Mirandaola bajo el prisma de Ignacio de Loyola

Durante la visita habrá ocasión de ver la ferrería en marcha.
Durante la visita habrá ocasión de ver la ferrería en marcha. / LIMIA

El programa 'Tesoros escondidos' ofrecerá una visita especial el 10 de septiembre

CRISTINA LIMIA LEGAZPI.

El programa de turismo cultural 'Tesoros escondidos' desarrollado entre las comarcas de Urola Erdia, Urola Garaia y Debagoiena con el apoyo del Gobierno Vasco y la Diputación Foral de Gipuzkoa vuelve a Legazpi, concretamente, a Mirandaola, con una visita especializada en Ignacio de Loyola. Tendrá lugar el 10 de septiembre, a las 12.00 horas y estará conducida por la fundación Lenbur. Los interesados en participar deberán realizar la reserva llamando al 943722042 antes de las 13.00 horas del 8 de septiembre.

Hace un año que Mirandaola cuenta con una visita centrada en la figura de Ignacio de Loyola. «Sus orígenes reflejan una etapa importante de la historia del País Vasco», explican desde la fundación Lenbur. Ignacio de Loyola, que respondía al nombre de Iñigo López Oinaz (Azpeitia 1491-Roma 1556), nació en el seno de una de las familias guipuzcoanas más poderosas de la época, Los Oñaz de Loyola. «Dominaban el solar y la casa torre de Loyola en Azpeitia y poseían un importante patrimonio en tierras y rentas de diversa índole, originados por el dominio señorial de la tierra, lo que les otorgaba poderes jurídicos y políticos sobre los que habitaban sus posesiones», señalan desde Lenbur.

«Los Oñaz eran parientes mayores, líderes de uno de los dos grandes bandos en los que se dividía la nobleza del País Vasco en la disputa por el poder y por las tierras; el otro bando estaba formado por los Gamboa y sus vasallos eran los oñacinos y los gamboínos. A finales de la Edad Media, estos dos grupos aparecen continuamente enfrentados, siendo protagonistas de luchas entre los diferentes linajes de la nobleza rural vasca, la guerra en sí era el oficio principal de los parientes mayores y podía ser fuente de grandes beneficios por medio de botines conseguidos en las victorias, saqueos... Otra de las fuentes de riqueza eran las guerras emprendidas al servicio de la monarquía», explican.

En este contexto se enmarca la vida llevada por Ignacio de Loyola como hombre de armas hasta emprender su peregrinaje espiritual.

«En 1521, un poderoso ejército de 13.000 hombres formado por navarros y tropas francesas entró en Navarra para restituir el Reino de Navarra, Ignacio de Loyola, entonces soldado a las órdenes del Virrey de Navarra, se refugió junto a las tropas de dicho Virrey en el castillo de Pamplona, donde fueron asediados durante días, en lugar de rendirse, Ignacio fue uno de los que más insistió en la lucha», rememoran desde Lenbur. «En este asedio fue alcanzado, sufriendo el destrozó de una pierna y graves daños en la otra, los vencedores se apiadaron de Ignacio y lo enviaron a su casa familiar de Loyola», explican. «El reposo tras varias operaciones para recomponer su pierna duró alrededor de un año, durante el que se dedicó a leer y a reflexionar mediante libros religiosos sobre la vida de Dios y de los santos, descubrió una dimensión del mundo en la que no había reparado hasta entonces y sintió rechazo por su vida pasada, sus motivos de siempre le parecían absurdos ante la grandiosidad de Dios, concluyó que Dios le estaba dando una segunda oportunidad y abandonó su vida para seguirlo, reemplazando las comodidades que le otorgaba su rango por vestir harapos, dormir bajo las estrellas y comer de lo que la gente le daba», citan.

Tomada la decisión, alumbró la idea de peregrinar a Tierra Santa, partiendo en marzo de 1522 sobre un asno y todavía armado con su espada y su daga. «En su peregrinaje pasó por Legazpi y por Mirandaola, camino a Aranzazu, donde decidió hacer una vigilia», apuntan. «Debió de conocer muy bien las ferrerías guipuzcoanas, ya que su familia era dueña de una ferrería y poseía rentas sobre diversas ferrerías de la zona de Azpeitia», recuerdan.

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