»: el humo parecía haberse tragado la ciudad. En la conferencia del jueves se proyectaron varias de estas fotografías, pertenecientes al archivo de José Mari Castillo.

Las imágenes posteriores al incendio son ciertamente impactantes: edificios convertidos en esqueletos, con esas fachadas que no ardieron «por ser de material pétreo» pero que quedaban colgando en el vacío, con las ventanas abiertas al cielo por ambos lados. Las fachadas «mudas» que muestran las fotografías de la época transmiten ese silencio atronador que deriva de la desolación. De las casas que el fuego consumió completamente no quedaron sino escombros. «Irun se hizo transparente». Calles reducidas a dibujos sobre la tierra, un Irun convertido en el plano de lo que antes había sido. La imagen de la devastación.

Las bajas y los supervivientes

Las calles Fueros y Mayor, parte de San Juan y Genaro Etxeandia, el paseo Colón, Cipriano Larrañaga y la calle Aduana fueron algunas de las zonas más afectadas por el fuego. «Ardió el Irun burgués y pequeño-burgués», lo que denota la intención «ideológica» del incendio. Buena parte de las residencias y mansiones de la alta burguesía irunesa de la época fueron pasto de las llamas: la casa de los señores de Larrañaga, en Artaleku; el palacio de Arbelaiz; el palacete de Aquilino Rodríguez, en la calle Zubiaurre; la casa-solar de los Olazabal, en el alto del mismo nombre; la residencia de los herederos de Miota, situada en cruce entre la avenida Gipuzkoa y el paseo Colón...

También resultaron afectados edificios de significación religiosa como el colegio de El Pilar, el de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que estaba junto al Ayuntamiento, la residencia de los Padres Pasionistas y, parcialmente, el Convento de las Siervas de Jesús. En cuanto a los establecimientos comerciales, se quemaron muchas sucursales de instituciones bancarias, el Hotel Palace, la Sociedad Explotadora de Ferrocarriles y Tranvías, 47 agencias de Aduanas y varios depósitos de automóviles.

Otra de las claves que apunta a un incendio «ideológicamente dirigido» es el hecho de que no se quemó el casco antiguo, «donde vivían las clases populares». Tampoco resultaron afectados edificios públicos como el Ayuntamiento, la Aduana, las Escuelas Públicas, el Hospital, el mercado o incluso la Iglesia de Santa María del Juncal. Algunas de estas construcciones, no obstante, sí padecieron daños debido a operaciones de la guerra.

Hubo edificios «que fueron, sin que esté confirmado, 'indultados'», como el del Casino, entonces recientemente construido, la finca Ikust Alaia o algunas de las casas de Genaro Etxeandia. Otro superviviente fue el edificio Normandie de la avenida Gipuzkoa. En algunos de estos casos, el hecho de que no ardieran pudo deberse a «sus estructuras de hormigón».

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