Un día para no olvidar nunca

En la terraza del Parador Carlos V posaron así de contentos los protagonistas del día de ayer./FOTOS: F. DE LA HERA
En la terraza del Parador Carlos V posaron así de contentos los protagonistas del día de ayer. / FOTOS: F. DE LA HERA

La familia del restaurante Alameda recibió ayer la Insignia de oro de la ciudad Cocineros veteranos y actuales hicieron pasillo a los hermanos Txapartegi y familia al entrar en el Ayuntamiento

I.A.HONDARRIBIA.

Cuando al restaurante Alameda le otorgaron la estrella Michelín, la alegría y la emoción con la que la recibieron fue enorme, descomunal. Quizás no tanta efusividad pero sí mismo gozo han tenido los hermanos Txapartegi en los últimos dieciocho años, los mismos en los que la guía gastronómica más prestigiosa ha decidido renovar esa distinción.

Con todo eso, la estrella Michelín casi se queda pequeña al lado de la Insignia de oro de la ciudad de Hondarribia que recibió ayer la familia del restaurante Alameda, aplaudiendo la labor y evolución del restaurante en sus 75 años de historia.

La representación actual de la familia vivió ayer una jornada que no olvidarán jamás. Seguramente alguien que haya pasado por éste o parecido trance les habría prevenido de que el día iba a ser fuerte en cuanto a emociones, pero nunca imaginarían que tanto. El mismo Gorka Txapartegi comentaba subiendo hacia la terraza del Parador que no estaba demasiado nervioso, pero en el salón de actos del Ayuntamiento sí que estaba hecho un flan.

Precisamente en esa terraza que tan espectaculares vistas ofrece empezó la jornada. La familia del Alameda, invitados y corporativos subieron hasta allí para ser parte del que es el acto con el que oficialmente arrancan las fiestas: el repique de campanas y lanzamiento de cohetes. Los tres hermanos, Gorka, Kepa y Mikel, prendieron la mecha de algunos de esos cohetes.

El estruendo apenas dejaba escuchar algo más pero afinando el oído llegaban hasta el segundo lugar más elevado del casco histórico las notas de la banda de txistularis. Y quien miraba para abajo se encontraba con lo contrario: gente mirando hacia arriba porque allí se estaba cociendo el arranque festivo.

Como todo lo que sube tiene tendencia a bajar, protagonistas e invitados descendieron hacia la casa consistorial, por donde pasaron tanto la banda de txistularis como los integrantes de la tamborrada infantil, que venían desde Mendelu.

Pasillo de los cocineros

Después llegó el aurresku de honor y el pasillo que a los homenajeados realizó un grupo de cocineros como Martín Berasategi, Ramón Roteta, Luis Irizar, David de Jorge, Iñigo Lavado... y otros cuantos de restaurantes hondarribitarras. Después se sumó Elena Arzak.

Como de costumbre, el salón de plenos se quedó pequeño para el evento más solemne de cada año. Entre los asistentes estaban anteriores merecedores de insignias de oro e invitados como el alcalde vecino, José Antonio Santano.

Su colega Txomin Sagarzazu tomó la palabra para «subrayar dos palabras. La primera es familia. Es la primera vez que se entrega la Insignia de oro a una familia. La familia nos da los valores que marcan nuestra personalidad. La vida familiar también tiene sus altibajos, pero acertar con la familia nos da opción de estar más cerca de la felicidad».

La segunda palabra que quería remarcar el alcalde era Gartzinea. El Alameda es conocido en el mundo entero, pero en Hondarribia para mucha gente el Alameda es el Gartzinea. O el Gartzinea es el Alameda. No son nombres contrarios, sino complementarios. Gartzinea es también vuestro tesoro y patrimonio y merece la pena cuidarlo».

El testigo a 'Robin Food'

Sagarzazu había encargado a David de Jorge que presentara a los protagonistas de la jornada y éste tomó la palabra para desarrollar una intervención con su habitual gracejo.

De Jorge recordó que el restaurante Alameda «empezó a forjar su leyenda con un comedor sencillo, barra y terraza en la que muchos disfrutamos comiendo en familia, con amigos y novietas: callos guisados, ensaladilla rusa, tortillas, filetes con ajitos, arroz de puchero, mejillones con tomate, sopas de fideos y chuletillas de cordero. Allá crecieron todos entre cajas de anchoas, merluzas y cimarrones, rodeados de ajos, limpiando platos, pelando cebollas, haciendo flanes y picando verdura, mamando desde críos la mejor cocina de raíz».

Para 'Robin Food', los Txapartegi «unen nuestra memoria a la de la ciudad entera evocando en su cocina el gusto del Bidasoa. Por eso estamos hoy aquí reunidos. Han creado un estilo propio, culto y moderno en el que todos podemos reconocer nuestra propia historia de sabores y olores. Pertenecemos al Alameda y nos reconocemos en él. No olviden que el lugar fue casa de postas, refugio de viajeros y contrabandistas, gentes que necesitaron, como nosotros, bebida fresca y fogón bien amarrado. Por eso, revolucionaron el negocio y lo pusieron patas arriba, enseñando las bondades de Hondarribia al mundo».

Los nervios de Gorka

Cuando le tocó hablar a Gorka Txapartegi, le costó arrancar, se trababa por los nervios, pero se soltó después de escuchar una de las varias ovaciones de la mañana.

El cocinero quiso «agradecer de todo corazón esta Insignia de oro. Y agradecer también haber nacido en este lugar privilegiado, tanto para vivir como para trabajar. El producto local y la tradición nos convierten en exclusivos. Por eso, tenemos la obligación de cuidar y mantener todo lo que es nuestro, buscando el difícil equilibrio de la sostenibilidad».

Txapartegi recordó cómo «hace 75 años nuestra amona Julia, aún soltera, se hizo con el traspaso del bar Alameda, con lo que suponía ser mujer en aquella época y llevar un negocio. Gracias a ella en estos momentos estamos aquí. Al poco tiempo se casó con el attona Tomás. Hicieron del Alameda, más conocido entonces como Gartzinea, un lugar popular. Nosotros nos hemos criado entre cazuelas, pero de verdad. Vivíamos mil aventuras y anécdotas entre clientes y proveedores».

No pasó por alto el hermano mayor que «hubo años complicados también. Unos se fueron y los cimientos se tambalearon. La ama en aquel momento se echó el negocio a su espalda y tiró hacia delante. Fueron años muy duros y gracias a su lucha, trabajo y dedicación, ahora el Alameda es lo que es. Después nos tocó coger las riendas y todavía siendo unos críos comenzamos a introducir nuevas ideas. Entonces el apoyo de los attas y de la izeba Mariví fue fundamental».

Y fue precisamente la madre, Conchi, quien recibió la Insignia de oro de la ciudad, cerrándose el acto con una nueva y prolongada ovación.

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