Los últimos palaciegos de los Álava

Entrada al imponente edificio. /  IOSU ONAINDIA
Entrada al imponente edificio. / IOSU ONAINDIA

Media docena de vecinos resiste en la decadente casona de Vitoria donde durmieron Francisco I o Wellington

JORGE BARBÓ VITORIA.

Parece mantener intactas sus nobles hechuras. Pero lo suyo es pura fachada. Y ni eso. Porque está ajada, asediada por las grietas y cubierta por una tupida malla antidesprendimientos, como si alguien le hubiera colocado encima una suerte de mortaja diseñada para cadáveres arquitectónicos. Aunque lejos de descomponerse, de puertas para adentro la vida sigue en el Palacio de los Álava-Esquivel igual que en cualquier otra comunidad de vecinos. También con sus pequeños dramas cotidianos, como en una especie de versión palaciega de aquella descacharrante historieta del '13 rue del Percebe', solo que entre arcos de medio punto, hermosísimos relieves y bellísimas molduras ornamentales.

Hoy la casona está habitada por media docena de inquilinos, los últimos palaciegos de los Álava, que llevan años soportando un continuo goteo de problemas producidos por el imparable deterioro del imponente inmueble que, a su vez, han derivado en un aluvión de compromisos incumplidos, de informes y de expedientes que se han ido amontonando, hasta desbordar, algún escritorio de Patrimonio. En los cimientos de todo este lío se encuentra el conflicto, rayano en lo diplomático, que Vitoria mantenía abierto con Tánger -propietaria del inmueble-, que durante años ha escurrido el bulto a la hora de hacerse cargo de las reparaciones urgentes, imprescindibles para frenar su decadencia.

Y cuando el asunto parecía estar enquistado, el Gobierno de Marruecos acaba de comunicar que ha adquirido el edificio a la administración municipal de Tánger con la intención de cederlo más tarde, sin coste, al Gobierno de España. La noticia deja a la expectativa a los que viven -más bien, resisten- entre las ajadas cuatro paredes del imponente palacio de la Herrería. «Habrá que ver si esto cambia algo», resuelven, entre escépticos y hastiados, los vecinos.

A comienzos del siglo XX, en línea de lo que sucedió con otras casonas del Casco Viejo, la propiedad del edificio, levantado en 1488, decidió cambiar su configuración para distribuirlo en varios apartamentos, con dos portales (los números 24 y 26 de la calle Herrería) que albergan ocho grandes pisos en el edificio central y cuatro más en el ala izquierda, la ampliación que construyó el heredero Ricardo de Álava en 1865 y que originalmente llegó a acoger, entre otras dependencias, el salón de baile. Al principio, las viviendas de altísimos techos -alcanzan los cuatro metros- y enormes ventanales estaban pensadas para acoger familias pudientes. Pero con el tiempo, el perfil de arrendatario ha cambiado.

Ante el deterioro de las viviendas y la pasividad de la propiedad para remozarlas, muchos han decidido embalar sus pertenencias y hacer el petate. El último inquilino, hace sólo unos meses. Otros aguantan en sus hogares, pagando religiosamente el alquiler. Aranzazu, la del tercero, lleva cuarenta años viviendo allí. Es la arrendataria más antigua. «Yo me quiero marchar, pero me dicen que aguante, a ver si ahora la situación mejora», suspira la mujer, que recibe en bata, abrigadísima ella. «Hay grietas y goteras y la humedad aquí es horrible. Hay muchos días de invierno que me tengo que ir a casa de mis hijas porque no se puede ni estar», se queja.

Aranzazu, que vive con parte de su familia bajo el mismo techo donde fueron alojadas 'celebrities' de la historia como Francisco I de Francia o Lord Wellington, paga una renta antigua «que no llega ni a 250 euros y ellos se encargan de todos los gastos». Con ese 'ellos' que la mujer no acierta a concretar, se refiere a la firma de administración de fincas designada por el Ayuntamiento de Tánger.

Al visitante le puede llegar a parecer encantadora esa decadencia, propia de una villa romana o de una mansión habanera. La escalera, imponente, tiene los peldaños combados y agrietados de tan gastados. La madera ha perdido todo su color y ahora presenta un aspecto blancuzco. A cada paso, los escalones emiten un crujido quejoso. Del estucado de las paredes, que crea un logradísimo efecto trampantojo de aspecto marmóreo, cuesta diferenciar entre las abruptas grietas y las vetas pintadas. Los techos están repletos de desconchones y las molduras de escayola se han ido desprendiendo. De las lámparas majestuosas, de los coquetos apliques no queda ni rastro: solo se aprecian marañas de cables a la vista.

Reformas

Pero el encanto torna en desesperación cuando no hay más remedio que convivir con un edificio carcomido por problemas estructurales, en absoluto sencillos de subsanar. Su catalogación de edificio de valor excepcional hace que hasta la más mínima obra que los vecinos tengan que realizar en sus hogares, por cotidiana y menor que pueda parecer, tenga que contar con el visto bueno de los expertos en patrimonio. Al menos, esa es la teoría. Basta con traspasar cualquier apartamento para caer en la cuenta de que las reformas -más o menos afortunadas, más o menos ajustadas a la legalidad- se han sucedido en los últimos años. En el interior de los pisos, las históricas tarimas de regia madera han sido sustituidas por ramplón parquet flotante, los frescos se han cubierto por capas de pintura y las históricas molduras y ornamentos se han cubierto con escayolas y pladur.

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