Diario Vasco

El cura que murió al pie del altar


Suquía. Iñarra junto con el alcalde Julio Otaduy y el que fuera cardenal don Ángel Suquía.
Suquía. Iñarra junto con el alcalde Julio Otaduy y el que fuera cardenal don Ángel Suquía.
  • Un infarto abatía hoy hace 40 años en la iglesia al párroco por antonomasia Iñarra

José Luis Iñarra sigue siendo, a pesar de que nos dejó hoy hace cuarenta años, 'el párroco' de Mondragón por antonomasia. Josemari Vélez de Mendizabal y Eusebio Iñarra, para muchos todavía 'el sobrino del párroco', recordaban en estos términos al que fuera rector de San Juan Bautista durante 35 años largos años. Lo hacían en su libro 'José Luis Iñarra. El párroco de Mondragón', un volumen que fue editado por el ayuntamiento en 2006 coincidiendo con el treinta aniversario de su fallecimiento. Diez años más tarde, la admiración y el cariño hacia don José Luis permanecen incólumes entre las mondragoneses que le conocieron y que se conmovieron con la noticia de su repentino fallecimiento al pie del altar el sábado 2 de octubre de 1976.

La conmoción fue tal que el entonces alcalde José Antonio se ofreció a instalar la capilla ardiente en el salón de plenos consistorial a primera hora del día siguiente, domingo. Y allí permaneció hasta que, decidido el traslado de la capilla ardiente a la parroquia, fueron los propios miembros de la corporación municipal quienes portaron el féretro hacia las 14.00 horas. Dos horas antes, el Ayuntamiento, reunido en pleno extraordinario, había aprobado una moción declarando que «nos deja un pastor, un maestro que ha sido humano y humanista. Sus 35 años en Mondragón no solo le hacen conocedor de las generaciones de esos años, sino que también de las anteriores. Él conocía como nadie las vicisitudes y los problemas del pueblo. El Ayuntamiento presidido por Altuna manifestaba que «vamos a notar su falta. Ha sido ejemplo en todos los órdenes de la vida y ha sido ejemplo en el sacerdocio. Ejemplo de pasado y de presente y guía de futuro para todos, sacerdotes y seglares».

El funeral, en la plaza

Las exequias que se iban a celebrar en la parroquia hubieron de trasladarse a la plaza para dar cabida a la gran afluencia de asistentes.

Vélez de Mendizabal y Eusebio Iñarra señalan que «seis curas llevaron el féretro hasta la plaza. Jacinto Argaya y José María Setien, obispo y obispo auxiliar respectivamente, fueron los encargados de oficiar la ceremonia. Ochenta curas se agolpaban en el quiosco de la plaza y tanto la plaza como las calles adyacentes se encontraban abarrotadas por miles de ciudadanos de Mondragón y de fuera». Y a título anecdótico reseñan que «en la misa por el alma del párroco se recolectaron doscientas mil pesetas, lo que hoy en día equivaldría a unos 12.000 euros o dos millones de pesetas».

Vélez de Mendizabal y Iñarra relatan en su libro de forma pormenorizada el último día en la vida de don José Luis. Recuerdos personales y testimonios presenciales tejen la sucesión de hechos acontecidos aquel sábado 2 de octubre de 1976 en que don José Luis amaneció no encontrándose bien. «Se alarmó un poco pero no le comentó nada a su hermana Pakita para no preocuparla, y se fue a misa. Tampoco mencionó el asunto tras celebrar los oficios religiosos y acudir, como de costumbre, a desayunar a casa de Rosa Aranburu, madre de los hermanos pelotaris Arriaran. De allí partió a visitar a los enfermos. Almorzó en casa con los hijos de su sobrina Libe.

Hacia las cuatro de la tarde regresó a casa de los Arriaran y confesó a Rosa que por la mañana había pasado un grave apuro. Rosa le aconsejó acudía al médico y el párroco pidió a su sobrino Eusebio, que vivía en la misma Calle del Medio, le llevara hasta el Centro Asistencial en su coche. Un médico le hizo un electrocardiograma y, al no apreciar nada que infundiera sospecha, lo mandó de vuelta a casa.

Ya en camino, el párroco sacó su pañuelo por la ventanilla del coche, como queriendo dar a entender que aquel vehículo transportaba un enfermo. Bromeaba.

El propio Iñarra ofició la misa de las seis de la tarde y a su término se dirigió de nuevo a la casa familiar de su sobrina Mertxe Trojaola. Al poco partió hacia la iglesia en compañía de su sobrina, ya que debía ayudar en la misa de las siete. Al entrar por la pequeña puerta del viejo pórtico comentó a Mertxe: 'Tu marido es un poco miedoso. Me ha llevado al médico... y éste me ha dicho que no tengo nada. ¡Mañana me voy a Oyarzun, a la comida de quintos!'

Mas durante la misa, oficiada por Juan Bautista San Miguel, Iñarra no se sintió bien, llevándose en más de una ocasión la mano a la cabeza y al pecho. No obstante, dio la comunión a los asistentes con su habitual estilo desenfadado.

Una vez terminada la misa y cuando San Miguel se dirigía a la sacristía, el párroco se preparó para recoger los utensilios del altar. Y allí mismo, frente al altar, cayó fulminado por un ataque al corazón. A pesar de la rápida asistencia médica, no se pudo hacer nada: Iñarra yacía cadáver con su roquete y su estola verde. En la parroquia, entre los feligreses estaban su hermana Pakita y su sobrina Mertxe.

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