Un siglo de lucha por los fueros

Bergara. Abrazo de Maroto y Espartero que cerró la primera Carlistada./
Bergara. Abrazo de Maroto y Espartero que cerró la primera Carlistada.

El historiador Mikel Alberdi hablará hoy en Kulturate de la primera guerra carlista

KEPA OLIDEN ARRASATE.

La pugna por la defensa de los fueros marcó a sangre y fuego la historia del siglo XIX en Euskal Herria. La 'Traición de Gipuzkoa' de 1794 y las sucesivas derrotas en las carlistadas de 1833 y 1872 dejaron un país Vasco-Navarro desgarrado por cruentas guerras civiles que dejan pequeña la de 1936 y que a la postre finiquitarían los sistemas forales originarios que regían en Gipuzkoa, Bizkaia, Araba y Navarra.

El investigador Mikel Alberdi, responsable del archivo del Museo Zumalakarregi de Ormaiztegi, arrojará más luz sobre tan aciagos tiempos en la conferencia que pronunciará en euskara hoy miércoles (Kulturate, 19.00 h.) invitado por Arrasate Zientzia Elkartea. Alberdi centrará su intervención en la I Guerra Carlista (1833-1839) y su incidencia en Arrasate, un pueblo bajo dominio carlista donde pese a «no se registrarse hechos bélicos» relevantes la contienda sí enfrentó a arrasatearras de uno y otro bando. Una guerra que concluiría con el armisticio rubricado en el famoso Abrazo de Bergara de 1839.

Muchos mondragoneses, al igual que tantos vascos, se arrojaron en brazos del carlismo «no en apoyo a una causa dinástica sino en defensa de los fueros».

El conflicto de legitimidad dinástica entre el príncipe Carlos y su sobrina Isabel II, hija de su difunto hermano el rey Fernando VII, «preocupaba muy poco» a los vascos que se alzaron en armas en favor de un pretendiente que se erigió en adalid de los valores tradicionales del Antiguo Régimen, como la monarquía absoluta y el sistema foral.

Frente a ellos, los liberales agrupados en torno a la joven reina Isabel y a madre María Cristina, representaban los valores del Nuevo Régimen con sus postulados uniformadores y por tanto antiforalistas.

Un enfrentamiento ideológico que «se extendió toda Europa» y en el que aquí nos jugábamos los fueros, que constituían una especie de soberanía primigenia. Mikel Alberdi deja muy en segundo plano la cuestión religiosa en el origen del alzamiento carlista alegando que «tan católicos como los vascos eran por ejemplo los castellanos o los extremeños, y ninguno de estos pueblos se unió la sublevación de don Carlos».

La supresión de los fueros fue desde antiguo uno de los propósitos de la monarquía borbónica. «No eran nada fueristas», aseveraba Mikel Alberdi. Pero sus primeros intentos de trasladar las aduanas del Ebro a los Pirineos no prosperaron. Pero la lenta tarea de zapa para socavar el sistema foral proseguía inexorablemente, y una ocasión a propósito tendrá lugar durante la Guerra contra la Convención (1793-1795). Los revolucionarios franceses de la Convención, recién guillotinado a su rey, primo de monarca español, se adentraron en territorio peninsular y tomaron San Sebastián «sin ninguna resistencia». La afinidad de la Gipuzkoa ilustrada y liberal con la Francia revolucionaria se ponía de manifiesto en la pretensión de los representantes forales -encabezados los getariarras Aldamar y Romero- de «dar por concluido el pacto que vinculaba a Gipuzkoa con la corona castellana para incorporarse a la Francia revolucionaria siempre que aceptara respetar los fueros y la religión». Pero Mikel Alberdi recuerda que los franceses no solo no se avinieron a aceptar los términos del ofrecimiento guipuzcoano «sino que tomaron el territorio como tierra conquistada y encarcelaron Aldamar y a Romero en Baiona».

Las tropas convencionales francesas hubieran conquistado toda la península sin problemas de no ser porque España esquivó la invasión cediendo la mitad la isla de La Española -la parte de la actual República de Santo Domingo- a los franceses que ya poseía la otra mitad (Haití).

Fue la Paz de Basilea, y pasado el peligro Madrid no olvidaría la 'Traición de Gipuzkoa'. Una 'traición' que se circunscribía a la mitad septentrional del Territorio pues Mondragón acogió la Diputación a Guerra que congregó a los municipios guipuzcoanos leales a la corona española. Pero todo el territorio en su conjunto acabaría pagando ese 'colaboracionismo' con el francés. A los pocos años, una ola de revisionismo histórico alentado desde Madrid comenzaría a difundir que los fueros «no eran derechos originarios sino privilegio otorgado por los reyes que del mismo modo que los conceden los pueden suprimir».

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