Diario Vasco

El camposanto bicentenario de Olaso

Historia. La portada de la derruida parroquia de Olaso preside la entrada al cementerio.
Historia. La portada de la derruida parroquia de Olaso preside la entrada al cementerio. / AITOR
  • La Real Cédula de Carlos III había prohibido las inhumaciones en iglesias por razones de higiene y salud en 1787

  • Los terrenos de la antigua parroquia se constituyeron como cementerio de los elgoibartarras en 1805

El destino final del cuerpo humano una vez que la vida lo abandona vivió un nuevo capítulo la pasada semana cuando la Congregación de la Doctrina de la Fe (antiguo Santo Oficio) y el Papa Francisco publicaron un dictamen en el que se ponía coto al uso de las cenizas resultantes de la cremación de los cadáveres. El escrito, que responde al título de 'Ad resurgendum cum Christo', tiene como objeto dar una respuesta a nuevas prácticas de adiós a los muertos en las que la Iglesia ve celebraciones panteístas, naturalistas y nihilistas que son contrarias a su fe. Su reacción ante esta nueva situación ha sido prohibir de manera taxativa a sus fieles «la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos».

Hoy, 1 de noviembre, serán muchos los elgoibartarras que se acercarán al cementerio de Olaso con motivo de la celebración del día de Todos los Santos. Allí yacen los restos de familiares y amigos pero la pregunta es: ¿cuánto tiempo hace que los elgoibartarras entierran a sus muertos allí? La respuesta nos lleva más de dos siglos atrás y, a diferencia de lo que sucede con el tema de las cenizas tan comentado en los últimos días, fueron razones de tipo higiénico y no espirituales las que dieron lugar a que este emplazamiento se convirtiera en el camposanto de Elgoibar.

Hasta ese momento, era costumbre generalizada dentro de la tradición cristiana que los cuerpos de los finados fueran inhumados en el interior de las iglesias o en cementerios ubicados en la propia villa. Elgoibar no era una excepción y, en el siglo XVIII, la ya desaparecida iglesia San Francisco y la nueva, en aquel entonces, parroquia de San Bartolomé de Kalegoen eran la parada final de los elgoibartarras en su adiós al mundo terrenal. Esta práctica chocaba con una realidad incontestable, que los cuerpos en descomposición hieden. Este hedor a putrefacción hacía que la permanencia en las iglesias fuera verdaderamente insoportable en ocasiones, y hay escritos de la época en los que se apunta a que ese ambiente irrespirable se dejaba sentir en la afluencia a las oficios. Pese a todo, la creencia de que las reliquias de los santos y las imágenes sagradas protegían a los difuntos y les facilitaban el camino al Cielo hacía que la gente siguiera enterrando a sus familiares en ellas.

Francia ya acometió medidas para llevar a los cementerios extramuros (fuera del caso urbano) por razones de higiene a finales del XVIII. Esta línea de pensamiento empezó a extenderse también en el reino de España, pese a la resistencia de una sociedad marcada por siglos de tradición y poco receptiva a los cambios. La situación empezó a variar en 1781, cuando una epidemia ocasionó una gran mortandad en la localidad guipuzcoana de Pasaia. Las averiguaciones posteriores focalizaron su origen en las miasmas de los cuerpos enterrados en la parroquia de la localidad, iniciándose así un proceso de revisión de estos enterramientos que finalizó el 3 de abril de 1787, con la publicación de la Real Cédula del rey Carlos III en la que se prohibía las inhumaciones en las iglesias «salvo para los prelados, patronos y religiosos que estipulaba el Ritual Romano y la Novísima Recopilación».

Rechazo al traslado

Los vecinos de Elgoibar, al igual que los de otros muchos pueblos y villas del reino de España, no aceptaron esta ley y continuaron enterrando a sus muertos en las dos iglesias de la villa. Preferían soportar el hedor y los riesgos de contraer una enfermedad a perder los supuestos privilegios de los que iban a disfrutar en su camino hacia un mundo mejor tras la muerte por el hecho de haber sido enterrados en ellas. «La gente no quería ser enterrada fuera de las iglesias y siguieron inhumando a sus muertos en San Francisco y San Bartolome de Kalegoen hasta comienzos del siglo XIX. Las presiones de las autoridades gobernativas y religiosas pusieron fin a los enterramientos en estas dos iglesias y los terrenos de la vieja parroquia de San Bartolomé de Olaso pasaron a ser el cementerio de los elgoibartarras en 1805», manifestó el historiador Peio Arrieta.

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