Diario Vasco

Se impone el alma del artista

Incansable. Vazandu, en su estudio de la avenida de Gipuzkoa, donde sigue pintando con maestría.
Incansable. Vazandu, en su estudio de la avenida de Gipuzkoa, donde sigue pintando con maestría. / FOTOS: F. PORTU
  • Vazandu tiene «97 años cumplidos» y «molestias de espalda»; nada que le impida seguir pintando

  • Trabaja a diario en su estudio irundarra creando nuevos cuadros y no piensa en parar: «esto es lo que más me gusta»

Su mano izquierda siente el pincel como una parte propia. «Cada pincelada que doy es buena, es la que quiero dar». Tiene 97 años y no deja de producir arte. Mariano Vázquez Andueza, Vazandu, es un pintor antes que ninguna otra cosa. Por eso, que su cuerpo casi haya cumplido un siglo no le impide hacer aquello para lo que ha nacido. Se impone su alma creativa.

Hace 80 años que empezó a trabajar como artista vidriero en un taller de Hendaia. Su buen hacer le llevó a una empresa donostiarra, de la que fue fichado por una gallega. Vivió en Vigo 15 años y después llegaron otros proyectos profesionales, primero en Madrid, luego en Barcelona... Volvió al Bidasoa para trabajar en la Unión de Artistas Vidrieros irundarra y allí se jubiló más de 50 años después de empezar a trabajar. «Hacía los diseños de las vidrieras y planteaba el despiece, trabajaba los colores... lo que no hacía era el corte del vidrio ni las uniones con plomo. He trabajado con gente que era buenísima haciendo eso», recuerda Vazandu.

Café y pintura

Durante todos esos años, acompañó su artística vida profesional con una incesante producción de cuadros que se acentuó tras la jubilación. «Empecé a pintar antes que a trabajar, así que llevo más de 80 años haciéndolo. Es lo que me gusta hacer y por eso sigo pintando». Todos los días. Tres o cuatro horas por las mañanas, otras tres por la tarde. Casi una jornada completa que no distingue laborables y festivos. «También leo mucho. Sobre todo libros de historia. Me encanta saber cómo se apañaban los seres humanos cuando no existían todas las cosas que hoy damos por indiscutibles». Y no falta «un cafecito diario, todas las mañanas, para hacer un descanso en la pintura». De vez en cuando se acerca a alguna exposición pictórica que haya en la ciudad, «pero la verdad es que la espalda me tiene algo fastidiado».

Con su disciplina de trabajo y con la facilidad que la edad no le ha arrebatado, un lienzo en blanco se convierte en un cuadro completo en apenas dos jornadas. «Algo más si lo que estoy haciendo es un retrato», como el de Goya o la Mona Lisa que adornan las paredes de un espacio de trabajo dominado por esos paisajes rurales (caseríos, montes, bosques y ríos) tan característicos de Vazandu y que presentan un País Vasco que, al mismo tiempo, es y no es el de verdad. Hay lugares concretos, referencias reales, «pero yo trabajo sobre todo desde la imaginación. Así es como me gusta pintar».

Ante cada lienzo en blanco, su instinto le guía casi siempre a esos arquetipos de su obra, «pero a veces hago retratos, o marinas, o bodegones». Porque trabaja desde la libertad absoluta, desde la apetencia primaria, «cuando no estoy haciendo un encargo». Lo cierto es que no le faltan peticiones. La gente se acerca a su estudio de la avenida de Gipuzkoa 20, un local en el bajo, dentro del portal. «Hay gente que viene a encargarme algo y gente que quiere comprar, aunque de estos no muchos; no hay tanta gente como había antes comprando arte».

Fiel a su estilo

Vazandu ni siquiera necesita gafas para trabajar. Disfruta de su pincelada, nítida y firme, y propone una paleta cromáticamente generosa y llena de matices. El lienzo conoce primero al lápiz, sí, pero es una relación que apenas dura unos minutos. «Dibujo muy poco, sólo unas líneas generales. Mira», dice antes de retirar una obra a medias para sustituirla por una tela sin estrenar. En seis minutos de movimientos rápidos, firmes y decididos de la zurda de Vazandu, el lienzo ya sabe qué paisaje se pintará en él. En apenas otros seis, el lápiz del artista se recrea en el reverso con el esbozo de una bella mujer y el estudio más detallado del que será uno de sus ojos.

«Me gusta que todo lo demás llegue con el pincel y la pintura. Le doy importancia a la luz, que siempre hago entrar por la izquierda para que proyecte las sombras a la derecha. No sé por qué. Porque me siento más cómodo, supongo». En estos años, el cielo gana presencia en sus cuadros. «Depende de cómo me encuentre al arrancar, pero me gusta darle importancia porque hace muy bonito y porque luego va a condicionar la luz de todo lo demás». Habla del trabajo que estaba en su caballete al empezar la entrevista. «Aquí faltan unas sombras; aquí, unas luces. En esta zona quiero que se note la fuerza con la que el agua rompe contra las rocas. Trabajaré con la espátula para que haya más masa de pintura».

Se acerca la hora de comer y Vazandu se quita su bata azul manchada de pintura para volver a ser Mariano. Pero sólo por un rato.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate