El dragón echaba agua y no fuego

Fuego. Representación del mitológico dragón que al término de la Errementari Dantza prende la hoguera de San Juan el 23 de junio./OLIDEN
Fuego. Representación del mitológico dragón que al término de la Errementari Dantza prende la hoguera de San Juan el 23 de junio. / OLIDEN

Para el etnógrafo Ismael del Pan lo que venía de Mandoain eran inundaciones

KEPA OLIDENARRASATE.

El origen del mito del dragón que da nombre a la «puebla que es en Léniz y que auie ante nombre Arresate a que nós ponemos nombre Montdragón», como reza la carta puebla expedida por el rey castellano Alfonso X El Sabio en 1260, es tan épico como inescrutable. Con ese bautismo, el monarca fundador de la villa inmortalizaba una leyenda heroica que habla de un horrible y fiero dragón que descendía del monte Mandoain, situada al occidente de la villa, amedrentando y haciendo «grande estrago en los caminantes y gentes del poblado de Arrasate, y era versión que los habitantes del mismo, para que el monstruo no entrase en el pueblo y devorase a sus moradores, habían de aplacar sus iras ofreciéndole a diario, como ofrecía, víctimas humanas. Pero cierto día, los herreros que trabajaban en las vetustas ferrerías de Arrasate, lucharon encarnizadamente con el dragón, y lograron darle muerte con los candentes y agudos hierros que sacaron de sus fraguas».

El arqueólogo y etnógrafo riojano Ismael del Pan (1889-1968) aventuraba una hipótesis sobre la raíz de la leyenda en la revista 'Actas y Memorias Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria' de 1925.

Como ha desempolvado el investigador y escritor Josemari Vélez de Mendizabal en su blog en euskara Hots Begi Danbolinak, el etnógrafo logroñés sostenía que el mito mondragonés posee unas características «idénticas a las que la mitología del dragón tiene en todos los pueblos de la tierra como explicación del origen del mal, y sobre todo, de las consecuencias adversas que para la humanidad primitiva acarrearía la lucha con los fenómenos de la naturaleza».

Paralelismos asirio-caldeos

El mito de Mondragón tiene, según Ismael del Pan, un «patente paralelismo con los mitos asirio-caldeos, en donde el dragón es el jefe de todos los malos espíritus, y es la encarnación de todos los elementos y fuerzas de la naturaleza, siempre en lucha constante con el hombre».

El paralelismo etnológico se hace extensivo al lingüístico. El primitivo idioma vasco sería, según «algunos distinguidos orientalistas, muy similar al caldeo, lengua que formaría parte de la familia lingüística constituida por los idiomas de los íbero-armenios, cananeos, fenicios, hebreos y cartagineses, entre cuyos grupos étnicos, y los primero pobladores de Vasconia, debieron de existir lazos raciales». Es, pues, el mito del dragón, en Gipuzkoa, anterior a la llegada de griegos y romanos.

Ismael del Pan ilustra estas hipotéticas semejanzas filológicas entre el euskara primitivo y las lenguas orientales, con el vocablo Arrasate, que algunos creen que podría traducirse como 'puerta del valle'.

Del Pan menciona como sus raíces fundamentales 'Ar', valle en caldeo, cuyo significado es el mismo en nombres geográficos vascos, como 'arana' (valle) 'araiz' o 'arez' (valle de árboles).

La otra raíz, que completaría el significado, sería: 'ate' que en vasco significa puerta. Resultaría ser, pues, Arrasate la 'puerta del valle', «denominación que estaría muy en consonancia con la geografía y con la historia, ya que por su emplazamiento a la entrada del valle de Léniz y por su significación histórica en la Edad Media, este pueblo fue, durante siglos, la cabeza del valle real de Léniz».

Cierto, que también la raíz 'Ar' significa en lenguaje caldeo-asirio, y en el vasco 'pueblo', 'morada', 'ciudad', en cuyo caso, Arrasate, «pudiera valer tanto como 'puerta del pueblo', pero me inclino más a creer que Arrasate sirviese para indicar el lugar que se hallaba a la entrada del valle de Léniz, dada la propensión ancestral del pueblo vasco a dar a sus lugares y moradas, nombres alusivos a sus particularidades geográficas o naturales», señala el etnógrafo riojano.

Inundaciones

Lo que para espanto de los antiguos arrasatearra podía bajar del monte Mandoain no era el fuego del dragón sino agua en grandes avenidas e inundaciones. La tradición ya señala de dónde procedía la causa del mal que sembraba la desdicha: su «origen estaba en la divisoria de los valles por donde hoy corren los ríos Deba y Aramaio, cursos de agua torrenciales» entre los que se enclava el municipio pero cuyos cauces a día de hoy están desviados y muy desnaturalizados.

El gran número de metros cúbicos de agua que pueden verter las culminaciones de Anboto y Udalatx, sumada a la posición topográfica de la villa, a la entrada de los valles ya mencionados, han ocasionado graves inundaciones a lo largo de la historia.

Las tempestades y fuertes precipitaciones atmosféricas que se producen periódicamente «pueden dar a los ríos mencionados tan formidable y rápido incremento en su caudal, que en muchas ocasiones, aún en época histórica, han visto con sorpresa los habitantes de Mondragón, crecer los ríos que le circundan, de modo tan rápido, tan inusitado y alarmante, que en breves minutos ha llegado a inundarse la villa, con peligro de sus habitantes. Sólo un milagro, realizado por la Virgen del Rosario, según dicen los habitantes de Mondragón y lo atestigua una inscripción de Ciertas pinturas de su parroquia, alusivas a ese milagro, pudo, en 1641, dejar en seco los lugares inundados por los ríos Deba y Aramaio que se desbordaron a Causa de una fuerte avenida de agua, la cual no se calmó, hasta que salió la Virgen del Rosario».

En la época actual, «tiénenme referido los naturales de Mondragón, personas ya de edad avanzada, que hará unos veintiocho o treinta años -es decir, hacia finales del siglo XIX- en un claro y hermoso día estival, en ocasión de hallarse casi todo el vecindario disfrutando de esparcimiento, con motivo de ser día festivo, se vieron de repente sorprendidos por la subida del agua del río Deva, y en pocos minutos, llegó la inundación casi hasta las calles céntricas de la villa, y muchos de sus vecinos, tuvieron que correr para ponerse en salvo, mientras los de algún caserío, como el de Popillo, próximo a la orilla del río Deba, hubieron de subir al tejado para librarse del avance y del nivel que alcanzaron las aguas. Aquella inundación se debió a una manga de agua que inopinadamente cayó en el llamado Alto de Salinas, situado al Occidente de Mondragón, y en el origen del valle de Léniz».

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