El comercio se hace mayor

Veterano. El carnicero Ander Landaluze es uno de los muchos comerciantes al borde de la edad de jubilación que no tienen relevo. / OLIDEN
Veterano. El carnicero Ander Landaluze es uno de los muchos comerciantes al borde de la edad de jubilación que no tienen relevo. / OLIDEN

Casi la mitad de los comerciantes de Arrasate cuenta con más de 55 años de edad. La falta de relevo generacional podría abocar en pocos años el cierre de muchos establecimientos

KEPA OLIDEN ARRASATE.

El pesimismo cunde entre los comerciantes que ven la jubilación cada vez más cerca y el relevo generacional cada vez más lejos. No en vano el 44 por ciento de ellos tiene más de 55 años. Así lo constata el Plan Estratégico de Economía Urbana de Arrasate presentado este año, y en él se advierte que el colectivo que pueden no contar con un relevo generacional en los próximos años «resulta importante en términos porcentuales y constituye un importante riesgo de pérdida de oferta comercial en Arrasate, un hecho que generaría una situación de deterioro de calidad de vida de la ciudadanía».

Esta misma semana EH Bildu lanzaba una campaña en favor del comercio local. En la antesala de las navidades, temporada alta comercial, este grupo político municipal cantaba las virtudes de un consumo de proximidad y calidad, atendido por auténticos especialistas, activador de la economía local y generador de empleo, sostén de la comunidad y que además de no exige desplazamientos en coche.

El comercio, resaltaba Eneko Barberena, da vida al pueblo, y contribuye a mantener las calles limpias e iluminadas. O sea, calidad de vida. Lo contrario, y no es difícil de imaginar, son calles desiertas y propicias a la inseguridad ciudadana, como se ha comprobado en algunas grandes ciudades.

Quizá no sea el caso de Arrasate, pero existe entre los comerciantes un fundado temor a que un importante número de establecimientos terminen echando la persiana en el plazo de 5 ó 10 años. No son pocos los comerciantes cincuentones y sesentones que enfilan la recta final de sus trayectorias laborales con la incertidumbre de un traspaso que ven «muy difícil». Así lo admitía Juan Manuel Axpe, de la juguetería Zur Lur. A este establecimiento inaugurado en 1982 no le queda mucho recorrido si, como dice Axpe, «me jubilo en 5 años».

Otros tan históricos y emblemáticos como la carnicería Landaluze, recién cumplidos los 80 años en septiembre, encaran un porvenir igual de incierto con su actual titular Ander Landaluze al borde de la edad de jubilación. «No me puedo retirar porque si no se tendría que cerrar» avisaba este profesional que encarna la tercera generación de una conocida saga de carniceros.

Son muchas las incógnitas y pocas las certezas más allá de que el pequeño comercio ha dejado de ser un sector atractivo para los jóvenes. Lo sintentizaba un comerciante de ropa con amplia experiencia: «se requiere una inversión muy fuerte para asumir un negocio de estas características; alquileres, muestrarios... exigen importantes desembolsos a cambio de una rentabilidad muy menguada por la crisis».

Juan Manuel Axpe, de la juguetería Zur Lur, es de la misma opinión y reconoce sin tapujos que las cuentas ya no son las que eran y «abocan a muchos establecimientos a desaparecer». Cree que los intentos de salvar al pequeño comercio «llegan tarde. A burro muerto, cebada al rabo» sentenciaba.

Los nuevos hábitos de consumo on-line están haciendo mucha mella en el comercio tradicional. Hasta el punto de que algunos comerciantes de ropa y calzado han comenzado a adoptar medidas como prohibir las fotos «en un intento de evitar la picaresca de aparentes clientes que acuden a probarse una determinada prenda para encontrar la talla exacta y después comprar la prenda por Internet. Esto es como ponerle puertas al campo, advertía un comerciante, quien reconocía que «uno se da cuenta inmediatamente cuándo alguien entra en la tienda con ese propósito y encima le tienes que atender con una sonrisa tragándote la bilis».

Pero Internet no es necesariamente enemigo de los pequeños comerciantes. Lo afirmaba la dueña de la tienda de ropa Maitia, una de las más jóvenes del gremio. Admitía que cada vez recibe más pedidos a través de su página web, Facebook e Instagram y aseguraba encarar su futuro profesional con optimismo.

Sin embargo, uno de los lastres que más dificultan la incorporación de nuevos comerciantes es -coinciden todos los tenderos consultados- la carrera de obstáculos que impone la administración. «Todos son inconvenientes y trabas derivadas de unas exigencias urbanísticas en muchos casos absurdas». Esta es una queja recurrente entre los comerciantes, que llevan años batallando contra unas normas municipales que imponen criterios arquitectónicos que colisionan directamente con la necesidades comerciales relacionadas con escaparates y cristaleras, decoración exterior, rotulación y cartelería...

Más

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos