El monumento al pastor cumple 20 años

Rojo butano. Estado actual del simbólico monumento. / MARIAN
Rojo butano. Estado actual del simbólico monumento. / MARIAN

El 'árbol genealógico' de 10 metros de Néstor Basterretxea simboliza a la gran familia vasco americana. El conjunto escultórico costó 30 millones de pesetas y fue sufragado con aportaciones recibidas por instituciones, empresas y suscripción popular

MARIAN GONZALEZ OÑATI.

Hace 20 años, el Monumento al Pastor Vasco acaparaba la actualidad. Tras dos infructuosos intentos en 1959 y 1984, germinaba un proyecto escultórico obra de Néstor Basterretxea que hizo correr mucha tinta. Por lo que representaba, porque se organizó una campaña de captación de fondos en Euskal Herria y América para hacerlo realidad, y por quien era el artista, todo un referente del arte y la cultura vasca del siglo XX.

Mucha ha llovido -y no solo literalmente- desde entonces, y hay quien cree que 'el árbol genealógico' de diez metros de altura de acero corten y hormigón armado que representa a los numerosos descendientes que han tenido los pastores vascos, tanto en América como en Euskal Herria, pasa hoy en día bastante desapercibido «al no estar lo suficientemente bien señalizado, ni promocionado, pese a su emplazamiento junto a la carretera de Arantzazu, en el entorno de Urrintxo. Lo normal es que hubiera alguna señal como las que anuncian las cuevas de Arrikrutz en la carretera o en el cruce de Azkoagain. ¡Ojalá aprovechando que en septiembre cumple 20 años, el Ayuntamiento o quien corresponda, tenga algún detalle con este singular elemento patrimonial! Porque es un monumento singular con una historia muy bonita, que merece la pena revalorizar», explican varios oñatiarras que recuerdan perfectamente la ilusión que generó un proyecto que necesitó tres intentos para germinar.

La idea surgió de la agrupación de Euskadi de Organizadores de Campeonatos de Perros de Pastor, y contó con un comité de apoyo en el que figuraban, Fermín Leizaola, Gregorio Monreal , Erramun Martirikorena o Juan Celaya, entre otros.

El árbol era una imagen alusiva a esa gran familia del pastor extendida por todo el País Vasco y que emigró a América formando allí una extensa colectividad muy reconocida aún hoy en día. En el conjunto escultórico, y junto al gran árbol rojo, siete piedras talladas con grabaciones de utensilios utilizados por los pastores, representan a los territorios históricos y una piedra de mayor tamaño simboliza a las Américas (EEUU, Chile, Argentina y México), recogiendo el origen y el destino de tantos pastores. Junto a ellas se encuentra una estela, también de piedra, en la que está tallada un bajo-relieve de tamaño natural de un pastor junto a su perro.

Palo Alto, un símbolo

La elección de Oñati como sede del monumento obedeció a tres motivos. En primer lugar siempre ha sido un pueblo de gran tradición pastoril, ademas ostenta el decanato de los concursos de habilidad de perros pastor, y Pedro de Altube (Palo Alto) considerado como el padre de los pastores vascos en el Oeste de los Estados Unidos y padre de los vascos en América, nació en el caserío Zugastegi de Zubillaga en 1827.

Así que en 1995 una comisión decido relanzar el proyecto tras dos intentos infructuosos anteriores, y tras ponerse en contacto con Néstor Basterretxea, autor en Reno (EEUU) de otra escultura de homenaje al pastor vasco, al hombre solitario 'Bakardadea', decidieron que el homónimo oñatiarra fuera un tributo a la colectividad, a las familias de los pastores vascos.

Basterretxea que dirigió personalmente todo el proceso de colocación y ensamblaje de la obra, diseñó un árbol con sus ramificaciones, como si se tratara de un árbol genealógico bien entroncado que representantes a los numerosos descendientes que han tenidos los pastores vascos, tanto en América como en Euskal Herria.

A finales de febrero de 1996 el Ayuntamiento de Oñati acordaba donar el primero de los 30 millones necesarios para la construcción de monumento y se constituía un comité de apoyo y otro ejecutivo que logró la financiación necesaria gracias al apoyo de instituciones y empresas, y a pequeños suscriptores populares. Dos años más tarde, el 20 de septiembre de 1998 se inauguraba, cumpliéndose un deseo perseguido durante décadas por los defensores del pastoreo.

El genial artista fallecido hace cuatro años, confesaba que había querido «dar vida a un árbol mágico, que cada espectador compondrá visualmente cuando camine alrededor». El color de la escultura fue una de las incógnitas que se mantuvo hasta el final. Basterretxea probó varios colores, ocre, verde... pero al final se decantó por un llamativo rojo butano, el mismo color que utilizó en los murales de la Cripta de Arantzazu para representar a Cristo. Dos joyas del arte vasco.

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