Cuando el vino alavés se descorchó al mundo

Iñigo Rubio, Juan Luis Cañas, Roberto San Ildefonso, Javier Ruiz de Galarreta, Pedro Martínez y Fernando Meruelo. /  IGOR AIZPURU
Iñigo Rubio, Juan Luis Cañas, Roberto San Ildefonso, Javier Ruiz de Galarreta, Pedro Martínez y Fernando Meruelo. / IGOR AIZPURU

Hace veinticinco años varios bodegueros se unieron para seducir al mercado internacional

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ VITORIA.

«Jefe, ponme un chato». Solícito, el camarero agarra un vaso de vidrio gordote. «Así se servía el vino en los bares de por aquí», recuerda el bodeguero Juan Luis Cañas. Era la costumbre. Pero eso cambió. Hace 25 años que el grupo de exportadores de Rioja Alavesa, Araex, comenzó a vender fuera lo mejor de sus bodegas. Cinco bodegueros y el presidente de la sociedad recuerdan aquellos comienzos, «tan duros, pero tan necesarios». Cuando el vino alavés se descorchó al mundo.

De pronto, el vaso de Duralex dejó paso a la copa fina para seducir a alemanes, ingleses y suecos. Pero los cambios no sólo afectaron al continente. También llegaron al contenido y hasta la raíz. La internacionalización de las bodegas supuso una auténtica revolución. «Nos tuvimos que adaptar a las demandas del mercado internacional», recuerdan los bodegueros.

Eran tiempos en los que eso que hoy llaman 'marca España' estaba lejos. Curro acababa de volver al nido y Cobi, a la madriguera tras esa farra de modernidad que se pegó el país en la Expo y en las Olimpiadas. En 1993, Javier Ruiz de Galarreta, hoy CEO de Araex, se empezó a poner al volante de su Golf, con el maletero tintineante, cargado de botellas. Alemania fue uno de los primeros mercados que se empezaron a explorar. No fue nada sencillo.

«Era muy, muy complicado venderles a los alemanes, llevábamos sobre todo vinos jóvenes, algo de crianza, pero sobre todo, jóvenes», recuerda Fernando Meruelo, director gerente de las bodegas Heredad de Baroja y Lar de Paula. «Pero es que entonces, aquí, todo era vino joven. La internacionalización supuso la transformación de producto de joven a crianza, con todo lo que eso suponía», tercia Roberto San Ildefonso, de la bodega Altos de Rioja de Elvillar. «Es cierto que en aquella época, aquí se hacían maceraciones carbónicas, que en el mercado internacional no tienen recorrido», insiste Ruiz de Galarreta sobre una técnica «con mucha aceptación en el País Vasco, pero poco apreciada fuera». El reto era seducir a mercados como Reino Unido (hoy, el más importante), Suiza, Suecia y el resto de países escandinavos, pero también Estados Unidos, Canadá y China, donde, de forma aún muy tímida a sorbitos, ya se bebe vino alavés.

'Fichajes' extranjeros

Para lograr esa ambiciosa expansión, las bodegas vieron la necesidad de 'fichar' a profesionales de Francia y Nueva Zelanda, que trajeron a Rioja Alavesa su 'savoir faire'. «La llegada de enólogos extranjeros ayudó mucho porque nos hicieron ver las tendencias que mandaban fuera», apunta Pedro Martínez, CEO de Baigorri, en Samaniego.

«Sí, fue necesario traer a gente de fuera porque cuando empezábamos éramos bastante ignorantes en muchos aspectos», reconoce, sin pudor, Juan Luis Cañas. Él pone un ejemplo revelador sobre el profundo cambio que tuvieron que experimentar los productores. «Cuando empecé con mi padre, estaba convencido de que el vino en barrica era industrial, era negativo. Pensaba que lo más natural, lo más sano era la elaboración en depósito de hormigón», ilustra Cañas, convencido de que el sector se ha hecho «mucho más profesional en este tiempo».

«Fue una cuestión de adaptación. En aquel momento supieron ver que o cambiabas o te dabas golpes contra un muro. Fue muy complicado, pero no quedó otra», evidencia Iñigo Rubio Garay, al frente de la cooperativa Bodegas y Viñedos Labastida. El proceso requirió una ingente inversión en maquinaria, en recursos, pero también un cambio de mentalidad. «Por ejemplo, no teníamos idiomas y, de pronto, nos dimos cuenta de que necesitábamos hacer catas en dos lenguas», destaca el patrón de la bodega Lar de Paula.

Los bodegueros también tuvieron que aprender a venderse. «Fuimos conscientes de que teníamos que mejorar la presentación del producto, el etiquetado», anota el responsable de Altos de Rioja. «Al salir fuera, fuimos conscientes de la importancia del marketing, de que una mala etiqueta te puede hundir», explica el CEO de Baigorri.

Todo ese ingente esfuerzo no tardó en dar sus frutos. Ruiz de Galarreta está convencido de que el éxito de Araex no sólo ha embriagado las cuentas de resultados y los balances de los cinco propietarios de las ocho bodegas -algunas decidieron apearse del proyecto hacia 2006, cuando se cambió de forma jurídica- de Rioja Alavesa que hoy tiran del carro. También ha salpicado a toda la comarca. Basta con llenar la copa de datos.

En Rioja Alavesa 252 bodegas producen cada año 61 millones de litros. De ellos, casi un tercio se destinan al mercado exterior. En los últimos 25 años, la población de la zona ha aumentado en casi 2.000 personas (de 9.600 a 11.509). De ellos, muchos beben y comen del vino. Según los números del Eustat, a comienzos de los 90, el PIB per cápita se situaba en Rioja Alavesa en 27.329 euros. Ahora alcanza los 53.066. Todo porque alguien soñó con descorchar sus vinos al mundo.

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